sábado, 13 de junio de 2015

Colección Cupido 2015. Verano del 96.

Este sábado os traemos en Colección Cupido 2015 un relato de una extensión mucho más amplia de lo que nos tienen acostumbrados nuestros autores en esta edición. En este caso creado por Ana Anais, que desde Zaragoza nos conmoverá con esta historia que a muchos de la generación EGB como yo hará remover recuerdos de aquellos largos veranos de vacaciones, despreocupaciones y primeros amores. De esta manera debuta con nosotros esta autora, a la que sinceramente esperamos tener en más ocasiones compartiendo líneas e ilusiones.

En cuanto a la edición impresa, deciros que a lo largo de esta semana haremos una entrada especial con todos los detalles de nuestra celebración veraniega.
Besetes a tod@s. Nos leemos.


VERANO DEL 96

Comenzaba junio y con él, el conflicto que mantenía con el universo sobre cuál sería el contenido de mi maleta para las vacaciones: si este bikini era más original que este otro o esta camiseta sería la que más gustaría a mis amigas del camping. ¡Qué difíciles eran las decisiones a los dieciséis!
Todos los veranos, desde que tenía uso de razón, los pasaba en un pueblecito de Cádiz, desde mitad de junio hasta los primeros días de septiembre, los justos para deshacer equipaje y hacerme a la idea del comienzo del siguiente curso.
Los veranos allí eran especiales. Además de reunirnos amigos que no podíamos ver en todo el año, mi cumpleaños se celebraba en julio y la fiesta en la playa estaba asegurada.
Allí nos encontrábamos chicos y chicas de puntos muy diferentes y lejanos entre sí. Además, cada año, siempre había algún nuevo huésped que acababa uniéndose a nuestro grupo.
Mi mejor amiga, Esther, vivía en Madrid y siempre habíamos planeado estudiar juntas en Cádiz. A las dos nos apasionaba el mundo animal, y en especial el marino, y en la universidad andaluza teníamos la oportunidad de hacer la carrera de Ciencias del Mar. Soñábamos con ser las nuevas “Cousteaus”, en cruzar los mares descubriendo escualos y ballenatos. Pensábamos que serían como unas eternas vacaciones mientras trabajábamos en lo que más nos gustaba.

Y tras un interminable y eterno miércoles de viaje por fin, el sol parecía cobrar vida e introducirse por la ventanilla para despertarme y decirme: “Judith, abre los ojos, ya estoy aquí”. Vivía en un pueblo del interior de Lérida y aunque no faltaba el sol en verano, nada tenía que ver con aquel calor acogedor con el que te recibía en el sur. Entonces siempre bajaba el cristal y dejaba que el aire me diera en la cara, me invadiera ese olor a sal, y de nuevo cerraba los ojos para sumergirme en todo lo que ello despertaba en mis sentidos.
Esther llegaba el viernes. Estaba deseando contarle todo lo que me había pasado este curso, en especial la llegada de un nuevo profesor de inglés… Patrick.
Esa tarde se preveía tranquila. Deshacer las maletas y esperar a que mi madre me encomendara alguna complicada misión como ir a por vino casero del Señor Mateo para la cena, quizá un pequeño paseo por la noche, pero al final del día, poco más hubo que añadir, el viaje era demasiado largo en coche y tras la cena, apenas sin sobremesa, todos pedíamos a gritos ir a dormir.
Hacía tres años que habíamos cambiado la caravana por un bungalow y aunque tenía que compartir habitación con mi hermana Victoria, al menos teníamos una cama para cada una y espacios individuales para nuestras cosas.
Victoria tenía veinte años y nuestro físico era totalmente opuesto. Supongo que una se había quedado con todos los genes de nuestro padre y la otra de nuestra madre. Ella con una larga y rubia melena y ojos claros, y yo de cabello negro, rizado y tez morena.
Sabía que entre el viernes y el sábado toda la pandilla volveríamos a encontrarnos como cada verano. Cada año sentía las mismas cosquillas en el estómago.
Al día siguiente, como siempre, tocaba mañana de compras para avituallarnos de comida. El Señor Mateo era una persona de unos sesenta y tantos años que regentaba el Colmado del pueblo. Supongo que ya se podría haber jubilado pero aquella tienda era su vida y a pesar de las invitaciones de ciertos empresarios para abandonar el negocio y poner una franquicia, él se mantenía firme en su decisión de estar allí hasta el final. El Colmado del Señor Mateo era toda una institución, todos le teníamos mucho cariño a ese hombre que muchas noches nos invitaba a su barco y nos contaba historias de pesca que había vivido en su juventud.
Pero ese año no estaba allí, sentado detrás de aquella caja de los años setenta. Al principio pensamos que podría estar en el almacén, en el aseo quizá, pero tuve una sensación extraña a la que se sumó la presencia de una chica detrás del mostrador de la fruta. Estaba atendiendo a una señora extranjera con una soltura absoluta en inglés. Cuando llegó nuestro turno la pregunta era obvia:
—¿Y el Señor Mateo? ¿Esta enfermo?.
Era inconcebible que se hubiera jubilado, en él no cabía la palabra jubilación. La chica cambió la expresión y con semblante serio pero amable contestó:
—Tenía problemas del corazón y en los últimos meses ha estado más en el hospital que en casa. Afortunadamente se ha recuperado pero debe guardar reposo en casa —mi madre y yo expiramos con alivio—. Yo soy su nieta, y mi hermano y yo nos estamos haciendo cargo de la tienda.
Tras enviarle nuestro mejor repertorio de abrazos y ánimos, hicimos la compra y nos dirigimos a la caja. Allí estaba Tony, el hermano de Isabel, los hasta ahora desconocidos nietos del Señor Mateo. Tony era alto, desgarbado, de aspecto descuidado, fibroso, se notaba que hacía deporte. Tendría unos dieciocho o veinte años. No puedo decir que era antipático pero tampoco fue excesivamente amable. Tenía la sensación de que aquello de encargarse de la tienda no le hacía demasiada ilusión. Apenas nos miró al hacer la cuenta. Yo estaba tan pensativa con su pobre abuelo que apenas me di cuenta de que sólo levanto un instante la vista para clavarme la mirada, afilada, como si tuviera la culpa de que él tuviera que estar allí.
El resto del día transcurrió sin novedad, tranquilo. Por la noche, tras la cena, salí con Victoria y mis padres a dar un paseo. Era la toma de contacto oficial con las vacaciones, la tournée familiar que daba por inaugurados dos meses de “no horarios, no reglas”.
Y por fin viernes… Mi amiga, mi confidente, mi “casi hermana”, llegaba en las próximas horas y yo mataba el tiempo por el camping esperando ver aparecer su coche en cualquier momento. Y así fue. A mediodía llegó con sus padres y su hermano. Mi hermana Victoria estaba perdidamente enamorada de Daniel, el hermano de Esther, pero él parecía no corresponderle demasiado, o al menos eso parecía. El tenía veintidós años, un físico de gimnasio y demasiado fijador en el pelo para mi gusto. Alguna vez llegué a pensar si no se le habría fundido junto con el cerebro. Era superficial y frívolo, y lo peor es que se creía gracioso. Soportar sus chistes era una pesadilla. Pero por más que intentaba convencer a mi hermana de que no le convenía, ella cada año anhelaba una declaración de amor en el dique, como en una película, y siempre me soltaba la frase: “¡Que sabrás tu del amor!”. Y en parte tenía razón. Realmente me había gustado algún chico del instituto pero no había llegado a perder la cabeza como ella sentenciaba que te debías sentir cuando te enamorabas.
Aunque ese año había sido diferente para mí. La llegada de un nuevo profesor de inglés, Patrick, había trastocado mi existencia. Y estaba deseando poner al día a mi amiga. Eso sería tras la cena, sentadas en la arena, con la luna acompañando la conversación.
Y así fue, mientras nuestras familias compartían café, nosotras fuimos hacia la playa y allí le relaté lo que me había pasado ese curso como si de una novela se tratara…
Patrick era nuestro nuevo profesor de inglés. No tendría muchos más de veinticinco, rubio, con caracoles en el pelo y alguna peca en la cara. Me gustaba porque era una mezcla de perspicacia, espontaneidad y extravagancia. Lo cierto es que el primer día que llegó a clase todos quedamos atónitos con su aspecto. Llevaba pantalones bombachos y una camiseta ancha con el lema de “Save the whale” (Salvemos las ballenas). ¡Amaba a los animales! Creo que eso fue lo que más llamó mi atención. Me fascinaba. Era tan diferente a todos los profesores… Y mi imaginación hizo el resto. Un catamarán por las costas del Pacífico, con él manejando el timón y yo, cerca, dedicándole mi mejor sonrisa… Cuando dejé caer mi suspiro de ilusión y bajé la mirada, estaba frente a mi cara, observándome como si estudiara un batracio en un microscopio, con la cabeza ladeada y sonriendo. Él solo dijo: “Seguro que era un bonito sueño”. Y continuó con su presentación. Cada vez que me lo cruzaba en los pasillos buscaba su mirada, y a veces la encontraba, y me sentía como si todo se detuviera un instante y sólo estuviéramos él y yo, su sonrisa, mi rubor, sus ojos y los míos.
Esther escuchaba atenta, como si estuviera viendo un film de un amor prohibido. Y en el fondo casi lo era. Él era mi profesor, yo además era menor… Sí, sabía que lo nuestro era complicado pero, ¿y si él me correspondía? Lucharíamos contra todo y contra todos con tal de estar juntos, al menos eso pasaba en las películas.
—Sí, demasiadas películas has visto tú —exclamó Esther.
Ella era más realista que yo, supongo que ver a su hermano con una novia cada mes la tenía escamada respecto a las cosas del amor. Y yo, al fin y al cabo, sólo alimentaba esa historia con encuentros fortuitos por los pasillos.
Iban pasando los días. Ya estábamos todos y alguno más que se unió. Las noches eran nuestras, de juegos, de confidencias, de risas, de ratos de silencio mirando al mar oscuro.
Uno de los chicos que se había unido ese año, Jacques, un francés que dominaba el español, había llegado para participar en una competición de windsurf en Tarifa y nos invitó a pasar con él el día del campeonato. Tras la ardua tarea de convencer a nuestros padres, conseguimos permiso para coger el primer autobús de la mañana, prometiendo que estaríamos antes de la hora de cenar. Tarifa no estaba demasiado lejos, poco más de media hora en autobús, así que la tarde anterior había que proveerse de víveres. Lo peor de todo era ver al antipático de Tony en el Colmado, siempre tan serio, y su mirada fría invadiéndome.
Todavía estaba amaneciendo cuando desperté. La sensación de poder ver los primeros rayos del sol entre la persiana parecía recargar mi batería. Di un salto y preparé la mochila con bocadillos, refrescos, crema solar y toalla. Aunque ya había estado en Tarifa, ese día iba a ser diferente. ¡Una competición de windsurf! Y con un montón de chicos guapos y deportistas desfilando frente a nosotras. ¡Yuju! Y sobre todo, solas, sin padres ni hermanos pululando a nuestro alrededor.
En el autobús había varios de ellos intentando adaptar su equipo en el maletero. Tarea complicada. Algunos andaban por la carretera haciendo autostop. Aquello era una auténtica peregrinación surfera.
Al llegar allí, Jacques nos localizó rápidamente y nos hizo señas. Nos acercamos y nos sentamos junto a su tabla mientras se terminaba de abrochar el traje de neopreno y dirigirse al punto de inscripción y salida.
—¡Deseadme suerte!
Y así lo hicimos con la señal de victoria, mientras él le hacía un guiño a Esther.
—Perdona, ¿tienes algo que contarme? ¿Y ese guiño?
Esther impasible y con cierto tono de desdén me respondió:
—¡Bah! Te podía haber mirado a ti, ha sido casualidad.
Si no la conociera tanto me lo hubiera creído, pero llevábamos juntas desde los cinco años y sabía que ese chico no le era indiferente. Y parecía que ella a él tampoco.
Cuando todos se dirigían hacia el punto de partida y nuestras miradas puestas en aquella concentración inmensa de surfistas, apareció Tony, a unos metros, caminando decidido, pero fijando de nuevo la vista en mí, sin apartarla, con descaro, serio, manteniendo la mirada durante varios metros. Me resultó un tanto insolente, pero a la vez misterioso, intrigante. Ese chico que apenas me dirigía la palabra, siempre me miraba de un modo que me hacía sentir intimidada. Pero a la vez, empezaba a despertar cierta curiosidad. ¿Por qué no le habíamos visto hasta ahora? ¿De dónde venía? ¿Por qué su abuelo no nos hablaba de ellos? Aunque supongo que eran más apasionantes sus historias de luchas contra atunes gigantes y tormentas de rayos y centellas que hablarnos de nietos o de familia, salvo de su mujer, a la que adoraba.
Pero esa inquietud duró sólo unos instantes. No muy lejos de él me pareció ver… Me levanté. Sí, creo que sí. ¡Es él!
—¿Patrick? —exclamé en voz alta— ¡Patrick! ¡Patrick!
Cada vez que mencionaba su nombre elevaba el volumen. No me lo podía creer. Patrick estaba allí. Con una tabla de Surf, su traje de neopreno, sus pecas, sus rizos…
Dejando a Esther boquiabierta en la arena eché a correr. No podía creerlo. Al fin, él se percató de mi presencia. Él, y el resto de la competición que me había oído gritar y hacer aspavientos durante cincuenta metros.
Por un momento se quedó paralizado. Mis pensamientos a mil por hora imaginaron que quizá ni siquiera sabría quien soy. No me asociaría al instituto. ¡Que sé yo!
Tras los primeros segundos de impacto y reflexión, con gran sorpresa dijo mi nombre.
—¡Judith!
Mi sonrisa fue interminable. ¡Qué bien sonaba con su voz y su acento inglés! Y lo más importante. Recordaba mi nombre. Eso significaba… ¡Qué se había fijado en mí! ¡Que tal vez le gustaba! ¡Oh!. Mi cabeza comenzó a ser un terremoto de elucubraciones y mi corazón una locomotora que latía a la velocidad del sonido.
—Perdona, llego tarde a la inscripción. Tengo que irme. Me alegro de verte.
Se alegraba de verme, de mi nombre… Pero entonces, ¿por qué tenía esa sensación agridulce? Apenas estas palabras fueron unos segundos y aunque estaba exultante porque recordaba mi nombre y lo tenía cerca de mi lugar de vacaciones, quizá hubiera esperado que me invitara a vernos más tarde o que me preguntara dónde me alojaba para ir a visitarme. No había mostrado más de un interés meramente formal y cordial. Y realmente así era aunque yo pretendiera lo contrario. Nuestro vínculo no iba más alla. Quizá la palabra vínculo era demasiado. Mi ánimo cayó por los suelos. La ilusión se desvaneció igual que vino.
Volví a mi campamento base, con Esther, que me miraba con cara de circunstancias mientras me dejaba caer abatida sobre la toalla.
Nos quedamos en silencio. Se oyó el disparo de salida.
Se celebraba una carrera con balizas que podía durar entre dos y cuatro horas. Su silueta se había perdido entre trajes de neopreno y velas de colores. Miraba al infinito, sin lograr ubicarlo. Mis ojos vidriosos tampoco ayudaban demasiado a tener una imagen nítida.
Tras algún chapuzón, unas patatas de bolsa y una buena sesión de sol, acabó el torneo y con él se avivó la esperanza de volver a encontrarme con Patrick y enmendar el disgusto anterior.
Pero no sucedió. A medida que los competidores salían del agua, se disipaban como los bancos de peces cuando detectan peligro.
Todos, excepto Jacques, que orgulloso de su cuarto puesto, se acercó en dos zancadas. Enseguida se sentó junto a Esther y era obvio que pretendía tener algo con ella. Pero mi pensamiento estaba demasiado lejos, así que al no localizar de nuevo a Patrick, decidí tumbarme y seguir tomando algo de sol. Así fue hasta que algo me hizo sombra. Me había quedado dormida y al darme la vuelta me costó distinguir quien era por los destellos del sol.
—Tony…—dije sin apenas abrir los ojos.
—Hola. ¿Puedo sentarme con vosotros?
Quedé desconcertada unos segundos, no sabía muy bien qué le empujó a hacernos compañía, pero parecía que Jacques y él se habían hecho amigos y le hizo un gesto con la mano invitándole a unirse al grupo. Se sentó a mi lado. ¿No pretendería que le diera conversación? Apenas habíamos cruzado unas palabras y despertaba en mi más apatía que simpatía.
—Bonito bikini —dijo él
—Gracias —contesté sin salir de mi asombro. ¿Sabía ser amable?
Entonces entorné un poco el cuerpo y presté atención por si de ese chico de mirada hermética y sobria actitud podía salir alguna otra frase agradable. Y así fue.
—Me han dicho que llevas muchos años veraneando aquí.
—Sí.
—Y que tu cumpleaños es el mes que viene.
—Sí
—¡Vaya! ¡Me va a resultar difícil hablar contigo con tanto monosílabo!
Agaché un poco la cabeza. Sí, tenía razón, pero no sabía cómo comportarme con él. Había sido siempre un tanto arisco y no sabía cómo enfrentarme a aquella repentina amabilidad. Pero su exclamación me sorprendió y no pude evitar soltar una sonrisa.
—Eso está mejor… —replicó sonriendo también.
En apenas unos minutos captó mi atención y me había evadido de Esther, de Jacques, del mar…., y de Patrick. Estaba totalmente atrapada en cómo buscaba mi mirada y en su forma tan directa de preguntar.
Nos quedamos en silencio unos instantes, con la conversación de fondo de Esther y Jacques que cada vez reían más y acercaban gestos y complicidad.
En cierto modo me encontraba un poco acorralada porque no quería interrumpir ese momento de coqueteo de mi amiga, así que no tenía otra alternativa que conversar con Tony. Me armé de valor y utilicé su misma táctica de ir al grano.
—¿Y tú? ¿Por qué no te hemos conocido hasta ahora? —le pregunté recelosa. En el fondo me costaba confiar en aquel chico aparecido de la nada y que había indagado sobre mí. ¿Cómo se había enterado de que mi cumpleaños era en julio? ¡Yo no sabía nada de él¡
Hizo una mueca. Sabía que tenía ventaja. Sabía mi edad, de donde venía y mi fecha de cumpleaños. ¿Pero quién diablos se lo había dicho? ¿Y por qué ese interés? Podría haber empezado por ser más amable en la tienda. Hubiera sido más fácil.
Pero a él parecía gustarle ese juego misterioso y a mí me estaba empezando a sentar mal su mueca irónica. Acababa de tirar por tierra lo poco que acababa de cambiar mi opinión sobre él.
—Es una larga historia —contestó al ver mi expresión—. Pero si no tienes prisa te la contaré esta noche en la playa.
Quedé boquiabierta. ¿Me estaba pidiendo una cita? ¡Oh! ¡Me estaba pidiendo una cita¡
Incliné la cabeza hacia un lado y me encogí de hombros dándole a entender que me era indiferente. Estaba molesta con su actitud.
Allí terminó la conversación y tras un silencio con caras de circunstancias Jacques invitó al grupo a dar un chapuzón pero él se marchó.
Al sumergirme para mojarme el pelo, una pequeña corriente me hizo perder el equilibrio y supongo que tantas horas expuesta al sol y la poca hidratación me produjeron un vahído que me tuvo unos segundos bajo el agua. La siguiente noción que tengo fue en la orilla, con una multitud observando y la voz de Patrick cerca exclamando mi nombre.
—¡Judith!¡Vamos Judith!
—¡Al fin abre los ojos! —gritó Esther.
Estaba aturdida. No sabía muy bien qué había sucedido. Pasó un buen rato hasta que volví a mi ser. Pero lo tenía pegado a mí, tomándome las pulsaciones y tratando de reanimarme. Estaba en una nube. Al cabo de unos minutos me recuperé a duras penas y se empeñó en llevarnos de regreso al pueblo con su coche.

Paró en la puerta del camping y después de volverse a asegurar de que me encontraba perfectamente, se despidió con un guiño.
¡Ay! Un guiño…
Mientras caminábamos entre caravanas y tiendas de campaña me dirigí a Esther.
—De lo que ha pasado hoy ni una palabra a mis padres o no me dejaran ir sola a ninguna parte el resto del verano.
—No te preocupes. No pienso decirles que has flirteado con un inglés. Vaya susto me has dado.
—¡Je!
Ese sentido del humor era típico de ella. Pero hoy tenía argumentos para responderle.
—Yo tampoco le pienso decir a los tuyos que has estado coqueteando toda la tarde con un francés –contesté mientras hacía una burla.
Tras la cena me desplomé sobre la cama. El día había sido intenso y agotador y en unos minutos me rendí al sueño con la imagen de mi profesor a veinte centímetros de mí.

Los siguientes días transcurrieron tranquilos: mar, sol, deporte… Con el recuerdo de Patrick en Tarifa que se desvanecía poco a poco. Intuía que no lo volvería a ver, posiblemente invertía su verano en recorrer mundo y había sido una casualidad encontrármelo allí.
Así que intenté disfrutar del sol, de la playa y de mis amigos como cada verano. Y mientras disfrutaba de todo aquello un sonido interrumpió mi mañana de ocio.
—¡Judith! —sonó la voz lejana de mi madre—. ¡Acércate! Tienes que ir a comprar
Mi soplo de resignación se sintió en varias ciudades. Pero no quedaba otro remedio. Debía dejar el partido de ping-pong a medias por unas cuantas verduras y un paquete de arroz si no quería que mi madre pusiera el grito en el cielo y me soltara su eterna letanía de lo poco que la ayudaba. Mi hermana estaba demasiado ocupada haciéndose la manicura y por supuesto no se le podía molestar.
Esther me acompañaba y de camino nos encontramos a Dani, su hermano.
—Hola guapas. ¿Dónde vais?
El hecho de saber que guapas se lo soltaba a cualquiera me hacía mirarlo con desdén aunque intentaba disimularlo por su hermana.
—A hacer unos recados —contesté.
—Está bien. Voy con vosotras.
Y en mis pensamientos se oyó: «¿Quién te ha invitado?»
Así que se unió a la expedición mientras iba devorando con la mirada a cualquier chica que se nos cruzaba en el camino.
Nada más entrar la mejor de las sorpresas. El Señor Mateo estaba de vuelta. Un poco desmejorado, se notaba que estos meses le habían pasado factura pero con su carácter intacto.
—¡Señor Mateo! ¡Que alegría que haya vuelto!
—Sí, este corazón tiene que navegar mucho todavía.
Nosotros nos disgregamos por los pasillos y los estantes de la tienda y mientras buscaba las conservas que me había encargado mi madre, alguien de pronto susurró.
—La otra noche te esperé en la playa.
Inmóvil frente a las latas de atún me di cuenta de que era Tony. Y sin darme la vuelta contesté.
—No dije que fuera a ir.
—¡Vaya! No pensaba que fueras tan brusca. Solo quería explicar…
Y sin terminar la frase cogí mi cesta y lo dejé con la palabra en la boca. ¿Me había llamado brusca? ¿Pero cómo se atrevía? Me produjo tal enfado que ni siquiera me giré a lanzar una mirada punzante. Brusca yo. ¡Ja!
El enojo me duró todo el camino, aunque no sabía muy bien por qué me afectaba de ese modo viniendo de él, y fué tal la indignación que apenas le presté atención al interrogatorio de Dani sobre mi hermana.
—¿Va a ir tu hermana Victoria a tu cumpleaños?
—Sí, claro que irá. Es mi hermana.
—¿Y sabes si vendrá con algún chico? ¿Sale con alguien?
—Mi hermana no me cuenta esas cosas y a mí me es indiferente.
Tras la llegada al bungalow y los preparativos de la mesa, tomé conciencia del diálogo de Dani y durante la comida decidí devolver a Victoria una pizca del sufrimiento gratuito que me provocaba a mí la mayoría de las veces por sus caprichos y tonterías.
—Hoy nos ha acompañado Dani al Colmado —dije sabiendo que abría la caja de Pandora. Sus ojos azules se abrieron como platos y sus oídos se tornaron alerta—. Supongo que tendré que invitarle a mi fiesta de cumpleaños.
—Sí claro, ¿por qué no lo ibas a invitar? —dijo Victoria—. Quedaría mal que no lo hicieses, es el hermano de tu amiga.
—Ya, bueno, no sé. Él es mayor que nosotros, puede que no le guste estar con gente de nuestra edad.
—Pero yo sí acudiré y tenemos la misma edad, así que podrá hablar conmigo si no le gusta la fiesta —su tono de voz sonaba triunfante. Hubiera sido lo mismo si hubiera dicho: «esta vez no escapará».
Entornó la mirada y sus pensamientos volaron a la ciudad de los finales románticos y felices.
Dejé que disfrutara por unos instantes y continué con mi estrategia de tenerla en vilo. Además sabía que lo siguiente caería como una bomba en el corazón de mi ilusionada hermana
—Por cierto, me ha preguntado por ti…
Ese fue el toque final de la conversación, y tras el postre, el interrogatorio a solas era evidente. Sabía que iba a disfrutar con ello. Poseía información privilegiada que le iba a costar sonsacar.
A la hora de la sobremesa solía ir a un rincón del camping, con Esther y alguno más que se unía. Era un lugar recogido, con árboles y una salida a través de un tramo de valla deteriorada. Al otro lado, las pisadas habían seccionado la hierba y se intuía una senda que subía a la falda de los acantilados. A unos cinco minutos de camino, desde las rocas, se divisaba toda la playa. De noche era precioso ver todo de color azul casi negro, con las luces de los grandes barcos al fondo. A veces la luna, iluminando las olas. Era uno de esos cobijos donde acudir y pensar.
Pero durante la comida había sembrado la tormenta con Victoria, así que sabía que no avanzaría más de unos metros fuera del bungalow sin que ella me localizara y me sometiera al tercer grado.
—¿De verdad te ha preguntado por mí? ¿Qué te ha dicho? ¿Lo vas a invitar a la fiesta, verdad?
—Un momento por favor, un momento. No me atosigues —cada segundo en el que no le daba información era una eternidad para ella. Lo reconozco, estaba disfrutando, como tantas otras veces lo hacía conmigo pagando sus malos humos–. Me ha preguntado si acudirías con alguien a la fiesta en la playa.
—¡No, claro que no! ¿No le habrás dicho que si verdad?
Sonreí de un lado, esbozando una mueca, haciéndole creer por un segundo que le había dicho que sí. Su ceño se frunció y su expresión se volvió tinieblas. Pero antes de que derrochara rayos y truenos le contesté con un tenue hilo de voz:
—No, tranquila, le he dicho que estarás sola.
Desde esa tarde, Victoria emanaba entusiasmo y simpatía y su sonrisa quedó perenne.

Faltaban pocos días para el cumpleaños. Patrick había desaparecido, pero todas las mañanas mi primer pensamiento era para él. Aún con ese encuentro fugaz con el que no contaba ese verano, y no había hecho sino reforzar lo que sentía, en septiembre comenzaría Bachiller en el mismo edificio que el Instituto y al menos lo podría ver por los pasillos.

Tras una tarde de charla, volvímos temprano para cenar. Varias familias, veteranas del camping, entre ellas la mía y la de Esther, solían juntarse algunos días para cenar todos juntos. Entre unos y otros la cifra de comensales podía llegar a ser de hasta veinticinco. Veinticinco personas hablando, riendo, comiendo y bebiendo. Organizando jaleo que se prolongaba hasta la madrugada, eso, si algún madrugador no venía a las once de la noche a llamar la atención y terminábamos cuchicheando para no molestar. Los padres de Esther comentaron durante la tertulia que al día siguiente querían ir a Cádiz. En principio siempre decían que por hacer algo de turismo pero casi siempre se convertía en un día de tapas y compras en el centro comercial. La mayoría de las ocasiones me unía a ellos y esta vez no iba a ser menos. Una dosis cosmopolita tampoco estaba tan mal en medio del relax. Y este año mis padres decidieron apuntarse al plan, así que al día siguiente, con sendos automóviles fuimos de camino a la capital. Eso si, también con Jacques, que se unió a ultima hora. Él se fue con los padres de Esther, parecía que tenía buena sintonía con Dani, y Esther venía en nuestro coche con mi hermana Victoria.
No madrugamos demasiado. Cádiz estaba a menos de una hora de carretera y disponíamos de tiempo de sobra para recorrernos la ciudad entera, visitar la catedral, con sus azulejos dorados, el barrio de Santa María con sus casas señoriales, el casco histórico por las barriadas de Las Viñas o El Mentidero, y como no, tapear por la Calle Zorrilla. Me encantaba la provincia, sus playas y los pueblos blancos de la Sierra. Era tan distinto a donde yo vivía… Y quería estudiar allí, deseaba disfrutar de aquel clima y aquel ambiente todo el año. Y del mar, sobre todo del mar. Así que ese día pretendía disfrutarlo de modo especial.
Tras la mañana callejeando y parando en alguna taberna para reponer fuerzas a base de pescaito frito y otras delicatessen sureñas, por la tarde era el turno del centro comercial. Una vez allí, nos separamos. Por un lado nuestros padres, por otro Dani y Jacques, por otro Esther y yo, y mi hermana se fue sola. Intuía que quería comprar mi regalo de cumpleaños. Quedamos en un punto al cabo de una hora más o menos. Tiempo suficiente para entrar en todas los comercios de moda y probarnos el máximo de prendas posibles. Yo había recibido un adelanto por mi cumpleaños por tanto podría permitirme un capricho. En una de las tiendas, al salir del probador para mostrar a Esther una de las faldas que había escogido, ella, que a su vez salía del contiguo con otro vestido, quedó petrificada al salir. ¡Vaya! «Sí que me debe quedar bien», pensé. Pero comenzó a hacerme señas con la mirada, mirando a mi espalda, y comprendí que había alguien tras de mí y no sabía si debía darme la vuelta o no. Pero la dí.
Ese día iba a ser del todo perfecto. Patrick. Ese profesor que despertaba en mí mil mariposas, estaba a mi espalda, a un metro, esperando su turno para probarse un bañador.¡Guau! Ese bañador, ese torso desnudo, su pelo mojado y esa sonrisa maravillosa me embaucaba. Y de pronto, tras esa cortina de visiones que me había trasladado no se sabía donde, se rompió con su voz.
—¡Hi Judith, qué bueno verte de nuevo! ¡Bonita falda!
—Em, sí, bueno, es mi regalo de cumpleaños —balbuceé.
—¡Ah! ¿Es tu cumpleaños?
—Sí, bueno, dentro de un par de días.
—Sí, y lo celebraremos en la playa —exclamó Esther con picardía—. ¿Quieres venir?
Yo estaba muda, no podía articular palabra. Entre sorpresa, bañadores, torso mojado… era incapaz de reaccionar.
-Sí, ¿por qué no? Estaré con mis amigos por la zona. Dormimos en el pueblo de al lado de vuestro camping.
—¡Claro! Entonces puedes traerte a alguno de tus amigos también —contestó Esther.
—¡Right! Nos vemos allí entonces. Bye chicas.
Las conversaciones con él eran breves. Pero intensas, muy intensas. Al menos así las sentía yo.
Llegamos al punto de encuentro y aún estaba en estado de shock. Patrick estaría en mi fiesta, seguramente con una chispa de alcohol que le haría todavía más irresistible y encantador y me besaría, al final de la noche, cuando todo el mundo se hubiera ido y quedáramos a solas. Volaba, sentí escuchar música y el universo girar a mí alrededor.

Y así transcurrieron los dos días siguientes. Cantando desde que sonaba el despertador, saludando a todo aquel con quien me cruzaba en el camping y contando las horas para mi fiesta.
Y llegó. Mi día, y lo sería por muchos motivos. Estrenaría mi nueva falda, me maquillaría un poco más de la cuenta, me estiraría los rizos… Me sentía tan especial y tan afortunada por todo lo que acontecía ese verano.
Eran las siete de la tarde y el sol, mientras caía, formaba cientos de colores en el paisaje. El agua estaba tranquila. Habíamos llegado a la playa, con bolsas de hielo, botellas de licor, refrescos, cervezas, algo de picar…Y detrás acudían Jacques, Victoria, Dani y algunos más del camping.
El punto de inicio lo puso la música. El dueño del chiringuito era un viejo conocido y nos permitía estar cerca ese día y subir un poco el volumen.
Unas tres cervezas más tarde apareció él. Me sorprendió con los pies dentro del agua mientras bailaba. Me acerqué rápidamente. Venía con un amigo.
—Hola Patrick. Me alegro de que hayas venido. Podéis tomar lo que queráis. Ahí encontraréis bebida y algo de picar —y señalé un montículo de bolsas y una mesa donde coloqué algunos platos con sándwiches y snacks.
—OK. Gracias Judith. Por cierto, muchas felicidades.
Y me plantó dos besos en sendas mejillas. Era la primera vez que sentía su piel. La primera vez que sentía su olor tan cerca. El día del desmayo no tenía mucha conciencia de aromas. Fue menos de un segundo. Para mí, se detuvo el tiempo. Tantas sensaciones en un instante… Me había besado, en las mejillas sí, pero al fin y al cabo era el contacto de su piel con la mía. Estaba especialmente guapo, con una camisa semiabrochada y unas bermudas. Suspiré inconscientemente, corriendo el riesgo de que se diera cuenta. Pero era inevitable, estaba demasiado atractivo.
Volví al agua. No quería quedarme allí para no parecer muy desesperada y él se fue hacia el montón de licores decidido a por un par de cervezas.
Aquello se animaba. La noche había caído y las únicas luces que iluminaban nuestra zona eran las sutiles bombillas del chiringuito. Había otros grupos en la playa y Dani, el hermano de Esther, llevaba toda la fiesta flirteando con una chica de otra pandilla. Realmente me era indiferente pero tras la conversación del otro día, mi hermana esperaba otro tipo de fiesta de cumpleaños para ella y al ver la situación permaneció sentada sola y cabizbaja en la arena. Le hice varios gestos para que viniera a la orilla pero se negó en varias ocasiones. Me dolía verla así y en el fondo me sentía culpable porque era yo quien le había creado ilusiones. O quizá no. Realmente era Dani quien me había preguntado realmente todo eso. Pero yo estaba tan indignada con las palabras de Tony que apenas le presté atención. Y según recapacitaba de todo aquello, iba sintiéndome más molesta con él. Así que me acerqué, interrumpí su romance con aquella rubia francesa y con un descaro inusual le repliqué.
—¿Hace unos días te interesas por Victoria, que si va a venir a la fiesta, que si sale con alguien y ahora la dejas tirada?
Y me puse las manos en la cintura esperando una contestación.
El no conseguía articular palabra. No sé si por mi descaro (yo no acostumbraba a tener ese desparpajo salvo con algún exceso de bebida), o porque se sintió acorralado por sus propias palabras.
Mi hermana me miró de lejos con expectación. Intuía que había ido a reprocharle la situación y supongo que esperaría no tener que avergonzarse después de mis palabras.
—¿Así que tu respuesta es no responder?
Y dando media vuelta lo dejé plantado con su estupor mientras su nuevo ligue le preguntaba qué estaba sucediendo.
Caminé unos pasos hacia Esther y los demás muy digna, con la vista al frente, sin percatarme de que mi hermana tenía compañía. Patrick estaba hablando con ella. No supe muy bien qué pensar. Con la excusa de preguntar dónde estaba su amigo me desvié hacia ellos. Tenía curiosidad. Hablaban en inglés. Victoria estaba en la escuela de idiomas y se podía expresar en varias lenguas. Y al acercarme le pregunte por Tom, su amigo. Me señaló hacia el chiringuito. Ni siquiera miré.
Con una dosis de sarcasmo me pronuncié:
—Veo que ya conoces a mi profesor de inglés.
—Sí, bueno, me ha preguntado y le he dicho que soy tu hermana.
—Yes Judith, tu hermana tiene muy buen acento. It’s very good.
Pero, ¿qué hacía conversando con ella? ¡Tenía que hacerlo conmigo! Entre indignación y confusión volví al corazón del grupo. No pude por menos que contárselo a Esther. No sabía qué hacer. Estaba enfadada, confusa, triste. Mi mente era un cúmulo de sensaciones. Les había dado la espalda. No soportaba verlos hablando, juntos. Patrick no se había vuelto a acercar a mí. Y desconocía la excusa para volver a rondar. Mis emociones no me permitían pensar. La medianoche había quedado muy atrás, y desde entonces no me había atrevido a darme la vuelta y encontrarme de nuevo con la escena de ellos dos juntos. Pero no empezaba a quedar otro remedio. Quería ir a por bebida. Y en un arranque de orgullo decidí firmemente que iba a disfrutar mi fiesta sí o sí. Que nadie podría arruinarme el guateque. Bebería y bailaría hasta el exhausto y la recordaría, como cada año, como la mejor de las noches sin que nada ni nadie lo pudiera impedir.
El alcohol hacía reacción. Todos estábamos salpicados por las olas e incluso alguno se había bañado vestido. Por un rato evadí aquellos pensamientos y reí, y disfruté. Hasta que Tom, el amigo de Patrick, llegó y en un castellano casi ininteligible dijo:
—Parece que tu hermana y Patrick se han caído muy bien.
Fue un acto reflejo. Torné la vista y el mundo se heló. Mi corazón se congeló. Mi música dejo de sonar. Las risas y las olas desaparecieron.
Estaban allí. Tirados en la arena. Besándose. Abrazándose. Sentí quebrarme en pedazos. Mi propia hermana. ¿Por qué con ella? Con los cientos de chicas que había podido encontrarse ese verano. Y ante mis ojos. Era tan insoportable…
Esther también cayó en la cuenta y quiso desviar mi atención. Pero era inútil. Estaba herida. Hundida. Toda mi historia y mis sueños devastados en cenizas.
Quería huir, escapar de aquella desazón. Me fui. Caminé, no sabía muy bien hacia dónde pero no tenía rumbo. Con mil lágrimas y un desengaño que me desbordaba. No permití que Esther me acompañara. Necesitaba llorar, esconderme, cerrar los ojos y creer que aquello no había sucedido. Pero no era así. De todos los finales me había tocado el peor. Esa imagen, que no se borraba de mi mente.
Atrás quedó la gente, el ruido. Cada vez sentía más el silencio. Era la mejor compañía que podía tener en ese momento. Sin querer había llegado a aquel refugio, tras el camping, había atravesado la valla y alcanzado las rocas donde me desplomé y desparramé toda mi agonía hasta que no me quedaron lágrimas. Estar a solas con las luces de fondo, el mar, la noche, las rocas me daba cobijo. Pero no lo estaba. Alguien se acercaba y por un momento pensé que podrían ser ellos que buscaban un lugar más íntimo. Si era así, no sé cómo reaccionaría. Pero era una sola figura la que se aproximaba. Tenía los ojos tan irritados de llorar que apenas lo distinguía. Tampoco me preocupaba salvo por la vergüenza de que alguien pudiera descubrirme así.
—Hola.
Esa voz… ¡Tony! Sí, aún podían ser peor las cosas. Podía haber sido alguien que acudiese a hacer fotos o alguna parejita a tener un momento de intimidad. Pero era el latoso de Tony.
—Hola —respondí sin ganas.
—He visto cómo te ibas de la playa y me preocupé.
No salía de mi asombro.
—¿Ahora me espías?
Se produjo un silencio. Se acercó un poco y se sentó a mi lado.
—Si quieres llamarlo así…
—Estoy harta de tus misterios y de tus enigmas.
Tony tenía el poder de desviar mi atención de cualquier cosa con su actitud. Hasta de lo que me había sucedido esa noche.
—Apenas me has dado la oportunidad de hablar.
Giré la cabeza hacia otro lado, lo que menos necesitaba eran reproches.Y continuó.
—Vivo en Madrid con mis padres y mi hermana y como tú, el mes de junio vengo aquí a pasar el verano con mis abuelos. Espero con ansia cada mes de junio porque también llegas tú. Te vi por primera vez cuando apenas éramos unos críos. Siempre correteaba por el Colmado, junto con mi abuelo, pero cuando entrabas me escondía en la trastienda y te observaba con la puerta entreabierta. Quería salir a jugar contigo pero mi vergüenza era mayor.
Aquella confesión me dejó aturdida. Lo miré, con estupor. No sé si pretendía que respondiera, pero estaba tan perpleja que sólo continué escuchando.
—Este invierno me estuve armando de valor para decirte algo cuando llegaras. Siempre albergaba el temor de que algún día eligieses otro destino de vacaciones y no volverte a ver. Pero llegaste hace apenas unas semanas, más guapa de lo que podía recordarte. Y he pretendido acercarme a ti, pero creo que no se me ha dado muy bien ¿verdad?
Y sonrió. Y yo hice una mueca parecida a una sonrisa.
—¡Vaya! Parece que lo voy haciendo mejor.
Y sonrió un poco más.
Pero yo había recibido un duro golpe y la expresividad no iba a ser mi fuerte en ese momento.
—Esta noche también estaba en la playa, con mis amigos y he visto cómo te ibas entre sollozos, sola. Me he quedado preocupado porque ni siquiera has dejado que te acompañara tu amiga. Te he seguido, sí. ¡Soy culpable señor juez! —dijo levantando los brazos en señal de rendición.
Hice un gesto para bajarle las manos.
—Bobo —le contesté mientras volvía a sonreír.
—¡Mmm!, ese no es el piropo que esperaba pero acepto tu sonrisa en compensación.
Nos quedamos callados, mirando a ninguna parte.
—¿Es precioso verdad?
—Sí.
—Cuando termine de estudiar me gustaría venir a vivir aquí.
—¿Qué estudias?
—Veterinaria. Pero me gustaría especializarme en vida marina. Trabajar en algún acuario. No sé… También me gusta el submarinismo.
Entonces despertaron mis sentidos. Compartíamos la misma pasión por el mar y la vida marina.
—¡Yo también! —exclamé. Quiero venir a estudiar a Cádiz el grado de Ciencias del Mar.
Y hablamos de cetáceos, de barcos, de mares y de islas por descubrir durante horas. Tantas como para ver amanecer. Y apartar mis pensamientos de Patrick, de Victoria, de Dani y de todo resquicio negativo de la noche anterior.
—Creo que deberíamos volver. Aunque no tengo horarios no quiero que se preocupen mis padres si ven que regreso de día.
—Tienes razón. Te acompaño —dijo Tony.
Y deshicimos la senda que bajaba hacia el camping, y al llegar a la verja rota, yo tenía que atravesarla para entrar y él bordearla para llegar hasta su casa.
—Espero que no haya terminado demasiado mal tu fiesta de cumpleaños.
Me encogí de hombros. Realmente no sabía qué decir.
—Te propongo un último juego.
—¿Un juego? —dije yo.
—Sí. Verás. Extiende la mano derecha. Extiende la mano izquierda. Ahora cierra los ojos.
Y calló.
—¿Y ahora qué?
Y apenas había terminado la pregunta y sentí un beso. El juego era una mera excusa. Pero ya no pude abrir los ojos. Me perdí en él, en sus labios suaves, en ese beso lento que me provocó cosquillas en el estómago. No sé cuánto tiempo duró. Pero sí tuvo el efecto suficiente como para querer estar con él cada día durante el verano.

De aquello han pasado diez años.
Patrick apenas impartió clases el primer mes del siguiente curso ya que el profesor titular se incorporó enseguida. El romance con mi hermana apenas duró un par de días y no volvimos a saber nada suyo, así que evitaba cruzarme con él por los pasillos. Por mí y por Victoria.
Esther me confesó que Jacques le gustaba y que habían tenido algo, pero la distancia hizo mella y no cuajó. Ahora vive con su novio, al que conoció en la universidad.
Dani, al final del verano se declaró a Victoria. Lo que parecía ser una relación sin mucho futuro y en la que no confiábamos demasiado resultó acabar en boda hace un par de años.
Tony acabó veterinaria en Madrid y yo finalmente tuve que estudiar en Lérida decidiéndome por la rama de Turismo.
Los dos vivimos en Conil de la Frontera, yo me dedico a la gestión de turismo rural y él trabaja en una piscifactoría.
Aquel chico antipático y desgarbado que tenía una asombrosa habilidad para ponerme nerviosa, consiguió animarme y conquistarme en una sola noche. Y hoy, diez años después, hemos vuelto a aquella roca y le devolví el mismo juego.
—Extiende la mano derecha. Ahora la mano izquierda. Ahora cierra los ojos.
Y no, lo siguiente no sería el beso. En su lugar, me aproximé al oído y susurre…
—Feliz Aniversario… papá.


Ana Anais

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