domingo, 8 de noviembre de 2015

Cumplimos 200 entradas y lo hacemos con una publicación especial. En ella vamos a descubrir que logo ha resultado el ganador de nuestro concurso en las redes sociales para representar a nuestra novela colectiva de 2015 TayTodos. Agradecer a su creador el trabajo y la complicidad que muestra hacia este proyecto: Rubén Nasville y a todos los que habéis votado por vuestro logo favorito.
Después os dejaremos con el último relato de Colección Cupido 2015 pendiente de publicar en el blog desde el parón veraniego. Se trata de "Sexo amigo", de aquí un servidor. Además podemos adelantar que estamos trabajando en la posibilidad de presentar este libro en varias localidades cercanas. A ver si se confirman fechas y lugares para poder citaros con antelación. Todavía podéis encargar vuestro ejemplar todos aquellos que no lo tengáis todavía.
¡Por otras 200 entradas y muchas más!
Besetes a tod@s. Nos leemos.
El logo ganador es...




Y ahora os dejo el último relato de Colección Cupido 2015:

SEXO AMIGO.

Abro el Facebook. No sé exactamente por qué. Rutina matinal de domingo insípido. Ataviado con mi pantalón de pijama de cuadros rojos y blancos y mi camiseta básica azul marino a los que tengo un aprecio enorme, al fin y al cabo son el único regalo de Reyes que he recibido, llego hasta la cocina y me preparo un café bien cargado. Vuelvo al baño a buscar la bata, hace un frío espantoso. La bola del mundo rojiblanca indica que tengo diecisiete notificaciones sin revisar. Todas relacionadas con mi última ocurrencia “facebudiense”, una tontería que me asaltó de repente y sentí la necesidad de compartir con el mundo. Por lo visto ha hecho gracia…
Revisando y contestando a mis seguidores siento la punzada enorme en el estómago que indica que mi caótica vida volvió ha impedirme cenar anoche. Algo tendré que comer. Miro en el armario… ¡Donuts! La suerte está de mi lado. Desempaqueto el bollo circular y el primer contacto con mis dedos ya me indica que lleva agazapado en ese armario, entre sobaos y palmeritas, más tiempo del que presumía inicialmente. De todos modos le pego un bocado, obligado por el hambre, que no me permite pensar que pudiera haber otras opciones mucho mejores. Duro como una piedra. Entonces descubro que así como está, un bañito en el café mejorará notablemente sus prestaciones. A duras penas consigo engullir el par de roscos que mi fortuna hizo olvidar un día en el armarito de la cocina. Se ha agotado el café.
Me pongo otra taza, esta vez simplemente para saborearlo, ya que la primera me la he tomado empapada entre bocado y bocado de rosquilla glaseada. Ahora, entre sorbo y sorbo, pongo algo más de atención a las novedades de mis amigos en la red: Charly que comparte una canción de Pasión Vega (habrá vuelto a acostarse “melalcohólico perdido” recordando a su ex); Oscar78 sube un vídeo aborrecible de perros (¡cómo odio a este jodido animal!); Lara82 ha compartido una foto de su primera tortilla de patatas (¡ya era hora hija mía!, que a tus casi 33 tacos no hubieras hecho ninguna, con la de rabos que te has comido ya… me parece una astracanada); Carol-Line sube una dichosa foto-texto con una frase que se supone que te debe de hacer pensar… “Muchas amigas me han visto sonreír pero muy pocas conocen mis lágrimas” (hija, de verdad, si no soy de tus “Superamigos”, elimíname de una puta vez, pero no me lo recuerdes todos los días); y así, entre café e improperios con las redes sociales, fui pasando la insustancial mañana del domingo, tan encantador como puedo ser en un día de resaca y soledad: un domingo cualquiera.
En ese momento algo llamó mi atención súbitamente: “El sexo entre amigos fortalece la relación”. Así, tal cual. Podía haber hecho girar la ruleta mágica de mi ratón como con otros tantos enlaces a artículos “chorras” o publicaciones anodinas que atiborran de contenidos las redes sociales, y haber seguido bajando hacia otras historias, pero no. Por lo que sea, tuve que detenerme en este maldito artículo. Como la mañana del domingo no estaba dando para mucho, decidí seguir el enlace, para ver hasta donde me llevaba. Otra nueva ventana se abrió para escupir la dichosa información que, como cual púber pajillero, me atrapó de inmediato.
La noticia narraba que según un estudio realizado en Estados Unidos (como no), el 76% de personas consultadas que tuvieron relaciones sexuales con un amigo alguna vez, fortalecieron el vínculo de amistad o concretaron un noviazgo. Parecía interesante, o… ¿era una chorrada en realidad?
Al parecer a los americanos les da por investigar todo tipo de causa-efecto, hasta sacar unas conclusiones la mar de ingeniosas. Es posible que con tanto estudio, en algo atinen. Ocurre lo mismo que en nuestro desgobernado país, hay tantos estudios… que nuestros investigadores tienen que salir al extranjero. En fin…
El estudio fue realizado por la investigadora Heidi Reeder, de la Boise State University de los Estados Unidos, y concluye que en el 76% de los casos, el sexo entre amigos fortalece la amistad. Un altísimo porcentaje, pensé. No será tan malo hacértelo con una amiga…
Las cifras decían que, de 300 encuestados, el 20% de los hombres y las mujeres dijeron que tenían relaciones sexuales en algún momento de la vida y con al menos un amigo. Una cantidad que mi cerebro pronto llevó a su terreno: esto supone que te puedes follar a 2 de cada 10 amigas que tengas, así por el morro. Luego, ya se verá…
De esa cifra, el 76% aseguró que la amistad fue mejor después de la relación sexual. Alrededor del 50% de quienes comenzaron una relación de noviazgo con su amigo o amiga se mantiene hasta la fecha. ¿Noviazgo? ¿Quién ha hablado de eso?
De alguna forma, el estudio pone en debate el mito de que el sexo fuera de una relación romántica conduce a un daño emocional y causa la destrucción de la misma. Bueno, eso habría que verlo…
Con todos estos datos ante mis ojos, a mi procesador no le quedó más remedio que encender la lucecita roja de sobrecarga de información, e intentar ordenarla y comprenderla por partes. Aunque, como mi cerebro, ni es ordenado, ni sensato, le dio por extrapolar resultados y recrear nuevos escenarios. Básicamente, Raquel vino a mi mente en ese momento. ¿Sería posible que tras tantos años compartiendo amistad, pudiéramos darnos una noche de placer, y al contrario de estropearla, esta saliera más reforzada si cabe?
Sólo de pensarlo se me erizó todo el cuerpo. Raquel, mi amiga. Mi mejor amiga. Mi única amiga…
Leí las conclusiones del estudio, entre divagaciones… decía así:
“Igualmente, especialistas recomiendan para este tipo de relaciones: conocerse bien antes de decidirlo, poner en claro las expectativas, considerar que no es una relación formal ni que durará por mucho tiempo, terminar la relación si el ámbito sexual ya no es satisfactorio y asumir una vida sexual responsable y protegida.”
A partir de ese momento analicé punto por punto lo que iba a convertirse en mi mantra.
Conocerse bien antes de decidirlo. ¡Pero si nos conocemos desde la guardería! Y ambos sabemos lo que va a pensar el otro en cualquier situación. Este punto lo tengo ganado.
Poner en claro las expectativas. Espero que no me pida grandes alardes, ni tamaños que mi anatomía no pueda alcanzar. Está claro que no se refería a esto, pero soy así de tontuno, qué le vamos a hacer… En serio, las expectativas están muy claras, ¿no? Sexo con la persona que mejor comprendes en esta vida y con la que has compartido tantas cosas, que sería una injusticia irnos de este mundo sin poder disfrutarnos así.
Considerar que no es una relación formal ni que durará por mucho tiempo. Esto ha tenido que escribirlo un tío. Es el súmmum. Si Heidi Reeder ha llegado a esta conclusión ella solita, abandono todas mis pertenencias y cruzo el Atlántico a nado para ir a buscarla. Oh my God!
Terminar la relación si el ámbito sexual ya no es satisfactorio. Está claro, nada que objetar. Si la cosa no funciona, cada uno a su casita. Pero… ¿y si funciona?
Asumir una vida sexual responsable y protegida. Desde luego. Soy un tío muy responsable: compruebo siempre antes de salir de casa que todas las luces y el gas estén apagados, reciclo mi basura, y nunca tiro toallitas por la taza del váter. Y protegida también, que hace un par de meses vinieron a instalarme la alama antirrobos… Soy aborreciblemente tontuno…

Y así, de esta forma tan cachazuda, sin pensarlo demasiado (como casi todo lo que hago), abrí una nueva conversación con Raquel.
“Hola bombón! Estás despierta?”
No obtuve respuesta. Supuse que seguiría durmiendo. Al fin y al cabo era domingo por la mañana y no había mucho más que hacer. Decidí seguir a lo mío, a ver cómo le explicaba esto…
“Cómo somos de amigos?”
Una lucecita verde indicaba que estaba en línea.
“Hola cariño. A qué te refieres?”
En ese momento copié el dichoso enlace en la conversación y se lo envié.
“Mira lo que dice este estudio… Podríamos reforzar todavía más nuestra amistad!”
Tardaba en responder… Empecé a preocuparme. Estaría leyendo aún la noticia o le habría ofendido con esta insinuación.
“Pero qué tonto eres, corazón! Nosotros ya no podemos ser más amigos de lo que somos. Si lo hiciésemos seríamos otra cosa…”
Bueno, por lo menos no se lo había tomado a mal. Decidí explorar un poco más este oscuro camino…
“Solo sería sexo…”
Acto seguido ella contestó.
“Ya. Pero luego querríamos algo más.”
Bueno, tampoco es para tanto...
“Y qué hay de malo?”
Entonces ella soltó la preguntita que instantes después me hizo replantearme muchas cosas.
“No te habrás enamorado de mi, verdad Pablo?”
¿A qué fin venía eso? ¿Lo preguntaba con malicia o simplemente para picarme? Me quedé pensativo unos segundos... Raquel no daba puntada sin hilo. Respondí.
“No. No. Pero piénsalo…”
Inmediatamente respondió. Conseguí mi primer objetivo, tener toda su atención sobre mí y sobre esta conversación.
“Lo pensaré, de acuerdo?”
Y ahora tocaba rematar la jugada.
“Ok. Una última cosa. Y no me respondas ahora, quedamos esta tarde en el Rock & Blues a las 7 y me lo cuentas. Dos preguntas: Te apetece?”
Unos segundos de duda. Sonreí en la soledad de mi cocina... Le estaba haciendo pensar.
“No voy a responderte a eso.”
Ahora era el momento de atornillar un poquito más.
“Entiendo por tu respuesta que sí. Si no me respondes nunca sabrás la segunda pregunta…”
Intentaba ganar tiempo...
“Pablo…”
Otra vuelta de tuerca más. ¡Cómo disfrutaba con esta situación! Ahora era yo el que tenía la situación controlada.
“Vamos mujer, tampoco es para tanto. Te pongo al menos un poquito?”
Raquel intentaba detener todo esa explosión de feromonas que inundaba mi cocina.
“No sigas.”
Démosle otro pretoncito más a la situación, pero desde otra perspectiva.
“Me estás diciendo que soy tan jodidamente horroroso que nunca te has planteado pegarte un revolcón conmigo?”
Ahora era ella la que intentaba llevar la conversación a su terreno.
“Y tú sí?”
Y yo, ante el giro, mordí el anzuelo y me puse en plan: soy tu alfombra preferida, ¡a tus pies!
“Pues claro. Constantemente. Te has dado cuenta como estás? Quitas el hipo! Deberían ponerle tu nombre a una estrella!”
Sentí en la distancia un atisbo de sonrisa en su rostro.
“Venga, zalamero!”
Quería reconducir la situación, que se me estaba escapando viva. ¡Vamos, al lío!
No, en serio. Qué me respondes?
Esto se estaba convirtiendo en un excitante juego en el que ninguno de los dos queríamos echar el freno. Un sí, pero no. Una partida de ajedrez en la que puedes meditar tus movimientos. Benditas conversaciones telemáticas, que te permiten pararte a pensar la respuesta exacta antes de cagarla por completo en tiempo real como hubiera hecho en una conversación cara a cara. Ahora claramente vi que quería enredarme ella a mí.
“Pero no me has dicho antes que no te respondiera hasta esta tarde?”
Lo admito, podía perder la partida con Raquel.
“Sí, es cierto. Qué lista eres, jodida!”
Y pasó rápidamente a tomar la iniciativa.
“Cual es la segunda pregunta?”
¡Te he pillado, guapica de cara! No voy a picar de nuevo.
“Hasta que no me respondas a la primera nada”.
Otros segundos de espera delataban que estaba meditando si jugársela con el caballo o atacar con el alfil.
“Pero si ya sabes la respuesta…”
Y ahora llegaba el momento de hacerse el tonto... Quería oírlo. Leerlo en este caso. Que  ella me lo dijera. Necesitaba imperiosamente tener confirmación visual. Provocarla para que lo corroborase, y así, de algún modo, obligar a su subconsciente a admitir que yo podía darle una velada de placer que nunca olvidaría, a la cual estaba renunciando por los convencionalismos sociales.
“No la sé. Dímela tú…”
Iba a contestarme, y de paso sería condescendiente conmigo. Era una pequeña victoria, aunque no ganaría la partida tan rápidamente.
“Qué sí, tonto. Que eres muy atractivo. De eso no hay duda. Y que cualquier chica desearía besar tus labios. Y si no, que se lo pregunten a mi círculo, que ya has tonteado con todas. No lo ves, tontuno!”
Cierto era. Ya había saboreado las mieles del triunfo con Marta, Bea, Silvia y Alexia. ¡Oh, Alexia! Me había cepillado a toda su pandilla, vamos. Pero eso no me satisfacía plenamente, era más un juego del sábado noche: salir, encontrarnos en cualquier garito de la ciudad, tomar unas copas, y provocar la situación para acabar en mi piso o en el suyo. Yo en principio prefería venir a mi casa, así contaba con bastante ventaja, ya que a la mañana siguiente, si seguía viva la llama de la pasión y sus resacas no les impedían tener un sexo mañanero antológico, pasábamos un domingo alucinante. Después cocinaba para ellas, medio en bolas y el descanso dominical se convertía en la olimpiada sexual con la que cerrar, por la puerta grande, una semana nefasta en general. En cambio, si los efectos del alcohol provocaban unas tremendas resacas, o simplemente si al esfumarse la embriaguez que te hace ver a tu ligue mucho más apuesto, desaparecía la pasión, puede ocurrir que necesiten salir pitando de mi piso y se pregunten de camino a casa en un taxi (que cortésmente me adelanto a pedir para que la chiquilla no pase frío), ¿pero, cómo me he podido liar yo con el barbas este amigo de Raquel? Esta situación, yo la comprendo perfectamente. Pero no ocurre lo mismo si se da el supuesto contrario: que yo me despierte en su piso y quiera darme el piro. Eso esta muy mal visto, no sé por qué, pero es así. Exactamente como lo de querer follarte a tu mejor amiga. No lo entiendo, sinceramente.
Absorto en mi reflexión y abrumado por mi pequeña victoria, no me di cuenta de que Raquel seguía ahí. Esperando una señal. Así que fue ella la que siguió con la conversación.
“Ahora tendrás que decirme la segunda pregunta.”
Cierto, pero seguiría con el jueguecito un poco más. Estaba pasando una gran mañana de domingo.
“No sé yo...”
Ella sabía que finalmente se lo diría.
“Me lo has prometido, no seas tramposillo!”
Era el momento de la verdad. Una declaración de intenciones sin tapujos. Ahora tendría que responderme y veríamos a ver hacia donde se dirigía toda esta situación.
“Te vas a atrever? Quedemos.”
Y fue entonces cuando, con su respuesta, me dejó pensativo para lo que quedaba de domingo.
“Ya hemos quedado tontuno. Rock & Blues, esta tarde, 19h. Ven, y ya se verá.”
Intenté buscar de nuevo confirmación, pero era ella la que ahora mismo tenía todo el control de la situación. Y sé que estaba disfrutando con ello.
Entonces, eso es un sí?
Y zanjó la conversación dejando mi alma y mis anhelos más primarios en vilo.
“Luego nos vemos. Te dejo. Un besito cariño.”
Seguidamente se esfumó la lucecita verde. Se había desconectado. Decidí entonces que era el momento de pegarme una buena ducha, sesión de chapa y pintura, recomponer la barba hasta alcanzar el estado óptimo de revista y prepararme psicológicamente para el encuentro de esta tarde.

El tiempo trascurrió más despacio de lo normal. Estaba habituado a rápidas jornadas dominicales, acortadas por una buena siesta y un partidito de fútbol, o dos si tenían cierto nivel los contendientes. Así se acotaba demasiado el domingo, el fin de semana, la vida en general. Incluso con resaca, y tras el plato de pasta de consumo obligatorio el último día de la semana, no puede dormir la siesta. Raquel se había instalado en mi cabeza, para recordarme constantemente que hoy, a las siete de la tarde, algo tendría que hacer. Había planteado una situación idílica en mi cabeza, que a la hora de enfocar en el tablero de ajedrez no había quedado exactamente igual que como yo deseaba. No tenía que haber quedado con ella esta tarde para hablar, debería haber tensado la situación hasta saber si estaba dispuesta a dar el paso o no. Pero, lo primero que hago es quedar con ella, ¡y en un bar! ¡En su casa mendrugo, ahí deberías haber quedado! Y entonces directo al grano...
Tras un buen rato dando vueltas y vueltas en el sofá decido vestirme para la ocasión y salir ya de casa, camino de mi cita. Faltaban dos horas pero, ¿qué iba a hacer? ¡No podía pensar en otra cosa! Paseé entre viandantes aturdidos por sus preocupaciones (como yo), gente anodina que nada me importaba, parejas de novios que ya disfrutaban los primeros rayos de sol de la incipiente primavera, y personas esclavizadas por sus canes que debían sacar a pasear a sus chuchos y regalarnos sus heces y orines allá por donde mires. Aborrecible escenario.
Y así, sin prisa por llegar, pues era escandalosamente pronto para sentarme a esperar en un bar, y con ganas de perder de vista a todo ser viviente que me encontrase por el camino, arribé al citado local. Me pedí una jarra de cerveza y me entretuve con el suplemento dominical que incorporaba el diario de mayor tirada nacional. Curioseé sus páginas buscando algo interesante, y encontré un estudio muy inquietante sobre la creciente fractura social en los países del primer mundo, cómo crecen las desigualdades y cómo el sistema está programado para que así ocurra y mantener el estatus de cierta jerarquía social y política a la que un tipo con coleta ha bautizado como “casta”. Se veía un estudio serio, con datos fiables y abalado por el periodista menos influenciado por los grupos de presión (prensa, clero y políticos). Todavía quedaba algún periodista honrado que no estuviera al servicio del régimen, los dos grandes partidos mayoritarios, casi únicos, de este saqueado país a golpe de ladrillo, burbuja, bancos, comisiones, sobornos y cajas B.
Entendí que el estudio que yo había visto en facebook era mucho menos fiable, y claramente más intrascendente que este. Pero había hecho que mi domingo fuera especial, divertido, intrigante...
El grupo de amigos que estaban sentados en la mesa contigua se levantó y se dispuso a abandonar el local, tres chicos y otras tantas mujeres que se despidieron entre besos y abrazos y se emplazaron para el día siguiente en el curro. Yo me quedé prendado de una de las chicas: morena de pelo largo y con unos ojazos negros tan grandes e impresionantes que olvidé todo por un momento. Al despedirse, el más mayor, un hombre con perilla la llamó Olga. No sé por qué pero me quedé con el dato, almaceno cosas sin sentido y luego soy incapaz de prestar atención en una conversación importante. El grupo salió y yo crucé una leve pero intensa mirada con aquella fascinante mujer. Ella no apartó la vista hasta que derrotado tuve que hacerlo yo. Sabía lo que se hacía, estaba acostumbrada a jugar en la liga de mayores, y yo por mi comportamiento demostraba ser un juvenil.
Impactado como estaba todavía, y justamente cuando el grupo de seis hubo abandonado definitivamente el establecimiento, se abrió la puerta del local de nuevo y en ese momento apareció Raquel. Entró tan despreocupada como siempre, envuelta en un favorecedor abrigo de paño gris de cuello de chimenea cerrado con botón, con doble abotonadura frontal que trazaba una especie de línea diagonal en su cuerpo desde el hombro izquierdo hasta la pierna derecha, desde los hombros donde los botones estaban más separados, hasta la cintura donde prácticamente se unían. El abrigo terminaba rematado en sus caderas y entallado ligeramente en la cintura, moldeando suavemente su elegante figura. Sus largas piernas estaban cubiertas por un espectacular pantalón negro de tiro medio confeccionado en un tejido de acabado resinado que se encajaba perfectamente en sus extremidades, destacándolas y de qué manera. Y caminaba sobre unos modernos botines igualmente negros de material sintético, con vertiginoso tacón que realzaban su figura más si cabe, y de puntera redondeada, totalmente pespunteados a tono y rematados por hebilla metálica cuadrada plateada en un costado. Me impactó tanto su entrada, cómo nunca antes jamás lo hubiera hecho.
Traía el pelo recogido en una larga coleta que hacía que todo su rostro quedara al descubierto. No necesitaba mucho más para impresionar, su belleza era tal que prescindía de abalorios y distracciones, excepto unos diminutos pendientes brillantes incrustados en sus apetecibles lóbulos. Era perfecta.
—Hola bombón, ¿cómo estás? —al tiempo que me levanto intentando colocarle una silla para que se siente frente a mí y disfrutar de sus preciosos ojos—. No hace falta que me respondas… ¡Impresionante, como siempre!
Raquel, con mucho mimo y detenimiento se sacó el abrigo y se reajustó la coleta antes de sentarse. Su sonrisa delataba que mi primer halago le había hecho mella.
—Yo bien, ¿y tú? —medio susurró con ese tono de voz que utilizaba cuando quería manejarme a su antojo, y tomó asiento.
—Pues ya ves, hecho un pincel —al tiempo que me alisaba un poco la camisa con ambas mano. Planchar no se me da bien, la verdad.
—Ya te veo, ya. ¡Un domingo y con camisa! ¿Y tu chándal de rigor? —dijo entre risas.
—Lo he dejado para otra ocasión. Hoy vengo a por respuestas, y de la forma más presentable que puedo.
—¿Respuestas? —se hizo la sueca—. ¿Qué respuestas?
—¡Vamos Raquel! ¡No juegues conmigo, que me matas! —supliqué.
Ella hizo un gesto precioso torciendo un poco el morro, a la par que se encogía de hombros y fingía extrañeza. ¡Sueca, pero sueca! ¡Se le estaba poniendo cara de Ikea!
—No sé de que me hablas cariño.
—Joder Raquel, ¿de qué va a ser? Llevo todo el día esperando a que me respondas a la pregunta que te he hecho esta mañana. Uno: ¿Te apetece? Y he podido arrancarte un sí, muy trabajado por cierto —ella comenzó a dibujar una sonrisa que turbó mi elocuencia e hizo tambalear mi nitidez—. Y dos: ¿Te vas a atrever?
Raquel rió abiertamente regalándome ese momento. Entonces yo quise retenerlo en mi retina para que perdurara eternamente, sabía que podía ser definitivo.
—Claro que me voy a atrever, tontuno —ya casi estaba hecho. Ahora a pagar y a salir pitando de allí—. De hecho ya lo he hecho…
—¿El qué? —¿qué me estaba contando? Me he perdido algo seguro.
—Ha sido tan divertido y provocativo el jueguecito de mensajes de esta mañana, que durante la siesta he aprovechado para iniciarlo con Carlos, mi profe de spinning. Y llevamos media tarde con un tira y afloja, pero finalmente ha sucumbido a mis encantos.
Ella rió pícara y entornó la mirada. Yo todavía estaba asimilando lo que acababa de decirme. Tengo a esta piba rota, o eso creía, y va la garrula y se pone a flirtear con otro tipo. ¡Y además utiliza mis armas! ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Qué me pida que la lleve a su cita con mi coche? ¡Venga, por favor!
—¿Qué has hecho, qué? —el jarro de agua fría no podía ser mayor.
—Pues eso… —levantó la mano en un ademán de captar la atención del camarero, inmerso en un Athletic vs. Sevilla, que ambos nos estábamos perdiendo—. Hemos quedado para el sábado, aprovechando que su mujer se va de puente con su grupo de antiguas amigas de la universidad.
—Ya…
—Un favorcillo te tendré que pedir…
No lo hagas por favor…
—¿Podrás acercarme con tu coche? —estaba aplastando mi dignidad y al límite de provocarme una úlcera de por vida—. He decidido reservar una casa rural en un pueblecito no muy lejano y pasar allí el puente.
—Y qué pasa, ¿qué no puede llevarte él?
—No. Su mujer se ha llevado el coche. Así que está como yo, sin vehículo —y puso su mejor sonrisa, componiendo su carita de ángel como solía hacer cuando me pedía un favor de los gordos.
No hagas eso, mujer, que sabes que así puedes hacer conmigo lo que quieras.
—¿Está casado?
—Sí.
—Te va a utilizar, ya lo verás —trago largo de cerveza, me recuesto resignado sobre el respaldo de la incómoda silla de madera y entrecruzo mis manos tras mi cabeza, totalmente respantingado, haciendo ver que todo esto no me afecta lo más mínimo—. Después te vas a arrepentir.
—¡No seas “monserguero”, Pablo! —y estiró su mano derecha sobre la mesa en un intento de que yo le acercase la mía para ganarme por completo con un leve contacto físico. Le cogí la mano y remató—. Entonces, ¿nos llevarás verdad?
—¿Nos?
—Ya te he dicho que está sin coche…
—¿No tiene amigos que le hagan el favor?
—Pablo, está casado. No quiere dar más pistas de las necesarias a su entorno. Es lógico.
—¡Que vaya en bici! Al fin y al cabo es profesor de spinning. ¡Uy, perdona, que esas bicis no tienen ruedas! —ni con sarcasmo conseguía que reblara en su empeño. Raquel seguía esperando un sí, y no pararía hasta que lo obtuviera.
—No quiero que se me desgaste antes de tiempo, ¿comprendes? —y me guiñó un ojo.
—Te vas a arrepentir y mucho, pequeña.
—Eso es un sí, ¿verdad?
Asentí con la cabeza en silencio, incapaz de articular palabra, mientras intentaba no perder de vista los cachitos de orgullo que se habían esparcido por el suelo de todo el local, intentando que no se extraviara ninguno para recomponerlos en la soledad de mi casa en una semana que intuía iba a ser muy dura. Espero que con llevarlos al citado lugar sea suficiente y no me pidan que les haga de mamporrero. ¡Lo que me faltaba!

Efectivamente, fue la semana más larga de mi vida. Y sin embargo, no quería que acabase. No tenía fuerzas para enfrentarme al hecho de tener que llevar a mi chica a semejante cita. Me sentía como cualquier padre persa cuando entrega a su inocente hija a los brazos de cualquier hombre experimentado, a sabiendas de lo que ese cerdo iba a hacer con ella. Excepto que en este caso no tendría que aportar la dote, ¡menos mal!
Y así fueron pasando los días, repasando mentalmente qué había fallado en la partida de ajedrez. Estuve tan cerca, que no vi que podía haber otras posibilidades, que a priori no contemplé. Éramos tan amigos, desde niños, y existía tal complicidad entre nosotros, que llegué a pensar que Raquel urdió este plan para evitar tener que responderme. Luego recapacité y comprendí que no se trataba de eso, simplemente ella hacía básicamente lo que le apetecía en cada momento. Y seguramente tendría al profe de bicicleta estática entre ceja y ceja hacía mucho tiempo. Y muy pronto iba a tenerlo entre pierna y pierna… ¡Qué desastre!

Llegó el maldito viernes. Así que paso a buscar a Raquel y nos vamos a recoger al tipo ese. El último capricho de mi mejor amiga, mi alma gemela.
—¡Hola bombón! ¡Pero que guapa estás! —Abro el maletero e introduzco sus dos maletas—. Piensas volver, ¿verdad?
—Sí, tontuno. Pero me llevo un poco de todo porque no sé exactamente que tipo de ambiente habrá en el pueblo al que vamos. Así que he cogido varias cosas para no desentonar demasiado. Aunque para lo que vamos a salir de la casa… lo mismo me da.
—No me des detalles, Raquel. Creo que sé por donde vas.
—¡Sí! ¡Qué ganas de disfrutar de ese pedazo de cuerpo trabajado durante años en el gimnasio!
—Basta pequeña, es suficiente.
—Pero si siempre me pides que te cuente detalles, y disfrutas mucho con ello.
—Hoy es diferente. Sé que te vas a equivocar.
—No empieces con la monserga, papi
—Será la última vez que te lo recuerde. Pero advertida estás, preciosa.
Entramos al vehículo y tras unos minutos de incómodo silencio, al que no estábamos acostumbrados, ya que nuestras conversaciones se agolpaban una sobre otra hasta perder el control y sustraernos el turno de palabra como adolescentes (que era lo que en realidad nunca habíamos dejado de ser), ella rompió el hielo en tono conciliador.
—No te preocupes Pablo, sé lo que me hago.
Yo me limité a continuar en silencio conduciendo, mientras la observaba resplandeciente a través del espejo retrovisor. Me sentía como ese padre que lleva a su niña a la cena de fin de curso del instituto y espera no tener que ir a recoger a toda una mujer. Deseaba que mi destartalado coche reventara de una maldita vez, que el tiempo se detuviera o que por fin mi Athletic ganara otra liga y tuviéramos que retornar rápidamente a la ría para sacar la gabarra. Todas opciones improbables, aunque la del coche algún día llegaría.
Tras unas cortas indicaciones arribamos al lugar donde había quedado con su cómplice. El maromo se sube al asiento de atrás y tras darle un espectacular morreo a Raquel, impropio del lugar donde se encontraba: en mi coche, y conmigo esperando al volante, decido interrumpir la bochornosa situación.
—¡Eh, galán! ¡Deja un poco para cuando llegues! —no se lo iba a poner nada fácil. Es más, estaba dispuesto a torpedear el viajecito. Soy tremendamente desagradable cuando me lo propongo, y la mayoría de las veces sin proponérmelo—. ¡A ver si me vas a estropear la tapicería con tanta baba!
Rápidamente se recompuso y apartando de sus brazos a mi chica, se asomó por entre los asientos delanteros, ofreciéndome su mano a modo de saludo.
—Perdona chaval. Soy Carlos.
¿Chaval? ¿Así te presentas? ¿Pero de dónde lo ha sacado?
—¡El de los cojones largos! —respondí sin soltar las manos del volante. ¡Toma! 1-0, gol de Aduriz.
Él recogió la mano, comprendiendo que no estaba el horno para bollos. Se recostó en el asiento trasero y tras mesarse un poco los cabellos, pasó su brazo derecho sobre el cuello de Raquel. Esta rápidamente intervino para calmar los ánimos.
—¿Nos vamos, Pablo?
—Vosotros diréis. Soy vuestro chofer.

Tras las oportunas indicaciones me dispuse a salir de la ciudad y coger la carretera en dirección al norte. Paradójicamente nos dirigíamos hacia allí, en busca de lo que mi amiga precisamente había perdido: el norte.
Ellos seguían a lo suyo cuchicheando y haciendo el bobo hasta que él intentó adentrar su maleducada mano bajo la falda buscando algún orificio húmedo y caliente, al que poder excitar. Yo no iba a permitir eso en mi presencia.
—¡Eh, Romeo! ¡Las manos quietecitas! Aquí no…
—Calla y conduce, chaval.
En ese momento se cortocircuitaron mis redes neuronales. No iba a permitir que semejante moscón me ninguneara de esa forma. Ese desgraciado y muerto de hambre, que no merecía siquiera estar sentado junto a semejante mujer, no tenía derecho a tratarme como si fuese su criado. ¡Quién se había creído que era!
Así que pegué un frenazo descomunal, bloqueando las ruedas de mi coche y apartándolo como pude al arcén, levantando una gran nube de humo que desprendía un desagradable olor a neumático quemado. Dos vehículos que llevábamos pegados a cola me esquivaron como pudieron, no sin dedicarme interminables bocinazos hasta que se perdieron en la distancia. Culpa suya por no mantener la distancia de seguridad. ¡Inútiles! Su propio nombre lo indica: distancia de seguridad, por si ocurren estas cosas, vamos. Yo, como sabía lo que iba a ocurrir, no sufrí ningún percance, pero el inútil de Carlos que no se había abrochado el cinturón para tener más movilidad para manosear a su pareja a su antojo, salió despedido contra mi asiento y chocó contra él. ¡2-0, golazo de Muniain!
Afortunadamente, la siempre precavida Raquel, fue salvada por el cinturón de seguridad, que la fijó en su posición. Menos mal…
Cuando el vehículo se detuvo finalmente y sin dar tiempo a que el atontado se recompusiera, entre una nube de polvo y goma todavía, bajé de mi carro dispuesto a sacarlo a patadas del mismo.
—¡Sal de mi coche, mamón!
Él, que me vio echo una furia, asió con fuerza el reposamanos de su puerta impidiéndome abrirla desde el exterior. Se le veía el miedo en el rostro. Rápidamente ancló sus dos fibrosas piernas en el borde de la puerta y con ambas manos empujaba hacia dentro. Era imposible que pudiera abrir la puerta con ese pulpo incrustado así. Mientras, Raquel se recomponía del zarandeo, y se apresuraba a soltarse el cinturón de seguridad. Gritaba desesperada al ver cómo se le estaba yendo la situación de las manos.
—¡Chicos, por favor! ¡Parad!
Pero no entrábamos en razones. Yo quería arrancarle la cabeza al memo ese y él lógicamente quería mantener todos los dientes en su artificial sonrisa de fino deportista. Ella seguía intentando apaciguar los ánimos sin éxito.
—¡Basta ya! ¡Pablo, por el amor de Dios!
Yo seguía aferrado como un poseso a la maneta de la puerta trasera del lado del conductor. Estaba desbocado.
—¡Sal mamón! ¡Poco hombre! ¡Que te voy a quitar las ganas de volverme a llamar chaval!
Mientras continuaba en mi intento, Raquel salió por la otra puerta y rodeando la parte trasera del vehículo, llego hasta mi posición. Intentó agarrarme para que me calmara, pero eso resultó inútil. No tenía la suficiente fuerza como para detener a un macho alfa en plena batalla por marcar su territorio. Y así, entre gritos, golpes al cristal tras el que se acochinaba aquel individuo, e intentos fallidos de la hembra en celo por llamar nuestra atención y conseguir que nos detuviéramos, ocurrió algo inesperado. Ella tomó una actitud que nunca pensé que con esa delicadeza pudiera calmar nuestros ánimos. De pronto, en lugar de continuar berreando mi nombre, comenzó a susurrarlo como hacía cuando quería llamar mi atención o la de cualquiera, erizando todo mi cuerpo.
—Pablo —y tras una breve pausa continuó—. Pablo, no sigas por favor. Vais a haceros daño.
Embobado ante semejante reclamo, cual serpiente ante las notas musicales arrojadas por una flauta de caña en la lejana India, caí hipnotizado bajo sus relajantes frases susurradas en el arcén de una carretera secundaria. Mis brazos dejaron de ejercer presión sobre la maneta y, sin soltarla, giré el rostro aturdido hacia mi contertulia. Ella había adoptado esa pose dulce y pícara que se le daba tan bien, con la cabeza ligeramente agachada y sus ojazos mirándome hacia arriba. Podría parecer un acto de sumisión, pero todo lo contrario, era un acto totalmente premeditado de posesión y dominio sobre cualquier hombre. Con esa carita de pena, sabía que estaba a su antojo. Además, su tono de voz, desgarraba los instintos primarios poniéndolos a danzar a su total disposición. La encantadora de serpientes había comenzado su función y muy pronto tendría a las dos víboras hipnotizadas a su merced.
—Pablo, cariño, vale.
En ese momento solté definitivamente la maneta y me convertí en un niño de siete años intentando colarle una escusa barata a su profe de primaria.
—Pero es que…
Ella se llevó el dedo índice a sus carnosos labios y ordenó que me callara con otro susurro casi inaudible por el ruido de los coches que seguían circulando por aquella maldita carretera.
—Acompáñame.
Y cogiéndome de la mano me apartó del vehículo y me dirigió al interior del bello paisaje de la sierra que atravesaba el asfalto, imperceptible hasta ese momento para mí, inmerso como estaba en torpedear el viaje. Llegamos bajo un árbol centenario, y a su cobijo tomamos asiento.
—Pablo, ¿que pretendes? ¿Arruinarme el fin de semana?
—No. Bueno, sí. No sé Raquel —estaba hecho un mar de dudas, razonables todas ellas—. Creo que no ha sido buena idea que me pidieras este favor. Os pediré un taxi para que podáis seguir con vuestra escapada romántica. No te preocupes, yo me hago cargo.
—Vamos a ver cariño, no seas tontuno. Te das cuenta que estamos en medio de la nada. No digas tonterías, hombre.
—No me siento con fuerzas para continuar. No puedo Raquel, no me hagas esto…
—¿Pero por qué? Sólo nos quedan veinte kilómetros, estamos a tan solo diez minutos de nuestro destino. No nos abandones aquí, por favor…
¿En serio tenía que explicarle por qué no podía afrontar esa situación? Pues si era necesario se lo diría. Tenía que oírlo de mi boca, al menos una vez en la vida. Era justo que supiera lo que sentía por ella todo este tiempo, y que en aquel preciso instante acababa de cerciorarme irremediablemente de mi situación. La sombra de aquel pino silvestre me iluminó, y aclaró mis desordenados sentimientos de toda esta dura semana, de estos años de quedadas y complicidades, de toda mi vida en definitiva. La frescura del musgo que cubría su base me azuzó el ímpetu para desnudar mi corazón ante ella. Estaba listo, lo sabía, era el momento. Ella entornó la mirada, limpia como nunca la había visto. Estaba por la labor, podía sentirlo. Se preparaba para lo que tenía que decirle, aunque intuía que lo sabía desde hacía mucho tiempo. No había duda, siempre iba muy por delante de todos mis actos, incluso conocía mis sentimientos antes de que yo tuviera el valor de admitirlos.
—Raquel, yo…
—¡Reichel! ¿Dónde estás? —de entre la maleza apareció en el momento más inoportuno Carlos, buscando a su presa—. Nena, me tenías preocupado.
Quedé con la palabra en la boca, la tensión en el estómago y todas mis esperanzas en los tobillos. Ella se levantó de mi lado y corrió a consolar a ese desgraciado, llenándolo de arrumacos y besos que no le correspondían, y atusándole las vestimentas que su cobardía había fruncido. Desde la distancia, y al abrigo de su amante, hizo un último intento a sabiendas de que no procedía.
—¿Qué me decías Pablo?
—Que ya estoy listo para continuar. Cuando queráis nos vamos —dije casi sin creer lo que estaba soltando por mi boca.
La pareja tomó unos metros de ventaja y rápidamente volvimos a la carretera. Yo marchaba tras ellos cabizbajo inmerso en mis propias desgracias, que ya no podían ser más (o al menos eso creía).
Llegamos al coche y tras colocarnos los cinturones de seguridad, giré la llave de contacto. Un ruido áspero salió del interior del vehículo. Repetí incrédulo la maniobra. Otro ronquido inquietante me paralizó. Y así repetitivamente hasta que la desagradable voz del atleta quebró mis oídos y mi ánimo desde el asiento de atrás.
—¡Vaya por Dios! ¡Ahora a la rata se le rompe la calabaza con ruedas para mi Cenicienta!
Aquello era inadmisible. Raquel lo mandó callar con una mirada a la que le sobraron las palabras. Tras unos segundos de tenso silencio busqué en la guantera la documentación del seguro y llamé para indicarles nuestra posición. La grúa tardaría no más de una hora, pero no menos de media. La Sierra es lo que tiene, es preciosa, tranquila, y alejada de todo, incluso de las grúas. Se confirmaba la teoría de que todo lo que puede ir a peor, irremediablemente va a peor. El sino de mi vida amorosa. El mantra de mis relaciones. Yo.

Intentaba razonar y mantenerme en calma, pero por momentos parecía imposible que llegara a conseguirlo. Estaba agotado mentalmente y destrozado anímicamente. Mi corazón había saltado en pedazos varias veces ya, y mi orgullo no tenía mejor pinta. Caminaba repetitivamente carretera abajo, para volver sobre mis pasos trescientos metros, una y otra vez, ataviado con el escandaloso chaleco amarillo y móvil en mano por si llamaban los del seguro o la grúa. Estaba en proceso de desfragmentación, reordenando archivos, actualizando y limpiando mi disco duro, para poder asimilar semejante panorama al que me enfrentaba.
Los tortolitos seguían resguardados en el asiento trasero de mi coche. Parecían despreocupados, ajenos a mi situación. Sé que Raquel no lo estaba. Lo intuyo. Quiero creerlo… No lo sé. Simplemente lo deseo, como a ella.
Tras una larga espera, apareció el comboy de la salvación, el ejercito de liberación de ansiedades, los cascos azules del amor, la caravana de la esperanza, la Cruz Roja del corazón… una grúa y un taxi, vamos; pero para mí en ese momento parecían todo eso a la vez, y mucho más. Al verme brazear espasmódicamente se detuvieron en el arcén. Yo les indiqué que era a nosotros a quien debían socorrer, como si necesitasen confirmación. De la grúa bajó un cincuentón de poco pelo que juntaba más arrugas que dientes. De su boca colgaba una faria medio masticada que daba grima con sólo mirarla. Su indumentaria combinaba magistralmente manchas de grasa, con salpicaduras de bocata de mejillones, sobre fondo magenta del mono reglamentario. Una obra de arte, o un caro modelito, si lo hubiese firmado Agatha Ruiz de la Prada. Sus ojos, aún con legañas, se adivinaban sinceros, grandes, enormes y claros; junto con su devastadora alopecia, y su famélica presencia me recordaba a alguien, a algo… ¿pero a quién?
El chofer me estrechó la mano.
—Antonio —dijo a modo de saludo.
—Soy Pablo. Gracias por venir tan rápido —respondí cortésmente.
—Ahórrate el cumplido chaval, es mi trabajo.
De nuevo chaval… Pero a este no le voy a contradecir, tiene que sacarnos de aquí.
Del taxi salió un joven espigado envuelto en un chándal de primera marca rematado por unas espantosas deportivas plateadas. Se interesó por los clientes que tenía que trasladar y antes de que yo tan siquiera pudiera articular palabra escuché:
—¡A nosotros! —el deportista sí que había estado atento para esto. Y dándole un apretón de manos al taxista, se apresuró a abrir la puerta trasera, tan cortés como pudo, a su querida, para rápidamente salir huyendo de aquella angosta carretera.
El taxi levantó una ahogadora polvareda al incorporarse al asfalto, obligándonos al chofer y a mí a cubrirnos el rostro con las manos.
—¡Gilipollas! —solté, pensando en Carlos.
Antonio, todavía aturdido por los efectos del polvo, se vino arriba al escucharme decir eso y pensando que me refería al taxista, soltó una serie de improperios que no voy a reproducir de nuevo; me dio dos palmaditas en la espalda y dándome ánimos me dijo:
—¡Nos vamos a llevar bien, chaval!
—Nos llevaremos mejor si dejas de decirme chaval —respondí intentando no parecer grosero, pero firme a la par.
—De acuerdo, muchacho.
Tras realizar las tareas propias de su oficio y cargar el coche en la grúa, nos dispusimos a subir a la cabina y llegó el momento de indicarle el taller donde quería que dejara el vehículo averiado. Le indiqué mi taller de confianza, junto a mi casa, así que media vuelta para la gran ciudad. Adiós al campo, al monte, a la dichosa Sierra, culpable de mi desdicha.
Tras realizar un cambio de sentido bastante temerario, tomó la dirección opuesta al destino de Raquel. Me relajé en el asiento y me saqué de encima el estúpido chaleco.
—Bueno, muchacho, ¿qué te ha traído por aquí?
El buen hombre tenía ganas de cháchara, yo no estaba por la labor, pero tampoco había mucho más que hacer.
—He venido a traer a unos amigos a una casa rural. Ya sabe, escapada romántica y eso… —contesté medio de mala gana, recostado en el asiento del copiloto.
—Será muy buen amigo, para venir hasta aquí…
—Amiga —respondí—. A él no lo conozco.
—¡Venga muchacho! —soltó mientras se cambiaba la corroída faria de lado a lado de la boca—. ¡A una amiga no se la lleva a más de cien kilómetros de distancia para que se la zumbe otro! ¿Estás tonto o qué te pasa chaval?
Menuda reflexión me acababa de soltar. Admití el bofetón de sinceridad con toda la dignidad que pude, sabiendo que tenía más razón que un santo. Es la conclusión que sacaría cualquier hombre. Yo mismo hubiera llegado a esa reflexión si no se hubiera tratado de mí, de Raquel, de nosotros. En ese momento bajé la cabeza, saqué mi móvil del bolsillo y comprobé que había recibido un mensaje:
“Ya me dirás a que taller te diriges. Nos hemos dejado el equipaje en el maletero del coche. No llevamos nada más que lo puesto. Besos cariño.”
—Venga muchacho, no te lo tomes a mal. No tenía intención de ofenderte —dijo Antonio en tono conciliador.
—No se preocupe, es que ocurre una cosa…
—¿Qué te pasa? ¡Tristón!
—Llevamos su equipaje, y vamos en la dirección contraria a donde se encuentran.
—¿Equipaje? —sonrió—. ¿Realmente crees que van a necesitar mucha ropa donde van, y a lo que van? —a carcajadas— ¡Se trata de quitársela toda, muchacho!
Tras un par de minutos de silencio, y una vez que el chofer se recompuso de su arrebato de risa, entremezclada con tos agónica de fumador empedernido, recibo otro mensaje:
“Pablo, cariño, las maletas… porfa”.
Acompañado de emoticonos lanzándome besos con corazoncitos y maletas de diferentes colores. ¿Por qué me torturaba así? Quería irme a mi casa y olvidar todo esto. Cerveza, fútbol, colegas y una noche de farra me aliviarían a corto plazo. Pero por otro lado sentía la obligación de corresponder a Raquel. No podía fallarle. No iba a dejarla tirada. No lo haría, ese no era yo.
—¿Puedes dar la vuelta, Antonio?
El chofer me miró con los ojos todavía más abiertos. Sorprendido de mi capacidad de servidumbre. Alfombra se quedaba corto para describirme, pisoteado pero siempre dispuesto a limpiar los pies de quien tuviera encima. Cuando se recompuso de su sorpresa inicial, contestó entre carcajadas de nuevo:
—¡Calzonazos! —y esta vez casi pierde el sentido de un ataque de risa maligna y tos aguda tras tantos años tragando humo. Llegué a preocuparme, mi vida estaba en sus manos. Se recompuso y concluyó—. Tú mandas. Pero… ¿estás seguro?
—Sí, por completo. Déjeme en el taller mas cercano a su posición.
—A mí me viene de perlas porque voy a hacer el servicio mucho más rápido, pero a tu salud mental no sé si le conviene demasiado.
—No se preocupe. Puedo resistirlo.
—¿Resistirlo? Ya veo por donde vas, muchacho. No es tu amiga, no. ¡Te gusta esa tía! ¡Y mucho!
Creo que con tan solo una jornada laboral con este señor se habrían acabado todos mis problemas. Era un psicólogo en toda regla. Hondaba en mi interior y sacaba a la luz mis sentimientos. Un poco cafre, pero lo conseguía. Estaba empezando a gustarme su estilo, crudo, rudo, sincero en definitiva. Así que me armé de valor y por primera vez en mi vida revelé a alguien el secreto mejor guardado de la corona, el expediente clasificado en mi corazón tarambanas y farandulero.
—Sí. Lo admito.
Las carcajadas de Antonio retumbaron por toda la cabina. Disfrutaba machacándome.
—No necesitaba confirmación, muchacho. Era una pregunta obvia.
—Se dice retórica —alegué.
—¡Empollón! —y las carcajadas atronaron durante un largo rato.
Tras unos kilómetros de retorno, pronto superamos la posición donde mi coche había decidido darle una vuelta de tuerca más a mi patética situación. Al pasar por allí, el conductor soltó una aseveración que bien podría poner en pie de guerra a un ejército, una arenga al mas puro estilo Braveheart, que me espabiló por fin y comprendí lo que tenía que hacer a partir de ahora.
—Muchacho, un hombre puede cambiar de rumbo, pero no de dirección. He dado la vuelta, te llevaré hasta el taller mas cercano a tu chica, pero sólo si me prometes una cosa… ¡Qué vas a pelear por esa zorra! En mi grúa no suben calzonazos desgraciados que no saben afrontar su realidad. Así que o espabilas y coges al toro por los cuernos, o de una patada en el culo, te saco de la cabina y te abandono a tu suerte aquí mismo. ¡Tú veras! Así que grita conmigo: ¡Voy a hacerlo, joder!
Antonio se estaba viniendo arriba por momentos, y decidí seguirle la corriente.
—¡Voy a hacerlo!
—¡Más fuerte, meapilas!
—¡¡Voy a hacerlo!! —grité.
—¡¡Más alto, calzonazos!! —me exigía.
—¡¡¡Raquel!!! ¡¡¡Voy a por ti!!! —grité liberado como si ya nada importase.
—¡¡¡Muy bien, muchacho!!! —se desgañitaba complacido Antonio.
En ese momento vi claro a quién se parecía, la primera impresión que me había dado nada más bajar de la grúa, y emocionado como estaba, incapaz de analizar lo que decía presa de la excitación, le grité a pleno pulmón a dos palmos de su cara:
—¡¡¡¡Gollum!!!!


El resto del trayecto no se me hizo excesivamente largo, al fin y al cabo estábamos a muy pocos kilómetros del maldito destino. Antonio no se tomó muy a mal lo de Gollum, puesto que no sabía quien era, así que tuve que explicarle que se trataba del grito que realizaban los paracaidistas americanos en la segunda guerra mundial para armarse de valor antes del gran salto. En realidad gritaban “Jerónimo”, un buen amigo experto en estos temas me lo había repetido hasta la saciedad, pero al chofer le encantó la lección de historia, que remató de nuevo llamándome empollón.
Durante el trayecto respondí al mensajito de Raquel y me ofrecí para acercarle las maletas hasta la casa rural. A ella le pareció un gesto encantador. La tenía, casi era mía.
Al fin y al cabo en Maps no parecía muy alejada la dichosa casa del taller donde Antonio debía dejarme. Eran sólo tres kilómetros. Un paseito por la sierra me vendría bien, abriría mis pulmones y aclararía mis ideas.
En menos de veinte minutos ya estábamos en el taller. Antonio y el oficial que en esos momentos se encontraba al mando se apresuraron a bajar el vehículo y tras varias preguntas para evaluar los daños y realizar un diagnóstico, emprendió su faena. El chófer de la grúa, finalizada su misión allí, se acercó hasta mi posición a las afueras del taller.
—Muchacho, necesitas que te acerque a algún sitio.
—No es necesario Antonio, muchas gracias.
—¿Vas a acercarles el equipaje a tu zorrita y al pichabrava?
—Sí, creo que lo haré. Iré a por todas, como tú me has indicado. No soy ningún calzonazos.
Y tras estrecharme la mano y ofrecerse varias veces a llevarme con la grúa, se subió al vehículo y justo antes de partir, bajó la ventanilla, encendió de nuevo su asquerosa faria y me gritó.
—¡Voy a hacerlo, joder!
Yo desde la distancia lo repetí con ganas, levantando mi puño izquierdo cual revolucionario.
—¡Voy a hacerlo!
Antonio vio que me tenía enganchado con su monserga de motivación barata y quiso poner el remate para que me entregara a tope. Arrancó rascando rueda, comenzó a destrozar el claxon aporreándolo con la mano derecha, mientras sacaba la izquierda por la ventana puño en alto repitiendo mi gesto, y gritaba como si le fuera la vida para insuflarme ánimos:
—¡¡¡Gollum!!!
No quiero ni pensar a cuantas personas más debería llamarlos así hasta que alguno tuviera el valor o la decencia de explicarle quién era el citado personaje, y que el grito de los paracaidistas que imitaban al apache descendiendo colina abajo a lomos de su caballo en pleno ataque era Jerónimo. Pobre del que lo hiciera…

Cuando me recompuse de las carcajadas que brotaron espontáneas al ver la despedida de la grúa, me dirigí al interior del taller. Estuve hablando un rato con el mecánico, que me aseguró que el coche tenía arreglo, pero que al encontrarnos en pleno puente, como pronto, hasta el lunes, no le servirían el repuesto necesario para hacer andar a aquella vieja tartana. Así que vacié el maletero resignado y me dispuse a emprender camino hacia el nidito de amor de Raquel y Carlos. Así con fuerza las dos maletas de mi chica y me colgué a modo de bandolera la bolsa de viaje del príncipe azul. Vaya tipo cutre, se va de escapada romántica con una bolsa de deporte. Seguro que es la misma que utiliza para ir al gimnasio. ¡Será desgraciado!
Le pregunté al “pretatuercas” si había algún atajo para no ir así por aquella estrecha carretera secundaria, no quería que nadie se me llevara por delante por cualquier despiste o simplemente por la falta de espacio para transitar. El chico me indicó que conocía un sendero que salía justamente desde la parte trasera del taller y que en poco más de un kilómetro estaría allí. Estaba de suerte. «El karma está de mi lado», pensé.
Emprendí la marcha por aquel frondoso camino. Las ruedas de las maletas pijas de Raquel parecían no estar acostumbradas a la tierra y piedras del piso. Traqueteaban sin parar, pero me hice el machote y seguí a paso firme. En unos minutos el poco cielo que la vegetación dejaba vislumbrar sobre mi cabeza, comenzó a tornar gris. La luz desaparecía por momentos y quedé en penumbras en menos de cinco minutos. No le di mayor importancia hasta que un fogonazo de luz irrumpió en aquel bosque cegándome al instante, y casi acto seguido el cielo se rajó literalmente en un ensordecedor trueno. El rayo había caído muy cerca de allí, seguro. Me percaté en ese momento de los consejos de supervivencia de “boy scout”, que repetían que nunca te refugiaras bajo un árbol en una tormenta. Yo estaba bajo cientos de ellos. Puto karma…
Apreté el paso y del cielo comenzó a jarrear una lluvia intensa, densa y heladora, que en menos de un suspiro me había calado de arriba abajo. Por el rato que llevaba caminando supuse que estaba a mitad de camino, así que para adelante y a bloque. Enseguida el agua convirtió en barro la tierra que formaba el camino, y las ruedas de las maletas se cegaron y dejaron de girar. Probé a arrastrarlas, hasta que decidí cargar con ellas a pulso. La mochila cada vez pesaba más y el camino empezó a mirar hacia el cielo. Cuesta arriba hasta el final. Como mi situación…
A los pocos pasos el piso ya era fango y piedras. Cargado como una mula y agotado físicamente, ocurrió lo que era de esperar: de un resbalón perdí el equilibrio y di de bruces en el suelo. Para cuando solté las maletas, mi barba ya se había estampado en el barro. No tuve tiempo ni de amortiguar el golpe. Hoy el karma se estaba pasando pero bien.
Resignado y aturdido continué la marcha cuando me recompuse. Apenas cincuenta metros me separaban de la cima. Empapado ya no de agua, si no de barro tras mi inoportuno resbalón; agotado y cabreado por todo lo que me estaba sucediendo desde que decidí compartir aquel estudio con Raquel e intentar jugar con ella; aborrecido de Cupido, Eros, Afrodita, y Pablo Alborán… Arribé a lo alto de aquella colina y descubrí la maldita casita a tan solo cien metros, en un fantástico prado verde esmeralda que hizo que casi se me saltaran las lágrimas de emoción. Lo había conseguido. No pude más que soltar a peso la pareja de maletas, alzar los brazos al cielo y gritar:
—¡¡¡Jerónimo!!!

Caminé lentamente bajo la pertinaz lluvia el tramo diáfano de prado verde que me separaba de la vivienda. Era una casita preciosa de dos plantas, con un pronunciado tejado de pizarra para evitar que las nieves del invierno se acumulen sobre él. Toda la fachada estaba recubierta de piedra y las amplias ventanas contaban con unos portones de madera para aislarla todavía más en las gélidas noches de final y principio del año, cuando la temperatura desciende por debajo de los cero grados. Para acceder a la puerta principal, tuve que subir los cuatro escalones de piedra que daban a una galería elevada, rodeada por una balaustrada de madera tratada, que le daba un aspecto de lo más acogedor. En ella había instalada una mesa y cuatro sillas, y una antigua bancada de madera y piedra en la que sentarse a contemplar el ocaso. Me imaginaba allí envejeciendo junto a Raquel cada tarde de mi vida.
Me descargué, y antes de llamar intenté atusarme el pelo un poquito. Me mesé los cabellos sin percatarme de que mis manos seguían pringadas de barro, con lo cual sólo conseguí ensuciarme todavía más la cabellera y el rostro. Ahora sí, era John Rambo en Acorralado parte II. Sólo me faltaba la cintita roja en la cabeza, porque “no sentía las piennas” y estaba harto del “Charly”. Era un esperpento andante, eso sí, el más servicial que puedas encontrar.
Llamé al picaporte que decoraba la gigantesca puerta de madera de dos hojas. De dentro procedían risas y conversaciones cómplices que no acertaba a distinguir. Repetí el intento, esta vez con mayor firmeza. Carlos respondió.
—¿Quién es?
—Soy yo, Pablo.
—¿Qué demonios quieres?
—Entregaros el equipaje, ¡imbécil!
Tras unos segundos de silencio, escuché como corría los pesados cerrojos de la gran puerta. Sólo abrió lo justo para poder coger una maleta, y después la otra y meterlas tras la puerta. Yo desde mi posición no acertaba a ver nada más que su careto, que precisamente era lo que menos me apetecía presenciar en esos momentos.
Raudo se dispuso a tomar la bolsa deportiva con sus pertenencias cuando la sujeté con fuerza y le pregunté por Raquel.
—¿Está Raquel? ¿Quiero verla?
—Déjanos disfrutar del puente, payaso. Ahora lárgate por donde has venido y no nos compliques más la vida.
No podía creerlo. Este tipo no iba a hablarme así. ¿No había aprendido la lección de unas horas atrás en la carretera cuando casi le arranco la cabeza?
—Mira Carlos, déjame hablar con Raquel y tengamos la fiesta en paz.
Intenté abrir un poco más la puerta para lograr ver algo del interior pero me bloqueó con su cuerpo.
—Está bien —dije cesando en mi empeño—. Comprendo… Dile que he venido a traeros el equipaje. Luego la llamo.
—Aquí no hay cobertura…
—Pues entonces tendré que hablar con ella en persona —no iba a resignarme. Esta vez no.
—¿Pero es que todavía no lo has entendido? Raquel no quiere verte, desgraciado. Y yo, ¡mucho menos! ¡Así que suelta mi equipaje, y largo!
Este último comentario hizo que todavía ejerciera más presión en las asas de su bolsa de deporte para no soltarla. Él estiraba desde dentro y yo me mantenía en mis trece desde fuera.
—No la mereces… —contesté con la mayor cara de asco que pude dibujar—. ¡Me repugnas! ¡Vete con tu mujer y déjanos en paz!
—¿Y tú crees que sí? ¿Qué una mujer como Raquel va a estar con alguien como tú?
—Yo al menos la quiero —me sorprendí a mí mismo pronunciando esas palabras—. La he querido siempre y no creo que eso vaya a cambiar el resto de mi vida. Es una mujer fascinante, llena de virtudes y a la que perdonar todos sus defectos. Es en lo primero que pienso cuando abro los ojos y lo último que anhelo cada noche al cerrarlos. Sueño con ella, y espero y deseo que en otra vida podamos coincidir, ya que en esta la suerte no me ha sonreído. Todas las mañanas soy la primera persona que le escribe: “buenos días preciosa”, o “buenos días bombón”, y espero impaciente el momento que ella conteste a mis mensajitos para comenzar interminables conversaciones que alivien la asquerosa rutina que me envuelve. Siempre flirteamos, pero nos mantenemos inactivos por miedo a destruir nuestra maravillosa amistad. La verdad es que nos excusamos en ella, en nuestra amistad, para evitar admitir que nos produce un miedo espantoso dar un paso más, ir más allá, ir a por todas de verdad y decirnos a la cara lo mucho que nos queremos y necesitamos estar el uno con el otro. Nos conocemos desde niños y siempre ha sido así, y ni tú ni nadie va a cambiarlo.
»Así que déjame hablar con ella un momento y ya no os molesto más.
En esos momentos descubrí que el hecho de soltar todo lo que llevaba dentro había producido en mí una enorme emoción que había hecho brotar dos enormes lagrimones que surcaban mi cara esquivando barro y barbas por igual.
—¡Muy bonito Bambi! ¡Menuda declaración de amor me acabas de soltar! Pero ahora seré yo el que te explique cómo está la situación. Raquel está por ahí dentro medio en bolas esperando que te largues para disfrutar de este cuerpazo cuidado al detalle, y para lo que ha recorrido casi cien kilómetros. ¿O crees que va a estar leyendo tus patéticos mensajitos todo el fin de semana? Ha venido a que un hombre como yo la haga sentir una auténtica mujer, la folle como es debido y gima de placer hasta la extenuación. No está aquí para jugar a las princesitas quinceañeras, necesita algo más que mensajes tiernos. Y yo voy a ser ese hombre, el que nunca serás tú… Voy a fornicar durante setenta y dos horas a esta pendeja y después volveré a casa con mi mujer, y aquí paz y después gloria. Al fin y al cabo estoy realizando una labor social, si no ¿quién va a satisfacer a esta hembra? ¿Tú? ¡Menudo moñas!
»Voy a hacer con ella lo que me de la gana. Todo tipo de guarradas que mi mujer no se atrevería a hacer por decencia, esta guarra está dispuesta a hacerlas por puro placer. Está muy necesitada, tío. Me han bastado cuatro miraditas en el gimnasio para ponerla a cuatro patas. ¡Aprende chaval! ¡Y lárgate de una puta vez!
En esos momentos mi sangre hervía, no podía tratar así a mi chica, era inadmisible. Ambos nos estábamos calentando demasiado y comenzamos a estirar de las asas del bolso de Carlos hasta hacerlas crepitar. Yo intentaba sacarlo para fuera y darle su merecido, esta vez nada iba a impedírmelo. Y él, por su parte, recuperar su equipaje y quitarme de en medio. Cuando de repente, la voz quebrada de Raquel susurró detrás de nosotros y detuvo la batalla.
—¿Eso esperas de mí? ¿Qué te la chupe y me largue? ¿O algo más guarro? ¡Eres un cerdo y un hijo de la gran puta! —las lágrimas emborronaban su precioso rostro. Al parecer permanecía en silencio detrás de la puerta sin que ambos nos diésemos cuenta. Había escuchado perfectamente toda la conversación. Tenía demasiados datos de golpe por asimilar, pero sin duda el testimonio de su príncipe de spinning le había dejado el corazón en ruinas.
»Siempre he sabido valerme por mí misma y nunca he necesitado de ningún machote “que me folle” —decía a la par que señalaba a Carlos con la mano de arriba abajo—. ¡Soy una mujer, imbecil! ¡No una puta muñeca hinchable! ¡Eres despreciable!
En ese momento Carlos aflojó la presión sobre el equipaje para girarse y poner carita de arrepentimiento. No esperaba que Raquel escuchase esa conversación. No debía haberla oído. El fin de semana se le estaba complicando…
—Pero cariño…
Fue lo único que le dio tiempo a pronunciar. En el mismo momento que sentí que sus fuerzas se debilitaban, tiré con todas mis fuerzas de la bolsa de deporte y conseguí sacar de la casita al impresentable, que aturdido por el tirón, me ofreció como suculento manjar presentado en restaurante de cinco tenedores al más hambriento de los hombres, su bronceada mandíbula para que estampara el mayor gancho de derecha que el boxeo actual pueda recordar.
No hubo pelea. No hizo falta. Le puse tanto empeño en el primer golpe que cayó noqueado al porche de la casa rural. El árbitro le hubiera contado diez y me hubiera declarado vencedor levantando en ese momento mi brazo derecho, pero obtuve la mejor recompensa que pudiera imaginar. Raquel, frágil, rota y desorientada, avanzó hasta mi posición y fue a acurrucarse en mi regazo. Nos fundimos en un intenso abrazo lleno de complicidad que detuvo el tiempo. Todavía sollozaba. Yo buscaba su rostro, pero ella ejercía una gran presión hacia mí que impedía que pudiera verlo. No se atrevía a mirarme a los ojos.
Cejé en mi empeño y permanecí estático, de pie, junto a ella. No sé cuanto tiempo pasó hasta que se recompuso, y sin apartar su rostro de mi pecho susurró:
—¿De verdad sientes todo eso por mí?
Poco a poco apartó su cara para poder mirarme a los ojos. Esperaba mi respuesta. Era el momento y no podía fallar. Hasta ahora le había ocultado mis sentimientos disfrazándolos de falsa amistad por miedo, por cobardía en realidad. Así que ya nada había que perder, ya lo había oído todo y sería patético dar marcha atrás ahora. Tomé fuerzas y pronuncie las palabras lentamente.
—Así es preciosa.
Envolví su rostro con mis manos, sequé sus lágrimas y esperé reacciones. Ella sonrió, hizo lo propio con mi cara y aproximó sus labios a mi boca. ¡Iba a besarme!

Y sucedió. Tras el primer beso, dulce, prolongado y merecido, siguieron otros de menor duración pero de mayor intensidad. Y otros muchos más apasionados que nos llevaron en volandas para el interior de la casa rural. No era momento de dar más explicaciones. La pasión ganó la batalla de los besos a la ternura, al cariño y la amistad por goleada, y a partir de entonces decidimos devorarnos el uno al otro sin compasión. Llevábamos muchos años deseando que llegase este momento, yo cada día y Raquel en su subconsciente.
Tras nuestra entrada triunfal corrimos los cerrojos de la puerta principal y nos entregamos a la pasión. Al cabo de un rato indeterminado, mientras ambos disfrutábamos uno del otro, descansando de las dos primeras arremetidas, llamaron a la puerta. Raquel ni se inmutó, recogió varias pertenencias de Carlos de la habitación principal en la que permanecíamos tumbados en la cama, embobados, sin parar de acariciarnos y sin poder apartar la vista de nuestros ojos; abrió la ventana y las arrojó al vacío. Sólo pronunció una frase a la par que cerraba los portones exteriores y la ventana.
—Esta vez, ten algo más de estilo y llama a un taxi. ¡Mi chico ya no es tu chófer!
Carlos recogió su ropa de los alrededores y a trompicones comenzó a vestirse, a la par que gritaba:
—¡Pero si aquí no hay cobertura!
No le sirvió de mucho, de nada en realidad. Nosotros para entonces ya estábamos enfrascados en otro arreón de deseo, de los muchos que se prolongaron durante todo el puente. Mientras, en el exterior la lluvia arreciaba de nuevo, y el príncipe de los pedales caminó bajo la lluvia hasta el pueblo más cercano, donde consiguió contactar con un taxi que lo devolviera a su acomodada y falsa vida de pareja en la gran ciudad.


Todavía recuerdo estos momentos cuando cada año por estas fechas venimos los cuatro a disfrutar del puente de Semana Santa en nuestra casita rural. Los niños juegan por los alrededores sin peligro y en plena naturaleza y nosotros, como aquel día imaginé, nos sentamos en la antigua bancada de madera y piedra a contemplar el ocaso. Juntos, unidos, felices… para siempre.


David Garcés Zalaya

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