miércoles, 6 de mayo de 2015

Celebrando las 24.000 visitas.

Llega una nueva celebración, y esperemos que sean muchas más. En esta temporada ya tenemos encauzada la novela colectiva de 2015, TayTodos. Ya hemos publicado 14 capítulos y estamos descubriendo nuevos amigos escritores que nos están fascinando y recuperando colaboradores del año pasado que también están repitiendo experiencia positivamente. Cómo sabéis, siempre nos quedamos con lo positivo de cada uno, porque al final eso es lo que cuenta. Poco a poco hemos ido abriendo el círculo y no es de extrañar que esta edición no esté tan localizada en el municipio que la vio nacer, pero tratamos de no perder esa esencia y vamos alternando viejos amigos con nuevas y refrescantes incorporaciones.
Algo parecido está ocurriendo en la edición 2015 de Colección Cupido. Sin duda alguna es algo que enriquece el proyecto muchísimo y que nos va a aportar visiones muy distintas de un mismo tema. En cuanto a las novedades que os puedo adelantar, son poquitas porque las estoy reservando para la celebración de las 25.000 entradas en la cual os daré un montón de información al respecto. De momento deciros que esta edición cuenta en principio, y si todo el mundo cumple sus plazos de entrega, con 15 relatos (el doble que el año pasado) y 2 preciosos poemas; y que a partir de hoy podéis disfrutarlas con más tranquilidad en la página que se ha habilitado al efecto en la cabecera del blog bajo el título de Colección Cupido 2015. Puntualmente cada semana iremos añadiendo ahí también los relatos que se estrenan cada sábado en el blog. Seguimos creciendo, y lo más importante: poco a poco, afianzando nuestras bases y colaboradores para que luego el proyecto no se desmorone. Así que atentos que en la próxima celebración tendremos plazos de reserva, fechas de presentación, portada, listado de autores participantes... No está mal. Estamos encarando la fase final que desembocará en nuestra fiesta de verano con la presentación.
En cuanto a actos varios, estuvimos presentando el viernes 13 de febrero en la Casa de Cultura de Gallur nuestra novela colectiva TayTodos. Fue una nueva experiencia salir de nuestra guarida para sentarnos en el salón de sesiones del ayuntamiento de Gallur. En esa ocasión acompañado de Manuel Zalaya Navascués, gallurano y participante en la novela. Decir que nos sentimos muy halagados de poder explicar nuestra idea a los que allí se congregaron y a los que lo pudieron ver por la red de televisión local de Gallur y oírlo también a través de Radio Albada. Y desde estas líneas agradecer al pueblo de Gallur por su acogida y en especial a esas dos maravillas que tienen allí trabajando como son la directora de la Casa de Cultura (María José Galindo) y su bibliotecaria (Mariví Zornoza). Ojalá podamos estar de nuevo dentro de muy poco acercando Colección Cupido 2015 a sus vecinos.
También anunciaros que estaremos en Radio Alagón muy pronto colaborando en el programa de Carlos Adé. Pero todavía no hemos podido concretar una fecha definitiva, aunque no es por ganas de ambos (el destino no ha querido de momento).


Y como siempre que celebramos que superamos otras 1.000 visitas os traemos un vídeo de alguna banda amiga. En este caso vuelve nuestro grupo de cabecera, Nasville, con su última creación, con la que presentaron su primer EP de estudio: "Jamás". Un videoclip de alta calidad de esta formación que está cosechando éxitos a pasos agigantados. Quién sabe si pronto los veremos encima de un gran escenario. De momento ya han teloneado a Rubén Pozo en un soberbio concierto en La Casa del Loco. Espero que os guste. Besetes a tod@s. Nos leemos.



lunes, 4 de mayo de 2015

TayTodos: 14. Sí o sí.

Hoy nos llega el capítulo número catorce de la saga "TayTodos", pero antes vamos a repasar lo ocurrido el pasado martes.
El capítulo anterior arranca con Clara sorprendida al descubrir que es Sergio el que ha entrado en la mansión. Este se aproxima a ella buscando terminar lo que tantas veces han dejado a medias. Ella se debate en esos momentos en un conflicto mental ya que su hijo ha sido secuestrado y no es el mejor momento para dejarse llevar por la pasión que le provoca el joven. Sergio sigue a lo suyo, la toma por los aires y van a caer a la piscina, donde ella se da un fuerte golpe en la cabeza que la deja inconsciente. La puerta principal se cierra de un portazo, alguien ha entrado en la vivienda...
En el otro lado de la ciudad Mirka llega a su piso, que comparte con su primo Pavel, y allí le encuentra jugando a la videoconsola junto a Mario (el hijo de Venancio y Clara). Pavel le cuenta como se había desarrollado el secuestro del niño y que mañana para bien o para mal todo habría acabado y se largarían de allí con muchísimo dinero.
Jota por su parte lleva a casa a su padre (Jorge). A ambos les une una muy buena relación y durante el trayecto bromean incluso con la situación tan bochornosa que ha llevado al progenitor a prisión y al hecho de que ambos conocían a la mujer que ha provocado esta locura en Jorge. En ese momento el padre intenta ponerse en contacto con Carolina para disculparse por todo lo ocurrido e interesarse por ella, pero la joven no está para hablar con nadie y decide que pase un tiempo para retomar el contacto.
Rebeca recibe varios mensajes de Montana, para invitarla a bajar y tomar algo por los alrededores. La chica acepta y tras varias copas y chupitos se van directos al Mini Cooper que enloquece a la joven y la cosa empieza a subir de tono. Pero de repente, y en plena faena, la puerta del coche se abre de golpe y Rebeca comienza a gritar...

¿Conseguirá Sergio hacer que Clara recobre el sentido? ¿Quién habrá entrado en la mansión? ¿Qué ocurrirá con el secuestro de Mario? ¿Cómo reaccionará el mafioso de Venancio? ¿Y Jorge, podrá retomar su relación con Carolina? ¿Quién abrirá la puerta del coche de Montana, y para qué? No os perdáis el capítulo de hoy.

En cuanto a su creador, decir que es otro habitual en Zarracatalla Editorial. De nuevo ha conseguido sacar adelante un capítulo en muy poquito tiempo y como sus antecesores ha tocado un poquito la situación de cada uno de los protagonistas de la trama. Esa una maravilla poder contar con él en muchas más cosas que escribir capítulos, ya que en muy poco tiempo se ha convertido en un gran amigo, de los de verdad. Por eso disfruto tanto haciéndole participe de esta locura, involucrándolo y descubriendo por donde va a salir esta vez su impredecible imaginación. Gracias de nuevo, una vez más a... David Carrasco Molina.

Os dejo con el capítulo de hoy. Espero que os guste. Besetes a tod@s. Nos leemos.



14. Sí o sí.

—¡Qué coño haces! ¡Qué quieres Polaco! Por tu bien espero que sea importante. ¡Joder! ¡Quita Rebeca, sal del coche! Te llamaré…
—¿Qué? Pero…
—¡Qué salgas del coche!
—Montana pero…
—¡Qué salgas del puto coche! ¡Ya!
Rebeca, asustada y desconcertada salió del Mini bajándose la escotada camiseta que se había puesto para que Montana no se entretuviera en mirarla a los ojos, se abotonó el pantalón ya con los pies en la acera y antes de que se diera cuenta el estruendo de un portazo sacudió su nuca.


                                         *************


—Vamos hacia mi casa. Montana, mañana a las seis de la tarde… ¡Seremos ricos! ¡Ricos tio! ¡¡Ricos!!
—¿Qué cojones estás diciendo Polaco? ¡Qué! ¡Cojones! ¡Dices!
—Te dije que me vengaría de él.
—Polaco, dime que no lo has hecho.
—Fue muy fácil. No te preocupes, todo saldrá bien. El chaval está en mi casa jugando con Mirka, es buen chico. Cree que soy amigo de sus padres, le he dicho que mañana por la tarde le llevaré de vuelta con su madre.
—Polaco, “La Señora” te va a matar y a mí también como me vea contigo. Montana frenó ante un paso de cebra y aprovechó para desahogarse, golpeó su frente con fuerza contra el volante mientras apretaba tanto las mandíbulas que sus dientes crepitaron. Se llevó las manos a la cabeza y se echó hacia atrás, musitaba palabras que salían de una boca con dientes y labios apretados, no se entendían pero el gesto denotaba desesperación y miedo. Preso del pánico  comenzó a llorar desconsoladamente delante del ratero que le había llenado el alma de rabia. Ese malnacido con ansias de ser alguien había secuestrado al hijo del capo. En poco tiempo supo hacerse su sitio entre la peor calaña de la ciudad, no era nadie por si solo pero cubría la espalda de la peor gente que albergaba un mundo tan sucio y ruin como el de la droga y la trata de blanca. Ese polaco de aspecto vulnerable y débil quería crecer y ascender rápido, ya no le debía valer con seguir en la sombra, quería dar el pistoletazo de salida y que todos se enterarán que no solo era el habilidoso ratero que va tras los turistas. El malnacido del polaco estaba saltando al vacío. Podría morir o declararse vencedor. Si vencía convertiría a Venancio y a "La Señora" en cenizas y ocuparía su puesto. El polaco estaba mejor armado de lo que siempre se pensó. Acababa de secuestrar al hijo de la mujer más peligrosa que conocía y podría salir victorioso. El pánico se apoderaba de Montana, si Pavel ganaba, a él le daría igual pero si perdía, le arrastraría con él, le estaba involucrando.
—¡Qué cojones has hecho Polaco! ¡Te dije que no lo hicieras! ¡Estás muerto tío! ¡Muerto!
—Eres un cobarde Montana, siempre me lo has parecido. Te dejas vencer, lucha por algo alguna vez, en esta ocasión tendrás doble premio. Me das pena Montana, si yo fuera como tú aún estaría en mi país, trabajando de criado para aquel narco.
—Baja de mi coche, no quiero saber nada de esto. Estás de mierda hasta el cuello.
—¡Será fácil Montana! Llevamos al chico con su madre, cobramos la pasta y nos vamos. Así de fácil, no habrá complicaciones.
—¿Fácil? Sí Polaco, para “La Señora” va a ser muy fácil recuperar a su hijo y para "Baby Face" será sencillo no darte su dinero y quitarte del medio después.
—¡Mató a mi hermana Montana!
—¡Y de igual manera ese cerdo te matará a ti! Baja de mi coche Polaco, no quiero saber nada de esto.
—Lo siento amigo.
—¿Qué sientes el qué?
—Ya estás dentro de esto.
La cara del polaco albergó un cínico gesto, una falsa sonrisa y una vacía y gélida mirada que en tan sólo unos pocos segundos heló el ambiente del pequeño espacio interior del Mini.
Montana comprendió enseguida lo que significaba eso. Vio pasar sus noches de portero de discoteca por delante suya, qué tiempos aquellos en los que todo era más sencillo y los toros los veía desde la barrera. Siempre se dijo que se retiraría de ese sucio mundo que lo había atrapado antes de que fuera demasiado tarde, se iría con el dinero ganado y con su chica a algún lugar tranquilo donde montaría su propio negocio y viviría sin mayores quebraderos que el de una persona de bien el resto de su vida. Sí, pintaba bien, él y esa chica a la que tanto quería y querría juntos, lejos de toda amenaza, lejos de todo ese mundo que ahora les rodeaba.
Pero el tiempo le había engullido y sin ni siquiera haberse planteado todavía un breve descanso de aquello, comprendió que ya nunca más podría llevar una vida normal.
Si algo le pesaba de todo aquel mundo en el que vivía era tener que andar por la calle pendiente más de una vez de a quien llevaba detrás. A partir de ahora siempre tendría que mirar a quien llevaba delante, detrás y procurar no rodearse de demasiados desconocidos para evitar que entre ellos se escondiera quien quisiera saldar una cuenta a vida o muerte con él.
—Ya es demasiado tarde para quedarte fuera Montana, se que no me traicionarías pero quiero recompensar tu valioso silencio. No obstante, gratis o no, tu silencio ya lo tengo, ¿verdad?
El polaco sacó de un bolsillo delantero de los vaqueros su móvil, desbloqueó la pantalla y le mostró a Montana una foto. Montana ojiplático comenzó a sentir mareos y nauseas, era Mirka, su Mirka entre las piernas del obeso y sudoroso cerdo “Baby Face”.
—¿Cuándo ha ocurrido esto?
—Digamos que esta es la manera de padecer el secuestro de su hijo, y que mañana  podría querer volver a llorar bajo Mirka. Digamos que yo podría hacer que llorara bajo Mirka tantas veces como él quisiera.
—¿Me estas amenazando Polaco?
—No amigo, no digas eso. Los amigos no se amenazan, nos avisamos de las cosas. Ahora dime, ¿querrás cobrar por esto o colaborarás gratis?
—No quiero hacerlo Polaco.
—Lo vas a hacer Montana. Mañana me llevarás en tu coche hasta “La Señora”, dejaremos al chaval con su madre y cuando nos de el dinero todo habrá acabado y tú podrás llevarte a Mirka contigo.
—¿A Mirka? ¿Conmigo? ¿Por qué ahora ya puedo llevármela? ¿Qué le has hecho?
—Nada, tranquilo, me debía más dinero del que pensé hace unos meses y ya sé que te prometí que cuidaría de ella. No ha podido ser, al menos no del modo que me pediste. Entiéndelo, lo que tú enviabas para mantenerla no era suficiente para saldar la deuda que tenía conmigo, sabes que los pasaportes son caros, el suyo me costó mucho amigo, pero ahora ya todo está saldado, si quiere puede trabajar en otra cosa o no trabajar, eso ya depende de ti, puedes hacer con ella lo que quieras.
Montana conoció a Mirka hacía algo más de un año, se había enamorado de ella en cuanto la vio sonreir por primera vez. Ella era la prima del polaco, ese ambiguo conocido que le ayudaría a entrar en el mundo del dinero fácil que salía caro. Poseía una belleza extranjera que le desconcertaba, tenía la mirada fría y profunda pero inocente, y Pavel, el apodado “Polaco”, al mes de facilitarle la entrada en España comenzó a prostituirla. Cuando Montana adquirió la confianza suficiente y la cubierta de espaldas justa, comenzó a rondar a Mirka, la joven se enamoró de Montana y este para poder protegerla se metió profundamente en el oscuro mundo que rodeaba a Pavel.
Pavel empezó a acusar la relación que mantenía su prima con Montana, comenzó a notar a Mirka cada vez más rebelde ante sus órdenes e incluso a veces se negaba a salir a la calle a trabajar. El Polaco estaba acumulando muchas rencillas contra Montana pero en el mundo de lobos de Pavel, ¿para qué matar a un lobo de la manada sólo por que sí? La manada podría echarse encima del líder, Montana se había ganado la simpatía de gran parte del mundo en el que se movía Pavel.
El polaco forjó una estrategia que le salió mejor que bien, era frío y calculador, un personaje de aspecto despistado que no tenía escrúpulos, el ratero de "poca monta" aflojó la rienda con la que sujetaba a la joven Mirka pero sólo lo justo para que Montana pudiera alcanzarla un poquito más y cuando ambos estaban realmente enamorados y llevando una relación de pareja cuasi normal… tiró de la soga con la que tenía atada a su gallina de los huevos de oro. Mirka era del polaco, era su prima y además él la había traído de Polonia, verdaderamente, Mirka era propiedad de Pavel y éste podía decidir su destino con la aprobación de toda la manada.
Pavel repentinamente, de la noche a la mañana, encerró a Mirka durante días en casa, incomunicada y sin apenas alimentarla ni darle de beber, la maltrató física y psicológicamente y la amenazó con matar a Montana si no terminaba con aquella relación.
Pasados unos días le devolvió a Mirka su móvil para que pudiera poner fin a esa historia pero le restringió el uso de las funciones, la joven no podría realizar llamadas ni enviar mensajes, sólo podría responder a las llamadas que le hicieran y Pavel le había prohibido que le confesara a Montana que no tenía acceso a estas funciones, Mirka sólo podría utilizar el móvil para responder a las llamadas y no podía contarlo, era cuestión de tiempo que Montana se diera por vencido y la dejara abandonada a su suerte.
Mirka sabía que Pavel tenía el total y absoluto acceso a las conversaciones que con ese móvil se hicieran. Sí, parecía sólo cuestión de pocos días que todo acabara entre Mirka y Montana.
La joven no tardó en recibir la primera llamada de Montana, fingió ante él haber estado enferma pero al percibir la incredulidad del joven se apoderó de ella el temor porque su primo acabara con él. Presa del terror que vivía, Mirka puso fin a esa relación intentando así evitar que fuera Pavel quien le pusiera fin a Montana.
Montana le pidió a Pavel que no la hiciera trabajar en la calle y para ello se comprometió a pasarle una manutención para Mirka todos los meses. El Polaco aceptó esa manutención con la condición de que él hasta nuevo aviso no se pusiera en contacto ni se acercará a su prima, Montana aceptó y cumplió su palabra perdiendo el contacto con su amada en todos esos meses. Él sabía que Mirka no estaba bien pero confiaba en que al menos no estaba en la calle: ni trabajando ni durmiendo.
—Entonces… ¿Podré llevarme a Mirka conmigo?
—Eso he dicho, de hecho espero que te la lleves en cuanto terminemos con esto, no quiero tener que ocuparme de ella más, se ha convertido en un estorbo.
—¿Qué has querido decir Polaco? ¿Qué le pasa? ¿Qué le has hecho?
—No he querido decir nada Montana. Para aquí, me bajo. A las cinco, mañana, en mi casa.
—Lo haré pero más te vale que Mirka esté bien.
—Entiendo amigo, entiendo, ¿me estás avisando, verdad?
—No Polaco, te estoy amenazando.
—Ándate con cuidado chico, mientras tu crecías los demás nos nos estuvimos quietos.


                                               ************


—No te lo vas a creer. Te lo voy a contar y no me vas a creer.
—Rebeca, ¿estás llorando?
—Sí María, cuando le vea en el gimnasio… ¡No quiero saber nada más de él! Si ya me lo dijo Marisa, ella se entera de todo lo que pasa en el gimnasio y me había contado cosas que tenía que haber tenido en cuenta.
—Pero Rebeca, tranquilízate, ¿qué ha pasado?
—Me ha tratado muy mal María. Me ha metido en su coche y cuando estábamos ahí, en pleno tema, me he dado cuenta que había un amigo suyo mirando por la ventanilla y grabando con el móvil.
—Rebeca, ¿vas borracha? Me cuesta entender lo que me cuentas, deja de llorar al menos y quizás te entienda mejor.
—Sí, he bebido, creo que quería emborracharme.
—¿Para qué? Si te lo ibas a tirar igual, ¿no?
—Eso es verdad…
—Bueno y qué ha ocurrido, cuéntame. ¿Qué es eso de un amigo suyo grabando con el móvil lo que hacíais?
—Sí María, así ha sido y cuando me he dado cuenta he gritado, entonces su amigo ha abierto la puerta del coche, Montana me ha echado a gritos de allí, su amigo se ha montado y se han ido tirando por la ventanilla mi bolso a la calle.
—¿Estás segura? Yo creo que vas borracha tía, bueno, y ¿qué tal? ¿Habéis podido hacer algo? ¿Te ha gustado?
—María, no me estás escuchando.
—Sí te estoy escuchando, pero vas borracha Rebeca. Tal vez no sea del todo cierto lo que crees que ha pasado.
—María, ¿qué estás diciendo?
—Pues digo que me gusta mucho su amigo: No quiero saber nada de lo que ha podido pasar entre vosotros, no quiero que lo vuestro, en caso de que sea verdad, interfiera entre este chico y yo Rebeca. ¿Me entiendes, verdad?
—Claro María, su amigo… Tú amigo… Está forrado, ¿no?
-Sí tía, ¡qué pasada! ¿No es genial?
—Claro María, es genial. Me voy a dormir, quizás esté exagerando. Seguro que cuando despierte lo veré todo de otro modo.
Rebeca colgó el teléfono frustrada y dolida y se puso moradita de llorar. La cara se le iba hinchando a medida que lloraba y cuando los parpados ya no eran capaces de dejarla ver ni un ápice… se quedó dormida.


                                         *******************


“Hola, lo siento, perdóname por favor”
Jorge mandó mensajes a Carolina de este estilo y de otros pero todos decían lo mismo y ninguno obtuvo respuesta.


                                         ******************


Mientras, al otro lado de la ciudad, Sergio hacía que esa mujer de exuberantes curvas recobrara el sentido. Apenas un par de frases confusas de Clara después y Sergio ya se debatía entre preguntarle como se encontraba o ir directamente a lo que le interesaba. No obstante en la casa había entrado alguien y poco le estaba importando a Sergio que fuera el marido de Clara.
—¡¡¡Mamá!!!
—¿Mario?
—¡¡¡Mamá!!!No te encuentro, ¿dónde estás?
—Mario… ¡Hijo!… ¿Pero?… ¡Oh, Mario, mi niño! ¡¡¡Ven con mamá!!!
Clara no daba crédito a lo que estaba viendo, ¡su hijo estaba en casa!
—Hola mamá. Me lo he pasado muy bien, gracias por dejarme estar con vuestros amigos, Mirka es muy buena, me ha comprado un refresco cuando veníamos hacia aquí y he jugado un montón a la videoconsola. ¿Puedo volver a su casa y quedarme a dormir con ellos?
—¿Mirka?

—Sí mamá, mira, Mirka ha venido conmigo. Mirka ven, ven que te vea mamá.

martes, 28 de abril de 2015

TayTodos: 13. Caminos peligrosos.

Hoy nos llega el capítulo número trece de la saga "TayTodos", pero antes vamos a repasar lo ocurrido el pasado martes.
El capítulo anterior arranca con Carolina adormilada por la inyección de tranquilizante de Jota. Este tomó asiento junto a su avergonzado padre que le cuenta todo lo ocurrido.
Venancio por su parte, ante su estado de nerviosismo por el secuestro de su hijo, y ante las pocas opciones de las que disponía para solucionar el espinoso asunto, decide ir a relajarse por los inhóspitos caminos de las afueras de la ciudad y hacerle una visita a Mirka, la joven prostituta polaca que sabe satisfacer como ninguna los más oscuros deseos del empresario sin escrúpulos.
Mientras tanto Clara, permanece en la mansión de los Renovalles bastante nerviosa y preocupada por la integridad de su pequeño. Y ante la gran duda de llamar a los secuestradores o no, decide afrontar la situación y hacer esa llamada. Los captores requieren 200.000€ para devolverle a su pequeño al día siguiente. Tras colgar, deseosa de más información, percibió que alguien había entrado de nuevo en la finca. De entre los árboles apareció Sergio, que poco a poco se fue acercando a la excitante mujer...

¿Qué habrá ido a buscar Sergio a la mansión de Clara? ¿Será el momento adecuado de aparecer por allí? ¿Qué ocurrirá con el secuestro de Mario? ¿Cómo reaccionará el mafioso de Venancio? ¿Y Jorge y Carolina, cómo saldrán de esta situación tan comprometida? ¿Volverá a ver Rebeca al misterioso Montana? No os perdáis el capítulo de hoy.

En cuanto a su creadora, decir que es otra habitual en Zarracatalla Editorial. Otra vez ha vuelto a componer un gran capítulo, que enlaza a la perfección con el de su antecesora. De este voy a destacar una cualidad que me fascina: no necesita meter mucha caña a la trama para mantener la atención y tensión. Lo consigue a base de calidad: narrando, describiendo sentimientos y situaciones, visualizando pequeños detalles que le dan una visión más general al conjunto. Y esta vez, yendo un poco más allá, atreviéndose con situaciones escabrosas que ha definido con una elegancia suprema. Si sigue creciendo así, tendremos que convertirla en "imprescindible colaboradora". Además, como los que la conocéis ya sabéis, es decidida en su empeño. Aunque para decidirse también necesite trescientos empujones, pero cuando tiene un objetivo es perseverante y capaz. Una suerte poder contar con ella de nuevo, poder compartir líneas y hacer del "NTP" una "marca de la casa", compartido con su prima.
Otra semana de esas divertidas de las que te sirven como empujón para continuar con este proyecto, cuando ves tanta ilusión por una felicidad de la que haces partícipes a un montón de amigos. Gracias de nuevo, una vez más a... Rosi Oliver Navarro

Os dejo con el capítulo de hoy. Espero que os guste. Besetes a tod@s. Nos leemos.



13. Caminos peligrosos.

Clara se quedó mirando a Sergio en aquel porche de su lujosa casa. Estaba sorprendida de la presencia de aquel joven, cada vez que lo veía se le saltaban todos los deseos sexuales sin poder controlarlos. Para ella, Sergio era su pequeño capricho y lo tenía a punto de caramelo. Desde aquel breve episodio en el gimnasio sabía perfectamente que lo tendría cuando quisiese.
Sergio había tirado toda su vida por aquella mujer madurita. Para él era como una droga que tenía que probar costase lo que costase. Era un volcán a punto de estallar, sólo la tenía en mente a ella, y nada de lo anteriormente ocurrido, como la ruptura con Nerea, la boda, la hipoteca y el estado en que pudiera encontrarse la chica que tanto había querido le importaban ya. Sólo tenían cabida en sus pensamientos aquellos pechos operados y esas curvas perfectamente definidas de Clara.
Sergio siempre se había caracterizado por ser un mujeriego. Siempre había ido de flor en flor sin importarle nada. Tenía varios amigos que ya no le hablaban por quitarles a las chicas que les gustaban o por acostarse con sus novias. Hasta que conoció a Nerea y se enamoró de ella, y cambio radicalmente su manera de ser, hasta convertirse en todo lo contrario y sólo tener ojos para su chica. Pero ese Sergio se había esfumado de repente y había salido el auténtico, para desgracia de Nerea.
—¿Pero qué haces aquí Sergio?
—Te voy a dar lo que estás buscando hace días…
—Vete ahora mismo de mi casa, que no es el momento más oportuno.
—Después de todo lo que me has hecho, ¿quieres que me vaya sin más? De eso nada, vamos a terminar lo que tú empezaste.
—Por favor, vete de mi casa, te vuelvo a repetir.
Clara en otras circunstancias se hubiera tirado a los brazos de Sergio dejando fluir todos sus deseos sexuales en aquel porche. Sergio se acercó sutilmente, la agarró del culo, se la puso encima mientras le iba diciendo en el oído que le iba a echar el mejor polvo que le habían echado en su vida. Clara no daba crédito de lo que está pasando. Simplemente no hace nada, no sabe cómo reaccionar. Todo es tan rápido que le pilla por sorpresa, sólo tiene en mente a su hijo. Sergio va caminando inconscientemente hacia atrás con Clara sobre él y de repente… Caen a la piscina.
—¡Clara! ¡Clara! ¿Me oyes?
La desgracia se sigue apoderando de Clara que se pega un fuerte golpe en la cabeza y queda inconsciente.
—¡¡¡Clara!!! ¡Despierta, por el amor de dios! —grita Sergio alterado, mientras la saca de la piscina como puede. No podía creer todo lo que estaba ocurriendo, la estampa que había allí era de película. Allí se encontraban los dos, empapados, con Clara tendida en el suelo con un fuerte golpe en la cabeza y él intentando reanimarla de alguna manera.
—¿Pero cómo puede ser posible que cada vez que estoy con esta mujer termine de la misma manera? —se preguntaba Sergio una y otra vez cabeceando de lado a lado sin saber que hacer.
A lo lejos escucha un fuerte ruido. La puerta de la casa se había cerrado de golpe, estaba entrando alguien…


*****


En el otro extremo de la ciudad Mirka camina masticando un chicle de menta para quitarse el mal sabor de boca que le había dejado Venancio. Le ronda por la cabeza cuando llegara el día de dejar esa vida. Su whatsapp empieza a echar humo. Suena tres veces consecutivamente:
“Tengo al niño como acordamos”
“Todo ha salido bien”
“Te espero en casa”
Mirka, al leer los mensajes pensó que ese niño sería el billete para dejar de ir de coche en coche apagando los deseos más perversos de hombres sin escrúpulos.
“OK, cojo un taxi y voy para casa”
Rápidamente llega al apartamento. Los tacones de aguja de veinte centímetros se clavan contra el pergo fino de aquel piso. El sonido de los tacones atruena en la casa del vecino de abajo sin piedad. Abre la puerta del salón y se encuentra al hijo de Clara, Mario, y al secuestrador cómplice y primo suyo, enfrascados en plena partida a la videoconsola.
—Sigue jugando tú Mario, que voy hablar con la chica que acaba de venir.
—Vale, pero no tardes mucho —respondió el pequeño e inocente Mario.
Pavel, el primo de Mirka, era un pequeño carterista que se dedicaba a robar a turistas en el centro de la ciudad. Era muy astuto, tenía veintitrés años, pelo rubio, ojos azules, buena planta y siempre iba bien arreglado. Parecía un turista más, se amoldaba a todo tipo de situaciones. Nunca la policía le había pillado ni estaba fichado. Se sabía buscar la vida perfectamente robando y siempre ayudaba a su prima Mirka, con la que compartía piso, en todo.
—Bueno primo, cuéntame. ¿Cómo ha ido todo? Estoy muy nerviosa.
—Pues ha salido todo a pedir de boca hasta el momento, salió todo como lo habíamos planeado. A la niñera de Mario la dormí drogándola, nada más que le puse aquel trapo en la boca. El niño no se dio ni cuenta ya que estaba en su habitación. Luego le dije a Mario que era un amigo de su padre y que se tenía que venir conmigo hasta mañana porque tenían mucho trabajo en el almacén de coches. No hizo falta ni drogar al crío.
—¡Ay, qué bien! Sobre todo ya te advertí que no le hicieras daño al niño en ningún momento, pasase lo que pasase.
—Tranquila, el chaval está todo viciado a la videoconsola. De aquí a un rato le entrara sueño, lo meteremos en la cama, y si todo sale bien, mañana estará con sus padres.
—Espero que todo salga bien, estoy muy nerviosa.
—Tranquila primita. Tengo unas ganas de sacarle el dinero a ese gordo traficante de Venancio, que esta noche no sé si voy a poder pegar ojo. De todas formas, creo que le hemos pedido poco dinero, deberíamos haberle pedido más.
—Una vez que cojamos el dinero desapareceremos de la ciudad, para siempre.
—Mañana, para bien o para mal todo habrá terminado —decía Pavel abrazando a su prima.


*****


Nerea intentaba encajar todos esos golpes durísimos que la habían noqueado en las últimas horas. No podía creer todo lo ocurrido, estaba como en otro mundo. Ya no le quedaban más lágrimas de tanto llorar. Empezaba a hacerse infinidad de preguntas pero no hallaba respuesta para ninguna.
Se metió en la cama a esperar que volviera Sergio para aclarar todo y hacerle un millón de preguntas que le rondaban por la cabeza. Lo que ella tenía claro era que ya no iba a seguir con él a no ser que hubiera alguna razón convincente para cambiar de parecer. Se acurrucó con la manta, enfundada en su pijama de Mickey Mouse e intentó descansar al menos.


*****


Jorge estaba arrepentido de todo lo que había hecho. No comprendía cómo había podido llegar a ese nivel de estupidez por intentar sorprender a aquella jovenzana buenísima en todos los aspectos llamada Carolina.
A las pocas horas la policía decidió soltarlo porque no tenían pruebas convincentes para acusarlo ya que no tenía antecedentes. Jota llevó a su padre a casa en su Opel Corsa verde pistacho del año noventa y dos.
—¿No crees que ya tienes unos cuantos de añicos para ir metiéndote en estos líos? Y más por esta jovenzana.
—De verdad Javier, lo hice con buena intención. Yo solo quería sorprender a Carolina.
—Pero vamos a ver, ¿te has vuelto loco? Mezclándote con esa gentuza para ganar cuatro duros.
—Lo sé hijo. Lo he hecho muy mal y no volverá a ocurrir. Lo siento.
—Es que de verdad, papá. ¡Qué ya tienes unos añicos!
—¡Pero me conservo bien, eh! —bromeó Jorge tocándose la barbilla y guiñándole un ojo a su Jota.
Padre e hijo se miraron y empezaron a reírse como si nada hubiera pasado. Jota condujo hasta casa entre carcajadas, se llevaba muy bien con su padre, eran uña y carne. Al llegar sacó el tema de Carolina…
—¡Anda que!… La pobre Carolina, menudo sofocón llevaba hasta que le puse la inyección.
—¡Por dios, se me había olvidado! ¿Estará bien? Voy a llamarla.
—Sí, tranquilo, está bien. Un compañero me dijo que la sentaron un rato hasta que se le pasaron los efectos del tranquilizante y cuando despertó se fue sin decir nada.
—No sé ni que decirle. Tiene que estar muy asustada, y sin conocerme de nada, ya no querrá saber nada mas de mí después de todo lo ocurrido.
—Pues no sé. Después de todo es muy joven para ti, ¿no crees?
—Si te digo la verdad, me gusta bastante. ¡Y me tiene loco! Fíjate, sin ir más lejos, mira todo lo que hice para sorprenderla.
A Jota le entró de nuevo la risa.
—¡Pues sí que te tiene que gustar, sí!
—Oye hijo… Me comentaste que os conocíais, ¿no?
—Pero tampoco mucho —contestó quitándole hierro al asunto.
—¿Pero, de algo será o qué?
—Bueno sí, de un día en un bar que me la presentó un amigo y nos tomamos un par de cervezas juntos y poco más.
—El mundo es un pañuelo hijo.
—¡Pues sí padre! ¡Es un pañuelo lleno de rubias buenorras!
Padre e hijo siguieron riéndose y dejando atrás todos los malos momentos. Ahí se encontraban, en el salón de casa de Jorge tomándose unas Heineken y cómo no, viendo un partido de futbol. Pero Jorge no podía quitarse de la cabeza a Carolina y decidió llamarla para ver que tal se encontraba.
Tras esperar varios tonos desistió. «Estará agotada durmiendo y no se dará cuenta. Le voy a mandar un mensaje, así cuando lo vea a ver si tengo suerte y me llama», pensó. Cuando abre el whatsapp comprueba que Carolina está en línea pero no ha querido cogerle el teléfono. Los emoticonos de las dos manos rogando perdón empiezan a llegar al teléfono de Carolina.
“Lo siento mucho por todo esto que te hecho pasar”
Carolina lo lee pero no tiene ganas de hablar ahora con nadie y apaga el móvil. Se encierra en su cuarto con el portátil para distraerse un poco.


*****


Rebeca está terminando de cenar cuando recibe un mensaje que le ilumina la cara cuando ve quien es (Montana).
“Hola preciosa. ¿Qué haces?”
“Pues ahora mismo terminar de cenar”
“He venido por tu barrio a ver a un amigo y me preguntaba si te apetecería bajar a tomar algo”
“Claro que sí”
“Te espero debajo de tu casa, estaré en doble fila con el coche”
“OK. Dame 10 minutos y bajo”
Rebeca fue corriendo a ponerse los vaqueros que mejor le quedaban, una camiseta escotada, se maquilló un poco, cogió la cazadora vaquera y bajó corriendo en busca de Montana. Él la estaba esperando en su coche deportivo cuando la vio salir del portal y bajando la ventanilla del acompañante lanzó en forma de silbido en conocidísimo estribillo de “Tariro tariroooooo”.
—Buenas. Parece que estas más contento que el otro día.
—Sí, es que el otro día tenía muchas cosas en la cabeza y estaba cansado.
—¿Qué hacemos? —preguntó inquieta Rebeca.
—Vamos a tomar algo por aquí. Aunque yo por esta zona no se muchos sitios, la verdad.
—Vamos a aparcar y te llevo a un bar que está muy bien aquí cerquita.
Tras estacionar el Mini Cooper fueron a un bar del que Rebeca y María son asiduas. La intención de Montana era emborrachar a Rebeca y echarle un polvo rápido. Las cervezas empezaban a hacerle mella, ya que con tres o cuatro botellines se ponía borrachilla, más algún chupito que sacaba Montana para agilizar ese ansiado trofeo del mojar en caliente.
Rebeca cada vez se apretaba más a Montana, que le gusta considerablemente. Impulsivamente se lanza sobre él dejándose llevar por la pasión y por el alcohol ingerido. Montana le susurra en el oído.
—Vamos al coche.
—Sí, vamos. Allí estaremos más cómodos —dijo Rebeca excitada.
En el coche la cosa se estaba poniendo al rojo vivo. Montana desnuda a Rebeca mientras ella hace lo mismo con el joven musculoso. Ella se sube encima de Montana y dejándose llevar empiezan hacer el amor en aquel pequeño deportivo.
Los planes de Montana iban a la perfección hasta que de pronto la puerta del coche se abre cortándoles el royo a los dos jóvenes que se quedan atónitos…

      —¡¡¡Ah!!! —Rebeca empieza a chillar…

sábado, 25 de abril de 2015

Colección Cupido. Leávandrel. Eduardo Comín Diarte.

Otro nuevo relato perteneciente a Colección Cupido 2015 nos llega hoy de la mano de Eduardo Comín Diarte. Ya sabéis la admiración que siento por mi amigo cocinero, que nos prepara suculentos relatos sacados de su portentosa imaginación. Cocinado en olla express, pues su cerebro es un agitador de ideas explosivas que después, a fuego lento y en cazuela, y removidas convenientemente para que no se agarren, adquieren ese poso que necesita todo buen relato para atrapar. Hoy nos sorprende al cambiar totalmente de registro respecto a su tremenda historia del año pasado (amor prohibido en la vida rural), aunque debemos decir que las raíces del protagonista están ahí, pronto se aventurará en el asfalto para abrirse camino como músico. No os desvelo nada más, porque sería inapropiado revelar todas las sorpresas que encierra este texto que nos propone Eduardo en su mágico relato.

Besetes a tod@s. Nos leemos.


LEÁVANDREL

Leónidas…

Que mal dormí esa noche. Oí todas las horas en el horroroso reloj de cuco de la parte de abajo de la casa. Además, se presentía que iba a llover. No vivía demasiado lejos de las vías, pero como cuentan los más ancianos, los días que iba a llover el paso de los trenes se escuchaba alto y claro en todos los lugares de este pueblo.
Algo me decía que no iba a oír muchos días más esa tortura del tren y el reloj. Tenía decidido que ese día, iba a dejar el pueblo.
Durante años estuve inmerso en mis estudios, por fin tenía la carrera, bueno con esta ya eran varias. Y no tenía nada que hacer aquí. La música era mi pasión. Cuando tengo entre manos un instrumento el tiempo se detiene, la melodía que sale del metal que soplo, la cuerda que toco o el marfil que pulso hace que mi sangre se hiele.
Pero allí no había futuro para un músico friki que tiene tantas rarezas como yo.
Ya había convencido a mi familia y les decía que sólo sería una temporada, que necesitaba explorar el mundo. Primero nuestro país, este país agujereado como un queso, donde se valora más a un medio cantante mediocre sin formación que se acostó con una famosa, que a los cientos de profesionales que nos dejamos la vista y los dedos entre partituras. Déjalo Leo, no dejes que la amargura te consuma...
Sólo faltaban unas horas, a las cuatro y siete salía el tren que me llevaría a la estación Delicias, y de allí, otro que me llevara a Madrid. Y allí, un pequeño trabajo como músico, becario de un profesor en el conservatorio.
No llevaba mucho metal en el bolsillo, y la tarjeta de crédito no estaba como para tirar cohetes. Mis instrumentos habían castigado duramente mi cuenta corriente, y unos pocos ahorros, y un empujoncito que me había dado mi padre, era todo lo que tenía para empezar a buscarme la vida.
Me disponía a levantarme de la cama, repasar mis maletas y a despedirme de todos. Comenzaba mi aventura, y tenía  tanto miedo como ganas.
El agua chorreaba por mi cuerpo, estaba caliente, quizá demasiado. Pero la piel se acostumbra enseguida y me relajaba. El pelo me colgaba más allá de los hombros. Algún mechón se enredaba entre los aros de oro amarillo de mis orejas. Mi abuela me recordaba cada vez que me veía que me parezco cada día más a un pirata.
Las maletas estaban listas. Mi guitarra en su funda, y en otros bolsillos la armónica, el afinador, púas, cuerdas. Todo en un montón y hecho un lío. Y este enredo dice mucho de mí, de mi forma de ser, y del caos que hay en mi cerebro repleto de corcheas, acordes, calderones, sincopas y silencios de negra.
En las maletas hay casi más partituras y cuadernos que ropa, y en una pequeña bolsa de terciopelo bordada, y envuelta entre plásticos protectores mi más preciado tesoro: una pequeña arpa de mano. Dorada, con delicadas cuerdas, y tan meticulosamente grabada a mano, que hace de este instrumento un pequeño tesoro.
La compre en un mercado de antigüedades en Escandinavia. No me costó mucho dinero, porque el tipo al que se la compre necesitaba una pequeña ayuda económica para aliviar a un pequeño simio que llevaba encima y que le había dejado la cara cadavérica y más huesos y pellejos que carne. No sé de donde la habría sacado pero estaba seguro que la procedencia no era muy legal. Tuve suerte, ya que al ir en grupo junto otros músicos para una clase en el conservatorio de Helsinki, el afamado Sibelius, no destacaba mucho entre el resto de instrumentos. De otro modo, bien podría haber sido requisada en el aeropuerto como artículo de gran valor sin documentación.
Llegar a controlar este instrumento me costó muchos años. De hecho, aun no lo domino plenamente, creo que necesitaría dos vidas más hasta poder hacerlo como ella.
La cocina olía muy bien. Sobre la mesa: tostadas, café, bollos calentitos y un sobre. Todas las personas que me querían estaban alrededor de esa mesa. La despedida fue dura. Mis padres, abuelos, hermanos y sobrinos, junto a todos mis amigos de la infancia, se despidieron de mí. Pero con el tiempo, he sido yo quien los ha despedido a todos, uno por uno.
Los primeros meses en Madrid fueron duros, pero poco a poco me hice un hueco. Mi sueldo era horrible, y tan apenas me alcanzaba para comer y pagar el alquiler de un piso compartido. Hubo un tiempo que el metro y el bus eran artículos de lujo, así que una vieja bici hecha añicos era mi medio de transporte. Y fue en el metro, un día de esos en los que intentaba sacarme un dinerito extra, cuando vi por primera vez el rostro más hermoso que jamás en la vida había presenciado. Pasaron días o semanas, ya no recuerdo, hasta que la volví a ver. Pero al final, su presencia fue diaria. Siempre a la misma hora y en el mismo tren.
Yo estaba ahí, con mi guitarra rasgueando y tocando canciones, la mayoría compuestas por mí, alusivas al amor; algo hipócrita por mi parte, ya que era algo que nunca en mi vida había sentido por nadie. Desde luego había experimentado con las chicas de mi pueblo y alguna chica cosmopolita y moderna de la capital, pero ni me había planteado que esa palabreja de cuatro letras afectara a mi vida.
La primera vez que la vi, llamó mi atención el color de su pelo. Era rubio, tan claro que parecía blanco. Muy largo, y la melena parecía bailar al son de las notas que salían de las cuerdas que resonaban en la caja acústica. Pero sus ojos ni siquiera se posaron un segundo en mí, ni en mi guitarra, y mucho menos pareció que sintiera ni una sola nota musical. Parecía de hielo.
Pero todo cambio el día en que decidí tocar la pequeña arpa de mano y ella clavó esos imponentes ojos azules sobre los míos.




Níniel…

—Padre, algún día dominaré la melodía como usted, estoy segura.
—No tengo ninguna duda, Níniel. Para nosotros, aprender a dominarla es esencial. El planeta necesita de nuestra música, las flores se mueven al son de la melodía y el agua del río fluye lenta cuando el ritmo es suave. Algún día Níniel, tendrás que tomar el relevo. Pero de momento sólo tienes que disfrutar. Sal a jugar con el jovencito que te espera fuera, y toma, llévate esta flauta de madera. Practica con ella en el manantial.
—Padre, ese niño es…
—No importa. Vivimos con ellos desde hace siglos, y al contrario de nuestros parientes los dorados, nunca hemos tenido problemas con ellos. Sólo juega y disfruta, tú también eres una niña.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde aquello. Días, años, tal vez un buen puñado de siglos. No suelo dormir mucho, pero cada vez que el sueño me vence, recuerdo como si fuera ayer las palabras conciliadoras de mi padre.
Aún guardo esa pequeña flauta, pero tan escondida, que ni me acuerdo de dónde está. Puede que se encuentre en la aldea de Grecia, o quizá esté en aquel caserón de Dinamarca. No importa, tengo todo el tiempo del mundo para encontrarla.
Por aquel entonces, sólo quedaba yo. Y la flauta no podía arreglar el lío en el que llevaba tanto tiempo metida. Y todo por culpa de ese niño, ese pequeño humano.
Añoraba la época en la que jugar lo era todo. Él, un pequeño niño de cabellos negros como la noche que me perseguía fuera donde fuera. Tiempo después comprendí que el niño estaba unido a mí de una manera tan especial, que ni mis antepasados más sabios pudieron explicarme jamás. Él tenía ocho o nueve años, y yo en esa época también los aparentaba, tanto física como mentalmente. Fue increíble como aprendió junto a mí el maravilloso arte de la música, dominó la flautilla de madera incluso antes que yo, y mi padre se sorprendió con la facilidad con la que copiaba mis movimientos de dedos cuando yo tocada el arpa.
Fueron unos años preciosos, y pasaron tan rápido... Él crecía y crecía, y mi ritmo de crecimiento era más lento. Tan lento, que hubo un tiempo que él pensó que me quedaría enana de por vida.
Le enseñaba a escondidas todo lo que yo aprendía junto a mi padre, y él lo asimilaba de una manera inusual, dadas las limitaciones de su gente.
Cuando cumplió los dieciséis, no se notaba excesivamente la diferencia física entre nosotros. Él tenía una melena negra esplendida, y se colgó dos aros dorados en las orejas que yo misma le había regalado para su reciente celebración del día de su nacimiento. Sabía que no debía, pero lo besé. Y durante mucho tiempo llevamos nuestro amor en secreto. Cuando mi padre nos descubrió, nos separó. Mi corazón se quebró en mil pedazos, y cuando lo volví a ver él ya era un anciano. Todo el mundo lo conocía, ya que se convirtió en el más aplaudido músico de aquella época. Nunca nadie supo donde ese músico aprendió aquellas melodías, tan cálidas y dulces. Todo lo contrario a su semblante frío y triste.
Cuando nos encontramos, él me reconoció al instante. Yo seguía aparentando dieciséis años, y él, estaba en el ocaso de su vida. Me alegre de verlo, pero fue tal el dolor que sentí, que renegué de los míos. Entregué mi arpa a ese ser de cabellos negros y aros dorados, lo despedí con un amargo dolor de corazón y abandoné a mi gente con un rencor nunca visto en un elfo.
Años después, unas horribles guerras me privaron de poder visitar su tumba, ya que toda esa tierra fue asolada y destruida.
Viví más de mil vidas. Disfrute de diez vidas de cortesana, trece de mercenaria, ermitaña en una cueva e incluso fui dueña de un burdel en una isla. Durante un tiempo no me importó nadie. Estuve presente en casi todas las épocas de la vida de los hombres y pase desapercibida. Y nunca volví a rozar los labios de nadie. Ninguna raza, terrenal ni divina, produjo interés en mí.
Mi gente pensó que nunca volverían a verme, y cuando abandonaron la tierra de los hombres, para regresar a nuestra tierra, sólo yo quede en esta bola de barro llamada tierra abandonada a mi suerte.
Entonces vivía en un país cálido, llevaba mucho allí. Y mi existencia era rutinaria y aburrida hasta que en un ruidoso metro de una ciudad abarrotada de gente vi brillar unos aros dorados enredados entre unos mechones negros como la noche. Sus ojos me resultaron familiares, pero su voz era muy distinta. Maltrataba una guitarra echa una piltrafa y la gente rara vez dejaba caer una moneda en la funda del instrumento que hacía las veces de monedero. Él no se dio ni cuenta, pero me fije en él detenidamente, en su pelo, en el filo de sus labios y en la gruesa barba que cubría sus mandíbulas medio afeitadas. El tiempo pareció pararse. Disimule lo mejor que pude y por primera vez en mucho tiempo sentí un nudo en mi estomago.
Tardé un tiempo en volver por allí, incluso huí lejos por unos días. Pero no dejaba de pensar en él, y la atracción fue tal que regresé. Cada día volvía a coger ese tren, siempre a la misma hora, y allí estaban sus aros y sus rizos. Pero un día al bajar del vagón, los vellos se me pusieron rígidos como estacas al sentir una melodía que había creído desterrada de mi mente.
Conforme subía por las escaleras la música se oía más clara y más tensa me ponía. No podía creer lo que estaba escuchando. La melodía incrementaba el ritmo y la dureza de las notas iban en aumento. Estaba en el punto álgido de la obra cuando pase por su lado y le miré a los ojos. Una cuerda se rompió como si fuera cristal cortando fugazmente en la yema del dedo.
Juró y bramó como un toro. Se ruborizó al ver que me acercaba con los ojos tan abiertos y tan decididos, y entonces rocé la pequeña arpa de oro, tal y como lo había hecho tantas y tantas veces, e hice que una nueva cuerda volviera a brotar. Le agarré de la mano y la herida cicatrizó de la misma forma misteriosa que fue reparada la cuerda.
Como siempre hice las cosas sin pensar, y eso hizo que mi vida y la de Leo dieran un giro inesperado. Y que el ovillo de lana que era mi vida empezara a encontrar el rumbo adecuado.
—Sigue tú con la historia Leo…




¿Cómo has hecho eso?...

Eso fue lo primero que salió por mi boca, y salté del taburete en el que estaba sentado y dejando caer el arpa encima de la funda de la guitarra.
Le miré a los ojos, y desde ese momento supe que si en esta vida tenía que amar a alguien, iba a ser a ese ser.
Miré la mano que me acabada de rozar y había curado instantáneamente mi dedo. Sólo unas gotas de color rojo carmesí escurrían por la recién brotada cuerda nueva. Ni rastro de la herida sesgada que hace nada surcaba mi dedo.
Su mano, cálida y pálida, estaba enfundada en un guante de lana negra con los dedos cortados. Sus uñas estaban perfectamente arregladas como si fueran obras de arte. Para nada acorde con la chupa de cuero ceñida y la pulsera de cuero que ajustaba su muñeca.
Parecía la versión “Metallica” de la conocidísima muñeca rubia. Un gorro de lana calado hasta las cejas ajustaba su melena rubia contra la cara, esa cara perfecta…
—¿Cómo has hecho eso?
—¿A qué te refieres? Yo no he hecho nada..., y suéltame la mano.
—¡Qué pasa!, ¿Eres una bruja o algo así, o qué?
—¡Idiota!
Corrió como si le persiguieran los fantasmas, y aunque intente alcanzarla, fue imposible. Cuando volví a mi escenario particular, ya tenía a un pakistaní echando mano a la recaudación del día que estaba dentro de la funda de la guitarra, y lo tuve que espantar de ahí de una patada en el culo.
Tarde varias semanas en volver a bajar a los túneles del metro. Y durante ese tiempo mientras pedaleaba en la vieja bicicleta con la guitarra al hombro no hacía otra cosa que pensar en ella.
En mi dedo no había ni rastro de la herida por lo que llegue a pensar que lo soñé. Que lo que había fumado antes de bajar a los andenes me había dejado tocado. Pero lo que de verdad me tenía tocado era ella. Encontrarla era lo que más quería en el mundo, pero sentía temor a ese encuentro. ¿Cómo iba a reaccionar? ¿Pensará que estoy loco?
Un día, cuando desperté, tenía un cartelito en la puerta de mi habitación. El dueño del piso me dijo que tenía que pagarle el mes de retraso que tenía o que me fuera buscando otro guariche, había otros interesados en la habitación. Pobres desgraciados, pensé yo. ¿Quién querría venir a vivir a esta cuadra?
El caso es que debía de conseguir dinero como sea. Algo tenía, pero debería volver a bajar al metro a conseguir algún dinerillo extra. Y, ¡qué demonios! ¡Un pibón como ese no está a mi alcance, seguro que ni se acuerda ya de mí!
Bajaba las escaleras con la guitarra al hombro, el taburete en la mano y ya casi había llegado a mi rinconcito cuando volví a verla. Estaba apoyada en la pared justo donde me solía poner a tocar. Iba vestida de forma muy similar al día que sentí el tacto de su piel por primera vez. Estuve a punto de dar marcha atrás, pero fue entonces cuando me dijo…
—¡Ey! ¡Espera, no te vayas! Me gustaría hablar contigo.
No sé si hablaba o cantaba, a mí me pareció música celestial lo que salía por su boca.
—Hola, ¿qué tal? ¿Vas a salir corriendo otra vez? Aún no he mordido nunca a nadie.
Cual macho alfa de canis lupus intentaba aparentar más bravo de lo que era, no quería parecer un alfeñique.
—Bueno, me asusté. Te confundí con alguien.
—¿Con Nosferatu? Je, je, je. Soy Leo, ¿y tú?
—Yo me llamo Níniel, encantada de conocerte. Leo ¿cómo el signo del zodiaco?
—No, como Leónidas. El rey de Esparta. Encantado de conocerte Níniel, ¿me estabas esperando?
—No, digo… bueno sí. Me sentía estúpida al salir corriendo así el otro día. Suponía que llegarías un día u otro, te suelo ver algunos días cuando paso por aquí, y he supuesto que estarías al caer. Y quería disculparme por decirte idiota.
Mientras intercambiábamos nuestras primeras frases, hubo un pequeño desconcierto. Yo alargué la mano, y ella se apartó un mechón de la cara y se acercó para darme unos corteses besos en la mejilla. ¡Qué tonto!, pensé. Sería cómica la escena de la mano en el aire mientras por primera vez notaba su dulce olor a flores, a jardín, a hierba recién cortada. Me pareció el olor más extraño para un perfume, pero me hizo sentir durante medio segundo como tirado en la orilla del río durante mis años en el pueblo. Me pareció extremadamente sexy. Y sentí como me temblaban las rodillas. Pero continué hablando…
—La verdad es que sí que fue un poco extraño. Parece que fue algo mágico. Me diste como una descarga, o un escalofrío, no sé. Por eso te dije bruja.
—¿Me consideras una mujer electrizante? —dijo entre carcajadas.
—Inusual a lo menos —respondí riendo abiertamente.
—¿Quién te ha enseñado a tocar el arpa, Leo?
—Nadie. Tengo facilidad con los instrumentos, un par de libros, unos videos en internet y ya está. Pero tampoco sé tocar. Sólo unas melodías para llamar la atención en el metro, y parece que lo he conseguido, ¿no?
—La verdad es que sí. Me has hecho recordar mi infancia. Mi padre tocaba el arpa, y hace mucho que no se de él. Me gustó mucho oírte tocar.
Hoy has traído el arpa o sólo tocas la guitarra y canciones tristes de amor.
—No, solo canto canciones tristes de amor, ¿sabes?. Y no, no he traído el arpa. Desde el otro día está en su funda tapadita y esperando que me vuelvan a dar ganas de cogerla. De momento se me han quitado.
—No te enfades, ¿quieres que tomemos un café?
Me olvide de que necesitaba el dinero, de que me iban a echar de la habitación y de cualquier cosa aunque hubiera sido de importancia vital. La chica más bonita que yo había visto en mi vida me propuso tomar algo. ¿Cómo iba a decir que no?
Nos tomamos un café en una terraza, y ella no paró de hablar. Hay momentos de la conversación que no recuerdo, o simplemente no pude seguir. Era como si su voz fuera familiar. Como si la conociera desde siempre, y a cada silaba que ella pronunciaba yo más me iba enamorando.
Hablamos de música, de mí, de mis aros de oro, de mi pequeño pueblo que dejé atrás, y de muchas cosas más. Ella preguntaba sin cesar cosas que eran tan tontas que a veces parecía una niña. Yo por mucho que le preguntaba no tenía respuestas aclaradoras. Sólo supe que se llamaba Níniel, que no era de aquí, que le encanta viajar y que compartía conmigo un extraño interés por ese pequeño arpa de mano. En ocasiones su fijación fue enfermiza con ese instrumento.
Cuando terminamos el café, ya era la hora de cenar y se adelantó a mis palabras cuando dijo…
—Te invito a cenar Leo, ¿te apetece?
—Justo te iba a proponer lo mismo. Me apetece. Vamos donde quieras.
Me agarró de la mano y volví a sentir esa energía que fluía de sus dedos. Me dieron ganas de escribirle una canción. Y creo que la empecé, en algún lugar estará guardada, quizás junto a la flautilla de madera en Grecia o Dinamarca.
Corrimos hasta un pequeño bar de bocadillos y pedimos algo de comer y unas jarras de cerveza. Estas, no fueron las últimas, comimos, bebimos y volvimos a beber. Una de las veces, entre risas, me llamó por un nombre extrañísimo. Yo hice como que no me di cuenta, pero ella al momento rectificó y seguimos riendo.
Salimos del bar un poco más que animados y al dar la vuelta a la esquina, un viejo músico tocaba un chelo igual de viejo que él mismo. Saqué mi armónica del bolsillo y empecé a tocar junto a él. Níniel comenzó a cantar y a golpear una lata que había desvencijada a los pies de un contenedor. No nos habíamos dado cuenta, pero los caminantes solitarios de esa noche de Madrid hicieron corro mientras estuvimos tocando con aquel anciano. En la gorra, repiquetearon las monedas y el señor se aseguraba una noche en la pensión y algo caliente que llevarse a la boca. Insistió en repartir las ganancias pero yo ya estaba demasiado ocupado besando los labios de la única mujer que me había hecho sentirme vivo. Ninguno nos dimos cuenta, pero de un viejo árbol quemado en una manifestación que había justo a nuestro lado, brotó una flor blanca.
Ella me abrazaba con fuerza, y me arrastró hasta un taxi.
Lo que siguió cuando llegamos a su apartamento, fue algo desconocido para mí. El ático perfectamente amueblado parecía sacado de una revista de decoración. Menos mal que fue ella la que decidió donde debería acabar la noche. No imagino peor lugar que la sucia habitación de mi piso compartido.
Debajo de la chupa de cuero y su jersey de cuello alto encontré la belleza en estado puro. Bajo el gorro brotó una melena larga que cayó hasta su cintura tapando sus pequeños y erguidos pechos. Su piel, parecía de muñeca de porcelana, blanca como si el sol nunca hubiera rozado esa carne, y sus diminutos pezones sonrosados y altivos olían a melocotón dulce como los campos en verano.
Al besar su cuello, uno de los aros de oro que colgaban de mis orejas golpeó contra otro gran pendiente plateado y fue cuando note la única característica física que nos diferenciaba: sus orejas terminaban en una forma extrañamente afilada.
—No preguntes Leo. Tenemos tiempo para ello. Te he esperado tanto tiempo…
Ni una sola palabra salió de mi boca. Pero durante el tiempo en el que estuvimos entrelazados y entregándonos el uno al otro una melodía nos envolvió. Me costó descubrir que era Níniel la que tarareaba una bonita canción, que años más tarde identifiqué como la melodía sagrada de los elfos del bosque.




Níniel, ¿eres real, o esto es un sueño?...

Al despertar, ella estaba a mi lado, sentada, despierta y pensativa. Pasé mi mano por su espalda y noté como la piel se erizaba al contacto con la mía.
—Níniel, ¿eres real, o esto es un sueño?
—Soy real Leo, algo distinta a ti, pero real. No sé si debo contarte todo, quizá no estés preparado para ello.
—Sabes, algo en mi interior me dice que no sólo estoy preparado para ello, si no que necesito que me cuentes todo. Es extraño, pero tengo la sensación de que eres lo que he estado esperando toda mi vida y que ya nos conocemos de antes.
Nos sentamos los dos desnudos uno frente al otro y empezó a hablar.
Elfos, distintas razas de elfos, medios elfos y humanos. Amor, dolor, tristeza, reencuentro…
Mi cerebro intentaba asimilar que mi vida se había convertido en una novela de fantasía, y se me escapó una sonrisa.
Ella guardó silencio, sonrió y me volvió a besar.
—Leo, creo que haberte encontrado de nuevo es una señal. Lo nuestro no es casualidad, te dejé marchar una vez y no volveré a hacerlo.
Nos fundimos en un abrazo de una increíble fuerza mística y de repente pareció como si flotáramos. Besé su cuello, sus labios y me entretuve largo tiempo en el lugar donde sus piernas forman un ángulo casi perfecto, pensé que estaba tocando la más dulce de las melodías que nunca había compuesto. En el vaivén acompasado de sus caderas sentía la percusión de cientos de tambores en una extraña danza ritual, su pelo movía el aire hasta convertirlo en viento y ese olor a bosque impregnó toda la habitación, toda mi piel y se caló, hasta lo más profundo de mi cerebro.
—Níniel, mi cuerpo, mi alma y mi melodía es tuya para toda la eternidad. Nunca voy a dejarte.

No sé cuantos días estuvimos encerrados en ese ático, podría haber estado allí  toda la vida, dos vidas, o lo que hubiera sido necesario. Desde luego que seguro que mis pertenencias estaban ya en el pasillo, ya que mi habitación estaría ocupada por otro pobre desgraciado.
Seguro, que en el conservatorio, mi jefe ya tenía sustituto, pero todo me daba igual. No necesitaba nada más que a ella.

Los meses siguientes fueros una vorágine de experiencias. Lo primero que hicimos nada más salir de aquel ático fue ir corriendo a por el arpa.
Viajamos por todos los rincones del mundo. Los destinos fueron de lo más increíbles: Tierras nórdicas heladas donde Níniel, pacientemente, me enseñaba la melodía del hielo; Tierras de fuego, como los volcanes activos más peligrosos de Latinoamérica, donde el arpa con una melodía tranquilizadora era capaz de poner en reposo el magma ardiente. Los animalillos más salvajes de la selva más profunda nos observaban cuando desnudos como niños practicábamos las melodías con los arroyos de aguas claras. Incluso mis ojos fueron testigos de cómo hizo brotar un chorrito de agua fresca y clara en las afueras de un campo de refugiados en pleno desierto, donde la tierra estaba tan seca que las grietas del suelo tenían varios pies de profundidad.
Vivíamos ajenos al dinero, a las preocupaciones y al paso del tiempo, durante ese tiempo sólo fuimos eso, música, amor y diversión inocente.
Nuestra vida parecía un cuento de hadas. Un humano, y un elfo del bosque. Pero resultó que mi elfo del bosque no era un elfo cualquiera.
Dormíamos, por aquel entonces, en una cabaña de madera y techo de hojas de palmeras en algún extraño punto del mar Caribe, alejado de cualquier forma de vida humana, cuando al despertar ella ya no estaba a mi lado. Al principio, no me sorprendió mucho, ya que Níniel tan apenas dormía. Me levanté, y comencé a caminar hacia la orilla de la playa, me introduje en el agua, y al salir vi una especie de resplandor entre la maleza.
Anduve hacia allí, y entre flores y matojos la encontré sentada con las piernas cruzadas, desnuda con tan solo una pequeña corona de flores en el pelo. La imagen me pareció mágica. Y no iba mal encaminado.
—¿Qué te pasa Níniel? ¿Estás bien?
Níniel abrió los párpados y una lágrima cristalina brotó de cada uno de sus perfectos ojos.
—Leo, tengo que contarte una cosa más. Y no sé cómo empezar.
Por primera vez en mucho tiempo volví a sentir miedo. Me quede rígido y pensativo, me dio miedo conocer que es lo que tenía que confesarme, pero me senté delante de ella con su misma posición y le cogí las manos.
—Cuéntame lo que tengas que contarme Níniel.




El tiempo se agota…

—Leo, sabes que te quiero por encima de todo. Ha sido increíble volver a estar contigo, aunque para ti sea como la primera vez. Encontrarte no ha sido casualidad, todo tiene un porqué y nuestro destino es este .Llevaba siglos sin tocar tu arpa, bueno… mi arpa, el arpa de mi pueblo. El arpa a la que renuncié junto a mi sitio en el barco para regresar con los míos a nuestra tierra, lejos del alcance de los hombres. Al volver a tocar el arpa, he abierto una pequeña brecha entre ambos mundos, y he sido encontrada por los míos. A ti, ya te conocen. Eras el portador del arpa, la pieza principal de este puzzle. Que la consiguieras tú, tampoco fue casualidad, era tu tarea. Quieren que regrese, es donde debo estar, y el tiempo se agota. Pero hay algo que puede que cambie todos sus planes.
—No voy a aceptar que te vayas Níniel, no voy a permitirlo. Pensaba que estaríamos juntos para siempre.
—Olvidas que ahora estamos en tu mundo. Tú eres humano y el tiempo corre en tu contra. Yo nunca cambiare Leo, tengo la eternidad de mi lado pero tú… No podría soportar volver a perderte. Sólo hay una posibilidad, y una vez ya me fue negada. Debes subirte al barco conmigo.
—¿Cómo estas tan segura que esta vez no pasará lo mismo?
—Esta vez, hay algo distinto. Y es que, en poco tiempo no estaremos solos Leo.
—¿Qué quieres decir?… ¿Quién viene?
—No viene nadie Leo, quien tiene que venir, ya está aquí.
Níniel, me agarró las manos y junto a las suyas, las poso en su vientre. Durante un tiempo, minutos, horas o quién sabe, puede que días, estuve sintiendo el tacto cálido de su vientre. Sentí una sensación como nunca había sentido. ¿Era posible que fuera verdad? ¿Iba a ser padre?
Besé los labios de la portadora de mi semilla, del ser más bello de esta tierra y seguro que de cualquier otra tierra que exista, y sólo pude llorar de felicidad. Sin importarme nada más.
—Leo, hace cientos de siglos que ningún elfo ha mezclado su sangre con un humano, y no va a ser fácil. Pero vamos a arreglar esto como sea. De momento, esperaremos noticias de mi padre.
Esas noticias no tardaron en llegar, portadas por un mensajero rubio. No parecía que tuviera mas de ocho años, aunque después de lo que estaba viviendo, puede que tuviera setecientos ocho años y yo no sabría distinguirlo. El joven habló con Níniel en una lengua totalmente desconocida para mí. Mientras hablaban, ella no soltaba el arpa de su mano y cuando terminaron su conversación el pequeño elfo me miró, se acercó, habló y me dio la mano.
No entendí lo que me dijo, pero cuando nos quedamos solos Níniel me contó que él era un familiar suyo, y que me deseaba suerte por encima de todas las cosas. Que había una gran revuelta en su tierra, y que todo el mundo sabía que ella había aparecido, que estaba con un humano y que iba a volver.

La cita con su padre y un consejo de elfos fue unos meses después en un lago al norte de Irlanda. Nosotros deberíamos de esperar en la orilla.
Y así fue. Níniel estaba ya en adelantado estado de gestación, se movía con cierta dificultad, pero aun con aquella abultada tripa era el ser más hermoso de los que poblaban la tierra de los hombres.
Estábamos sentados en la orilla del lago, ella vestía un hermoso vestido de tela sedosa. En su mano, el arpa de oro que tantas veces habíamos compartido. Y yo, con unos tejanos viejos, barba de una semana y los pelos tan largos y desaliñados como los del pirata con el que me comparaba mi abuela.
De repente, de entre la bruma del lago apareció una pequeña embarcación estrecha parecida a un kayak, y en la proa un farol que hizo que destellara uno de los aros de mis orejas.
Cuando los bajos de la pequeña barca rozaron contra la tierra de la orilla, agarré con fuerza la mano de Níniel y sentí como temblaba. Comencé a sudar y las rodillas me dolían de tanto como temblaban.
Níniel se levantó y se abrazó con su padre, que nada mas sentir el abultado vientre lanzó una mirada inquisitiva contra mis ojos. No sé si estábamos empezando bien.
Yo me acerqué y escuché como hablaban entre susurros los demás pasajeros de aquella extraña embarcación en ese idioma tan raro. El padre me aceptó la mano que estaba en el aire esperando la suya, y comenzó a hablar.
—Grata es la sorpresa de volver a ver a mi hija, y sorprendente el encontrarme con tu rostro después de tantos siglos joven Leónidas. Aunque no recuerdo que ese fuera tu nombre por aquel entonces.
—Leávandrel padre, así se llamó en su vida pasada.
Reconocí ese nombre fugazmente, así fue como me llamó aquel primer día que pasé con ella.
—No es necesario saber detalles tan antiguos Níniel, me interesan más las noticias que me cuentan las líneas de tu cuerpo.
—Padre, este es el fruto de un amor que lleva vivo tantos años como la música que sale de la vieja flauta de madera. Música que guía los ríos, calma los mares bravos y apacigua los fuegos que queman las ramas de los árboles antiguos. Música que él aprendió de mí, y música que sonará a través de sus manos para educar a nuestro hijo.
»Sólo espero que usted, y los sabios que le acompañan, acepten. O el heredero legitimo del reino de los elfos del bosque consumirá sus días en la tierra de los hombres, junto a su padre…, y su madre.
»Su decisión anterior hizo que sintiera dolor como nadie ha sentido, e hizo que nuestra familia se fracturara, quedándome yo sola en esta tierra.
—Níniel, si te quedas en esta tierra verás como ellos consumen sus vidas y volverás a quedarte sola, y a sufrir como has sufrido.
—Volveré a sufrirlo padre, y esperaré a que él regrese de nuevo, con otro nombre, en otro país, en otra época, quizá en otra tierra… Pero le esperare. Estamos predestinados padre, usted lo sabe.
—La decisión no depende sólo de mí, hija mía. Todo el consejo deberá reunirse, no sólo debe aceptar que un humano entre en nuestra tierra, si no que deben aceptar a un medio elfo como legitimo heredero de los elfos del bosque.
Yo no pude abrir la boca, y de hecho, aunque la hubiera abierto, ni una sola palabra habría podido salir de ella. Vi como discutieron, como se abrazaron y como su padre se despidió de ella con una caricia en la mejilla.
El consejo se subió de nuevo a la barca, por último, subió el padre y sin mirar atrás, el farol de proa se perdió en el horizonte. Níniel me abrazó, lloró y me besó. Yo la abracé, y comenzamos a andar en dirección opuesta al lago.
—Pase lo que pase Leo, nunca voy a volver a abandonarte.
Los días siguientes fueron extremadamente duros para los dos, incluso dejamos de practicar con el arpa. Níniel estaba muy pesada y decidimos volver a la pequeña cabaña en el Caribe.
Yo tenía unos intensos quebraderos de cabeza, he incluso estuve a punto de abandonar y marcharme para desaparecer de su lado. Sólo pensar el sufrimiento que supondría para ella el vernos morir y quedarse sola me atormentaba. Y si yo desaparecía, ella y mi hijo podrían vivir eternamente juntos.
Cada día que pasaba estaba más dispuesto a hacerlo... Pero una noche, cuando estábamos sentados a la orilla del mar, vimos como desde la lejanía una luz se acercaba hacia la orilla.




¿A que estas esperando?...

Durante unos segundos, los dos pasamos un miedo atroz. Miedo a lo desconocido, miedo al futuro, miedo a tener que separarnos.
Cuando los bajos de la barca rozaron la arena blanca del Caribe vimos que la nave se encontraba vacía. En ella, únicamente apreciamos un pergamino escrito con unos trazos ilegibles para mí.
Níniel leía y comenzó a llorar. Esta vez de alegría, pero hasta que me explicó lo que en aquel escrito ponía la agonía me consumía.
—Leo, esta barca partirá de aquí mismo con destino a la tierra de los elfos dentro de dos días. Los dos tenemos sitio en la barca, así como el permiso para viajar. Sólo una prueba deberemos pasar. Y es de ti de quien depende todo.
»La barca será guiada hasta su destino por la melodía que salga del arpa de mi familia, y esa melodía es la primera que aprendiste de mí cuando tan sólo éramos unos niños. La melodía más importante de las que nunca tocaste. La melodía que hizo que nuestros destinos se unieran para siempre. Sólo si eres capaz de guiar la barca llegaremos a puerto. Si no, nos perderemos para siempre en el camino y nuestro fin nos llegará a los dos juntos. Moriremos en la inmensidad de las aguas.

Pasaron los dos peores días de mi vida. Níniel y yo no dormíamos, no comíamos, no descansábamos... Sólo tocábamos el arpa y nos besábamos. No estaba seguro de que fuera capaz de hacer tal proeza, pero lo que estaba claro es que no tenía que renunciar a ella. O llegábamos a puerto o pereceríamos juntos, sin más sufrimientos.
Escribí la carta más dura de las que había escrito. Me despedí de la familia que tenía en el pueblo. Les mandé una foto de Níniel junto a mí, y les dije que tenía que marcharme de viaje. Que ojalá algún día pudiéramos volver a vernos, pero que sería muy difícil. Imaginé las lágrimas de mi madre al leer esta carta, y aunque yo era frío como el hielo, lloré recordando toda mi infancia.
Tan sólo cogimos el arpa y unas pocas cosas más, subimos a la barca y comencé a tocar.
Con la primera nota la barca comenzó a moverse y antes de llegar a los diez primeros compases de aquella melodía Níniel rompió aguas…
Me gritó que no parase y que mirara hacia delante. Mis dedos se agarrotaron y a punto estuve de cesar de tocar. Pero fue la fuerza de sus ojos lo que me obligó a seguir. Poco a poco nos adentrábamos a mar abierto y fue entonces cuando un banco de niebla nos engulló.




¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquello?...

—Papá, ¿cuánto tiempo ha pasado desde aquello?
—¡Ay, pequeño Leávandrel! Ni más ni menos que setenta y nueve años, la misma edad que tienes tú ahora. ¿Cuántas veces te hemos contado la historia ya hijo?
—No me canso de oírla papá —dijo entre inocentes carcajadas—, me encanta. El abuelo me dice que sois los mejores padres del mundo y que me tengo que sentir orgulloso de vosotros. ¿Y nunca más volviste a tu pueblecito?
—Sólo volví en un par de ocasiones con tu madre para conocer a los abuelos de allí, pero ni te imaginas lo que nos costó aprender esas melodías. Ahora, ya no queda nadie allí, pero puede que vayamos algún día.
»Ahora toma esta flautilla de madera, sal a practicar con la pequeña que te espera afuera con tantas ganas. El mejor sitio... ¡En aquel manantial!