martes, 17 de noviembre de 2015

TayTodos: 24. Aficionados y expertos.

Capítulo número veinticuatro de la novela colectiva que este año nos tiene enganchados. La emoción aumenta con cada capítulo. ¡Y lo que está por venir!
Nuestros personajes quedaron así tras lo acontecido la pasada semana en el capítulo 23 (Luca Antonelli):
Montana mantiene el contacto con Mirka y se mantiene a la espera
Jorge llama a su hijo y quedan para verse en persona.
Carolina cuenta a Jota toda la trama que se traía entre manos Nerea. Le pide que no cuente a la policía todo lo que sabe y cumpla su parte del trato.
Jota tras toda la noche buscando a su padre vuelve a casa y recibe la inesperada visita de Carolina. Tras llegar a un pacto con ella recibe toda la información a cambio de su libertad ella le jura que nunca más se acercará a su padre. Más tarde acude a la cita con su padre y le hace una propuesta trasladada por el Teniente López: colaborar con la policía. 
Mirka sale de la mansión por la noche a visitar a su amado Montana. Lo descubre mal herido y este le cuenta que Baby Face casi lo mata y que su primo Pavel ha sido asesinado. Ella jura que pagará por todo lo que le ha hecho. Cuando llega es sorprendida por Venancio que requiere sus servicios, pero es salvada por Clara...
Clara se apresura a esconder a Sergio en las habitaciones del servicio, mañana pensarían algo. Oye voces en la casa y son de su marida atosigando a Mirka. Tras una discusión se retira a la cama.
Sergio sumiso, se entrega a los placeres que Clara le ofrece.
Nerea sabe que Venancio cumplirá su parte del trato y después piensa seducirlo para acercarse a él hasta provocar su muerte y quedarse con todo el negocio.
Venancio contacta con Luca Antonelli que le pide que venga a España para hacer un trabajito. Más tarde lo recibe en su mansión y le expone el asunto, aunque se reserva el nombre de Clara de la lista de individuos a hacer desaparecer.
Luca vuela desde Palermo con su look característico y su arma completamente desmontada.
Rebeca acude contenta al trabajo, aunque sabe que el corazón de Montana es para Mirka.
El Teniente López llega con su equipo de policías y llevan a cabo una redada en las instalaciones del gimnasio. Habla con Rebeca y Marisa en busca de información. Finalmente tras revisar todo no encuentra nada.

Aquí os dejo el enlace para que podéis repasar capítulos anteriores con más detalle. En la siguiente dirección encontraréis todos los publicados hasta la fecha, incluido el del pasado martes: Taytodos

¿Quién será el creador del capítulo de la semana pasada? Pues en esta ocasión se trata de un buen amigo que como ya hiciera en la novela colectiva de 2014 (Nuestra historia) ha accedido a participar de nuevo este año. Decir que la dirección que ha tomado la trama este año le seduce más que la anterior, por eso agradecemos tanto el esfuerzo del año pasado donde tuvo que solventar el juicio de tráfico, y este año ha disfrutado describiendo a la perfección a un tipo tan peligroso como Il Capo.
Esperemos que pronto tengamos más historias suyas y podamos leer algo más de Luz en la oscuridad, su novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial que tanto le apasiona. Siempre es bueno contar con historias del gran: Alberto Bello Ruiz

Os dejo con el capítulo de hoy. Espero que os guste. Besetes a tod@s. Nos leemos.



24. Aficionados y expertos.

Luca Antonelli no terminaba de decidir cómo iba a acabar con ese asqueroso inútil, pero sabía que iba a ser fácil.
El perfil que le había dado su capo de la mafia era bastante ajustado, pero había viajado con reservas, como buen profesional que vive al filo del éxito y el fracaso, y más aún cuando el fracaso podía significar treinta años a la sombra o, en el peor de los casos, terminar sus días en un oscuro sótano con un soplete de acetileno para sacarle toda la información de que dispusiera, sin dejar espacio a dudas u olvidos.
Nunca subestimaba a sus víctimas, ni muchos menos a sus clientes. Es el precio de operar al margen de la ley; la única justicia de la que disponía y en la que podía confiar era en la que él, su inteligencia, su sangre fría y su dinero le podían conseguir. Y, por supuesto, su fiel rifle de francotirador.
Aún estaba sorprendido y excitado por la ocasión inmejorable que la fortuna había tenido a bien depararle. Su objetivo, al que conocía y, como el Cid y los aragoneses, para quien había trabajado antes de ser contratado contra él, le había llamado para encargarle un trabajo.
El iluso aspirante a cadáver le contrataba por tres objetivos, tasados en setenta mil euros la pieza. Hojeaba las hojas con la información sobre ellos que Venancio le había pasado, a quien Nerea se la había facilitado, fingiendo interés, pero no tenía el más mínimo interés en matar a ninguna de esas personas.
Probablemente, el modus operandi del contratador sería el habitual, la mitad del dinero antes del trabajo, en metálico (un asesino necesita siempre llevar grandes cantidades de dinero en efectivo), y el resto después, ingresado de una cuenta opaca registrada en un paraíso fiscal, a otra, quizá en la misma ciudad o en otra del estilo. Ciudades ricas y poderosas que se erigían sobre riquezas acumuladas siempre de manera ilícita: políticos corruptos, narcotraficantes, señores de la guerra, asesinos… Pero que valían lo mismo que las que las personas honradas consiguen a base de esfuerzo y privaciones.
Se autocomplacía el siciliano pensando en que su presa le iba a soltar más de cien mil euros antes de matarlo. Con un poco de suerte aún podría llevarse más dinero de esa casa, aunque odiaba improvisar, y él ya tenía muy bien planeado cómo actuar en la casa, salvo el método que iba a elegir para acabar con ese baboso narcisista y vano.
Luca distaba mucho de ser un necio.
Cualquier matarife del tres al cuarto lo hubiera asesinado a la media hora de entrar en la casa, tras asegurarse un mínimo de privacidad, o incluso en la puerta de un disparo con silenciador y hubiera huido para abandonar el país cuanto antes, pero no era su caso.
Él estaba sentado frente a su víctima, haciéndole creer que estaba siendo contratado, degustando un excelente whisky de las High Lands escocesas, de los de tres dígitos la botella.
Baby Face (le costaba esconder su sonrisa al pensar en el apodo) tenía las horas contadas, pero también tenía información y, como buen neófito en el mundo de la mafia, se daba ínfulas de hombre importante y bien relacionado, rajando en exceso ante los que sabía perros viejos, en un intento de congraciarse con ellos y sentirse a su misma altura. Y Luca Antonelli era un perro muy viejo.
Seguía disfrutando del magnífico whisky con el que Venancio lo agasajaba mientras pensaba: “Pronto estarás muerto, cabrón, y voy a disfrutar con ello.”
Demasiado zaforas. Demasiado llamativo. Demasiado ambicioso.
Había conseguido transformarse en un problema para los mismos que le situaron en la cumbre del narcotráfico y del negocio de los coches de lujo en el noreste español.
Además, para reforzar la convicción de que el tipo era idiota, le había llamado a él; el hombre de más confianza de los mismos que lo auparon, y a los que, de un día para otro, dejó al margen de sus negocios.
“Mala manera de tratar a la mafia, stronzo di merda.”
Venancio, alegremente ajeno a los pensamientos del sicario, contaba billetes que había sacado de su cartera. Billetes nuevos, de quinientos euros, para ver cuánto tendría que sacar de la caja fuerte.
Corpo di Baco, es completamente idiota. Espero que con su mujer resulte tan fácil”.
Luca no podía terminar de creerse su suerte. Su objetivo primario le facilitaba información y dinero, y ni siquiera había tenido que torturarlo. Ni aún amenazarle.
Tenía que ser un completo estúpido.

************

—Es la única opción cuerda que tiene, de hecho.
Jota y su padre se sobresaltaron al oír esas palabras.
El teniente López les miraba. Parecía haber aparecido de la nada, y tenía una expresión muy seria
—¡Teniente López, me ha dado un susto de muerte!
—Te vas a asustar más cuando sepas quién me envía.
—Estoy en mi día libre.
—Estás pendiente de un hilo muy fino, Javier.
Jota se puso tenso al oír la admonición que le hacía su superior, porque tenía siempre un trato agradable y se podía considerar su amigo, así que su circunspección le empezaba a asustar.
—¿Qui… quién le envía, teniente?
—Costa.
A Jota se le demudó el rostro.
En un momento, sintió como sus confidencias con su padre y, sobre todo, con Carolina, le pesaban como piedras de molino.

************

La comisaría se encontraba en un edificio gris y de sólida construcción. Monolítico, espartano, y Jota lo encontraba por primera vez desangelador.
El teniente López escoltaba a Jota y a su padre por los pasillos interiores de una de las plantas superiores, en la que Jota nunca había estado. Era la planta de los altos mandos, y no solía ser buena señal tener que visitarla.
Llegaron a la oficina del inspector jefe Costa. El inspector Lorenzo Costa era un aragonés de las cinco villas de estatura normal y complexión fuerte que mediaba los cincuenta. Tenía ojos astutos, mostacho negro, recto y poblado, engrisecido debajo de las fosas nasales de fumar. Era el único policía que fumaba dentro de la comisaría, siempre en su despacho, porque nadie tenía valor para importunarlo. Era demasiado respetado, tenía una ficha de más de treinta años de servicios intachable.
Llevaba todos los casos importantes. Era metódico, no dejaba jamás un cabo suelto, y se tomaba todo el tiempo que podía (a veces, las circunstancias exigían audacia, pero también lo tenía estudiado y previsto) antes de dar un paso adelante en sus investigaciones. Le gustaba que los delincuentes se sintieran seguros en sus actividades. A la larga, todos cometían algún fallo, y entonces él se lanzaba con la furia de un tiburón blanco que ha olfateado sangre fresca. Su palabra, guiada por una mente privilegiada para comprender la psique humana, especialmente la de los delincuentes, era la ley; en la comisaría y en los juzgados.
La mirada que dedicó a Jota cuando atravesó la puerta de su despacho le erizó todo los pelos de su cuerpo.
—Inspector Costa, le traigo al agente Guardiola, de la científica, y a su padre. Los he encontrado en el bar que me dijo.
—Gracias teniente, puede retirarse.
“Te quedas solo”, insinuó López con un leve encogimiento de hombros cuando salía dedicado a Jota.
Una vez que López hubo salido del despacho, el inspector Costa sacó un Montecristo de la caja de madera que tenía sobre su mesa, lo encendió con una cerilla y miró fijamente a Jota.
Jota hubiera dado la placa por que se lo hubiera tragado la tierra.
—De modo, agente Guardiola, que no siente la necesidad de comunicar cualquier información relevante a un caso que lleva la policía desde hace más de dos años a sus superiores… Interesante.
—Mi padre…
—¡Su padre no me interesa lo más mínimo! —espetó interrumpiendo a Jota—. Le hablo de esa chica… Carolina Campillo, a la que, por cierto, hace más de quince meses, pinchamos su teléfono.
—No creía que…
—¡Usted no tiene que creer nada, joder! Su trabajo es muy sencillo, ¿sabe quién sintetiza esa mierda que lleva analizando desde hace varios meses?
—No...
—Muy bien, muy bien, que siga siendo así. Su ineptitud podría habernos costado perder una pieza fundamental de la investigación. Es posible que su nombre ya figure entre los objetivos de la banda de aspirantes a mafiosos de playmobil que estamos cercando. Hoy sin ir más lejos hemos hecho el ridículo y destapado la investigación con una redada que ha sido un fiasco, ¡hostia!
Jota permaneció completamente callado, aguantando la carga a pie firme.
—Interesante grupo de hampones… Uno de ellos ha contratado a Luca Antonelli, es posible que le suene, y me relamo con la posibilidad de trincar a ese grandísimo hijo de puta cuando ningún otro cuerpo de los demás países de la Unión Europea y Estados Unidos lo han conseguido. ¡Por mis huevos que no voy a permitir que un crío me desbarate una operación que estoy llevando hasta el más mínimo detalle! Luca podría tener su nombre, agente Guardiola, aunque, o mucho me equivoco, o su contratador va a tener una desagradable sorpresa, igual que su mujer; una arpía que tiene el arma más peligrosa entre sus piernas. A los italianos no les gusta mezclar el placer con los negocios, y ese matrimonio no tiene maldita idea de con quién se están mezclando.
Jota sintió miedo. El inspector nunca daba información a la ligera.
—Perdone, inspector, ¿por qué me cuenta todo esto?
El inspector se sonrió al oír la pregunta y, sin dejar de mirar a Jota a los ojos, le dijo:
—Porque aún me puedes ser útil. Tú y el Clark Gable que tienes detrás. Carolina es la que fabrica esa mierda que tienes en tu laboratorio, pero nos falta descubrir para quién trabaja. Sabemos que no es para Venancio Renovalles, pero si sabemos que hay algún vínculo, y eso lo vais a descubrir vosotros, como me llamo Lorenzo. Y vais a hacer exactamente lo que os diga en cada momento, y me vais a tener muy bien informado, u os parto a ambos la crisma, y acabo con tu prometedora carrera —el inspector había pasado al tuteo deliberado— en el cuerpo.
»Y además os conviene. Ayer sacamos un cadáver del lago con el cráneo bastante magullado, y tiene que ver con este asunto.
»¿Os parece, ilusos, que esto es un jodido juego?



No hay comentarios:

Publicar un comentario