martes, 18 de junio de 2019

AMOR KM. 0: AMOR VEGETATIVO (TERESA BUZO SALAS).

En nuestra habitual sección AMOR KM. 0 os traemos un nuevo relato perteneciente a esta antología, última de las tres que conforman nuestra Colección Cupido.
Recordad, como os adelantábamos la semana pasada, que durante este verano esta sección se convierte en semanal, aprovechando que es un buen momento del año para la lectura allá donde el calor estival te lleve a descansar: piscina, terrazas, playa o montaña, o durante los tránsitos de un buen viaje.
Hoy os traigo el relato AMOR VEGETATIVO, de Teresa Buzo Salas (Georgia - Estados Unidos).  Un relato tremendo, cargado de sentimiento, que viene acompañado por una ilustración de Carmen Yus, ejemplo de su buen hacer para extraer una imagen genial del texto. Como siempre, engalanado por la Esencia y Frase de cabecera que extrajo del mismo María Belén Mateos Galán.

Atentos porque como os comentaba las publicaciones durante el verano serán semanales. 😉




Hay páginas de la vida que se escriben en desiertos domingos de nostalgia, hay piel amada que se recorre cada noche a pesar de su ausencia con la esperanza de un pálpito de savia…


“Recuerdo que te decía que el domingo era el único día de la semana que parecía echar anclas sobre un montón de nada. Tú no me entendías, y entonces te explicaba que los domingos son como páramos desiertos después de salir de una selva llena de idas, venidas y quehaceres que no acaban nunca. Y en mitad de ese páramo, la nostalgia holgazaneaba sobre nosotros”


AMOR VEGETATIVO
Teresa Buzo Salas




Carmen Yus
Zaragoza


AMOR VEGETATIVO

Amor mío:
Como cada semana te escribo una carta en donde te cuento todas las anécdotas, para que cuando despiertes no sientas que te has perdido nada. Como alguien dijo una vez, la vida es un libro lleno de páginas en blanco que escribir, así que no te preocupes, porque las tuyas las estoy rellenando yo con mis palabras.
¡Si pudieras ver lo grande que están las niñas! La mayor es casi tan alta como yo, y la pequeña me llega ya por la cintura. Ahora te está haciendo un dibujo para colgarlo en el cuarto del hospital junto al resto. Está entusiasmada, y restriega con sus pocas fuerzas los lápices de colores de cera sobre el folio, al tiempo que me mancha de rayones azules la mesa de la cocina. Al mirarla me veo a mi misma intentando pintar un alma que parece estar en blanco, un alma que se quedó vacía y que suena a hueco las noches que no puedo estar a tu lado, pero que vuelve a teñirse de arco iris cuando te visito por las mañanas. En el dibujo aparecemos los cuatro dando un paseo por el parque bajo un sol redondo, muy amarillo. Es extraño, ella suele dibujarte tumbado sobre la cama del hospital porque no te recuerda de otra manera. Sin embargo en esta ocasión te ha dibujado de pie. Dice que lo ha visto en sueños. ¡Ojala se cumpla! ¡Ojala podamos un día ir al parque los cuatro juntos, bajo un sol amarillo o naranja o rojo, pero juntos y poder charlar, reír! y, ¿por qué no? Discutir. Y es que siempre querías llevar la santa razón, y esa razón tan santa y a veces tan necia te llevó a postrarte en una cama de hospital, pero no quiero hablar de eso ahora. Mejor te hablo de nosotros, de las cosas que vamos a hacer cuando se acabe esta larga y pesada espera que huele a pasillos verdes y desolados, a desinfectante y a comida insípida.
Siento decirte que ayer me acaloré de nuevo con la enfermera. Dice que no puedo pasarme todas noches en el hospital, que tengo que tener la espalda destrozada por dormir en el sillón. Dice que ya bastante hago con trabajar, con recoger a las niñas de casa de mi madre y llevarlas al colegio. Se atrevió además a decir que tengo mi hogar desatendido y que las ojeras me cuelgan bajo los ojos como dos palomas pardas, grandes y muertas. ¡Qué sabrá ella de palomas! Si yo las siento reposar sobre mis pechos cuando duermo agarrándote la mano. Mi cuerpo se bate en alas al percibir el pulso de tu muñeca, esa deliciosa melodía, esa tonada de sangre a una misma cadencia rítmica, alentadora, viva… ¡Qué sabrá ella!
Mañana es domingo, así que mientras las niñas salen con un grupo de amigas, yo me quedaré contigo. Recuerdo que te decía que el domingo era el único día de la semana que parecía echar anclas sobre un montón de nada. Tú no me entendías, y entonces te explicaba que los domingos son como páramos desiertos después de salir de una selva llena de idas, venidas y quehaceres que no acaban nunca. Y en mitad de ese páramo, la nostalgia holgazaneaba sobre nosotros. En esas mañanas yo remoloneaba en la cama y abrazaba la almohada en posición fetal. Tú me rodeabas con tus brazos y me apretabas fuerte contra tu cuerpo, como si quisieras infiltrarme dentro de ti para no salir nunca. A los pocos segundos empezabas a darme besos, besos de aliento agrio y seco que a mí me sabían a pan recién horneado, a café caliente y a pastel de gloria. Ahora todo es distinto, ya no me parecen que los domingos sean eriales ribeteados de cariño. Mi mundo se centra en la cantidad de tiempo del que dispongo para estar a tu lado. Rebuscar en el calendario ese día de asueto que me libere de mi yugo laboral, y salir corriendo derechita al hospital con el corazón en la boca porque he sentido un pálpito. Y es que a lo largo de estos ocho años la esperanza ha sido mi leal compañera. Esa senda verde de poeta enamorado que camina sin mirar atrás me ha seguido a todas partes.
Sin lugar a dudas lo más sublime del día es el momento en el que te aseo. Casi tengo que demandar a la clínica porque no me dejaban hacerlo sola, ¡todo eran problemas! Que si necesitaba la ayuda de un profesional, que si pesabas demasiado para darte yo sola la vuelta, y tantas miles de paparruchadas que he tenido que oír. Pero claro, ¡qué saben los médicos de intimidad! Si están acostumbrados a rajar y mostrar las vísceras de sus pacientes frente al equipo quirúrgico. ¿Quién mejor que yo para atender a tus cuidados? Si conozco cada centímetro de tu piel, como si tu cuerpo fuera un mapa en donde buscar signos y descifrar claves para encontrar un tesoro. Un magnífico caudal de fortuna que eres tú y sólo tú mi amor. Puedo ubicar mentalmente cada lunar, cada pequeña arruga y vello erizado de tu pecho. Incluso ahora lo conozco mejor que antes, y es que me gusta contemplarte largamente mientras te desnudo, quitándote las prendas con tacto y sosiego. Quisiera ser esa brisa que arrebata con diplomacia briznas de paja a los trigales secos. En esos instantes, mientras deshojo cada uno de tus pétalos, dejas de ser mi esposo para convertirte en mi retoño. Un niño al que cuido, y al que hablo con esa media lengua que empleamos las madres para dar luz y guía al alma.
Y así paso cada tarde de este estío, espolvoreando con azúcar glasé una hiel injusta. Una amargura espesa que se sube a la garganta y deja un gusto acre, repulsivo pero soportable. Aunque no quiero que ese sabor a bilis se evapore del todo, porque no hay nada que me aterrorice más que dejar de sentir asco por esta iniquidad que se ha hecho contigo. Me niego a acostumbrarme. Me niego a arrastrar mi subsistencia por una travesía tediosa y a convertirme en una matrona autómata, curtida en la rutina. Quiero que el alma me duela como el primer día para seguir poniéndole cara a la adversidad.
Las noches siempre son peores que las mañanas, y sobre todo aquellas en las que no puedo estar contigo. En esas noches pendencieras cuando el silencio se apodera de la casa, y las sombras vagabundean por los pasillos, abro tu armario y meto mi cabeza entre tus camisas. Dejo de respirar por unos segundos. Después medio ahogada, aspiro con todas mis fuerzas para sentir tu aroma e imaginar que me estás abrazando. Lo hago justo antes de irme a dormir, cuando ya me he puesto el pijama y tengo la lamparita de noche apagada. Así cuando cierro tu armario me cuelo bajo las mantas envuelta en tu aroma. Algunas veces el insomnio me despierta a media noche y aparezco en tu lado de la cama, pero rápidamente me doy la vuelta porque ése es tu lado y todavía lo sigue siendo.
Sé que un día de éstos me llamarán. Me darán buenas o malas noticias. Sé que puede pasar tanto un día como cincuenta años. Sé también que pase lo que pase debo de mantenerme firme por las niñas. Entretanto, amor mío, te sigo y seguiré rellenando con mis palabras las páginas de este libro en blanco que conforman tu vida y la mía.


Teresa Buzo Salas
Georgia (Estados Unidos)






Un nuevo texto y su ilustración se publicarán en el blog el próximo martes. No esperes hasta entonces, hazte con él ya y descubre todo lo bueno que te trae lo nuevo de COLECCIÓN CUPIDO.
Antología de relatos y poemas en la que participan más de 50 personas.
AMOR KM. 0
Varios autores.
Colección Cupido.
Primera edición: febrero 2017
ISBN: 978-84-617-8393-9
Depósito legal: Z 182-2017
180 PÁGINAS 
Incluye ilustraciones y fotografías a color. 
Pide tu ejemplar a través de nuestro correo electrónico y te lo enviamos a casa.
Precio: 13€

Besetes a tod@s.
Nos leemos.

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