lunes, 15 de diciembre de 2014

Nuestra historia. XLI: Planes

Tras el capítulo de la pasada semana (40. Wellcome!) de Rosi Oliver Navarro, hoy la acción continúa...
El capítulo continúa con la entrada en el velatorio de Laura, amiga común de Ana y Olga. Ambas se funden en un intenso abrazo y tras comentar el sorprendente fin de su amiga rápidamente se ponen al día de la situación. Tras una larga charla Ana comienza a sentirse incómoda y se va para casa.
Ramón telefonea desde la cárcel a su hermano. Su planes habían fracasado y decide ir a por todas: las ordenes para Thomas eran que fuera al funeral de Olga, se presentara a todos como su hermano, cosa evidente dado su parecido físico y sembrara las sospechas, ya existentes en Pedro, sobre sus gemelas. Le daba igual todo, ya no había nada que perder y sí Ana no era para él, no era para nadie.
Al día siguiente Pedro y Ana se dirigen al cementerio para el funeral de Olga. Las contracciones cada vez son mayores, pero Ana resiste en silencio. Una vez allí Laura se une a ellos. Pero para sorpresa de todos aparece Thomas, siguiendo las directrices de su hermano. Pedro echaba chispas y Ana se quedó totalmente sorprendida al conocer de la existencia de un gemelo de Ramón, casi idéntico.
Las contracciones hacen que la pareja tenga que abandonar rápidamente el funeral para dirigirse al hospital. Allí comienza el protocolo para el parto hasta que dejan de oírse los latidos de una de las niñas. Viene con una vuelta de cordón y tendrán que practicarle una cesárea de urgencias, así que sacan a Pedro de allí y llevan a Ana al quirófano. Otro pinchazo de epidural y en diez minutos larguísimos para la mamá las pequeñas estaban fuera perfectamente.
Tras verlas Ana son llevadas fuera para que las conozca el papá que espera impaciente con su hermana y sus padres. Es en ese momento cuando...
¿Quién aparecerá ahora en escena? ¿Qué será lo próximo? ¿Caben más sorpresas? ¿Cual será el veredicto para el juicio de Pedro finalmente? ¿Qué papel desempeñará Thomas guiado por la perversa mente de su hermano? ¿Y Ramón, qué tal le irá en el nuevo módulo? No os perdáis el capítulo de hoy.



XLI. Planes.

...Ían hizo su aparición en la sala de espera a la vez que las gemelas, provocando el estupor del grupo mientras la enfermera, contrariada, les aproximaba a las recién nacidas.
Pedro fue el primero en reaccionar. Miró a las niñas, y su rostro pasó del pasmo a la más profunda ternura en un instante. Se sintió padre en ese mismo momento por primera vez en su vida. No se parecía a nada que hubiera experimentado o imaginado antes. Sentía un vínculo ancestral con unos seres que acababan de nacer, una unión sentimental más fuerte que cualquier otra. De repente, muchas palabras de sus padres acudían a su mente, y el misterio de la vida, aunque irresoluble, se le aclaraba poco a poco.
Perdió completamente la noción del tiempo y el espacio entre suaves caricias, que interrumpió a recomendación de la enfermera, y sosteniendo a ambas, una con cada brazo (ante la atenta mirada de la enfermera) mientras se movía en un vaivén sutil.
Pocos minutos después, recuperó una expresión algo más seria, dejó a tía Sandra y a la yaya Irene sendas gemelas, y se acercó a Ian, que había permanecido todo el rato en respetuosa expectación.
—¡Qué sorpresa verle por aquí!
—Bueno, llevo una curiosa racha de sorpresas desde que entrasteis en mi vida.
Ian pasó deliberadamente al tuteo, aunque su intención no era aviesa.
—¿Qué querías? —preguntó Pedro.
—Comunicaros que vamos a retirar las acusaciones.
—¡Cómo! ¡Dime que no me estás engañando! —Pedro paró un momento para apaciguar su excitación inicial—. Perdona, pero yo también llevo unos días de locas sorpresas, y no me fío de nada.
—No, no te estoy engañando. Mi madre no quería desde el principio, y en mi caso, que reconozco que lo había encarado como algo personal, los últimos acontecimientos me han hecho cambiar mucho. Primero la reaparición fortuita de Olga, ¿sabes que me preguntó por nuestro litigio?
—¿¡Qué!?. Mira, no se lo que teníais vosotros, ni por qué te llamó, ni cómo consiguió tu número, pero para que te hagas una idea, gracias a nuestro vecino, descubrimos que entró en nuestra casa, e intentó sembrar la discordia entre mi pareja y yo.
—Pues actuó como si no te conociera, y supongo que estaría al tanto del juicio.
—Sí, pero desde el día del accidente había cambiado mucho nuestra relación. No quiero estropear tu recuerdo de Olga. Simplemente digamos que no nos trató bien.
—Para mi decisión esto da igual. La conozco muy bien desde hace tiempo y te aseguro que Olga ya pertenece al pasado. Me da igual cuales fueran sus intenciones. Mi madre además, es tajante; de ninguna manera quiere poner en peligro el desarrollo de un niño recién nacido.
—Le puedes decir que son dos niñas, incluso podéis venir un día a casa a conocerlas.
—Gracias, quizá lo hagamos. ¡Por cierto!...
Ian, que después de un apretón de manos ya se marchaba, se paró un poco antes de llegar a la puerta. Pedro, que ya había vuelto con su grupo, se giró sorprendido.
—Dime.
—Mi abogado me ha contado lo que el perito encontró en tu móvil, y he tenido acceso a algunos archivos. Quería que lo supieras por dos motivos; uno, que soy un tipo inteligente y que sospeché de Olga desde el primer momento, y otro, que no soy un cabrón. Estoy seguro de que aquel día estabas al límite, y no creo que Olga apareciera en mi vida por petición tuya.
—Muchas gracias, antes con la emoción no te las he dado.
—De nada, os deseo lo mejor a todos. Es posible que nos volvamos a ver.
—Hasta pronto entonces.
—Hasta pronto.
Pedro volvió con el grupo, y por fin pudieron disfrutar plenamente de las niñas todo el tiempo que les permitió la enfermera, que aunque fue mucho, les pareció poco.

Teresa mira con expresión de suma preocupación a Ana. La accidentada intervención forzó que la cesárea se hiciera con epidural, así que la doctora Retuerto estaba plenamente consciente cuando terminaron de coserle y el equipo médico se hubo marchado.
La noticia que Teresa le acababa de comunicar era feliz, pero terrorífica.
—¿Estas segura?
—Completamente, Ana. He vuelto a analizar la primera muestra de sangre y cada una de las que te han extraído en tus últimas estancias en el hospital. He invertido mucho tiempo libre en ti. Te quiero y si era capaz de pedir tu castigo cuando parecía que lo merecías, siempre lo seré en ayudarte hasta el final en todo lo que pueda.
—Muchísimas gracias Teresa.
—Sí, sí... El caso es que ningún análisis posterior al primero ha dado positivo en VIH, pero la primera muestra si que tiene virus del VIH, sin ninguna duda.
—¿Cómo es posible?
—Necesariamente, alguien contaminó la muestra. He mirado el horario de laboratorios, las asignaciones de investigación y cualquier información referente al uso del laboratorio donde se analizó tu prueba, y no había ninguna prueba que involucrara cultivos de virus, análisis de potenciales seropositivos o sangres no controladas. No queda otra posibilidad.
—¡Dios mío! ¿Quién habrá podido ser?
—Pues tengo mis sospechas. Alguien que puede moverse por el hospital con libertad, y que conoce bien la distribución del mismo. ¿Se puede saber en qué andas metida? Ha tenido que ser el mismo al que trataste de encubrir, ¡Ramón!
—Ahora ya está en la cárcel.
—Y esperemos que por mucho tiempo. Nunca me fié completamente de él.
—Tiene una mente muy retorcida, y es capaz de cualquier cosa por conseguir lo que quiere. No se cómo nos pudo tener engañados tantos años.
Ana pensaba también en Olga. Su mejor y más malvada amiga. ¿Qué demonios pasa en las cabezas de algunas personas para que actúen así? Dos personas a las que creía conocer, sobre todo a Olga. Creía conocer bastante bien a Ramón a pesar de sus repentinas ausencias prolongadas. Ahora solo esperaba que estuviera toda la condena en la cárcel, por su bien y el de su familia.
Teresa se despidió con un abrazo y salió a proseguir su turno. A la salida avisó a la enfermera de que ya podía comunicar a familia y amigos que podían pasar a ver a la madre.
Una vez con todos los amigos y los padres de Pedro, por fin disfrutaron de un momento de felicidad colectiva todos los que aún formaban parte del grupo original, y parecía que la nueva normalidad no tardaría en llegar. Incluso empezaron a planear qué harían los próximos meses... Su vida nunca volvería a ser lo que fue, pero al menos, la podrían vivir felices.

Mientras tanto, dos hermanos conversan separados por un cristal mientras sujetan sendos teléfonos.
—Olga ha muerto.
—¡Joder! ¡Maldita inútil! —con su hermano no necesitaba simular empatía—. ¡No te puedes fiar de nadie para hacer bien un trabajo!
—Y Ana se ha puesto de parto en el juicio contra Pedro. Se han ido al hospital, pero me ha sido imposible seguirles, así que me he venido aquí a contártelo.
—Gracias hermano.
Permanecen unos minutos callados mientras Ramón piensa con la mirada perdida. Asusta cuando mira así, ladino, perverso.
Su hermano, sin embargo, le mira con una mezcla de confianza y orgullo. Le gusta que su hermano sea peligroso. Hasta hace poco, era el único que realmente le conocía y sabía a dónde podía llegar por conseguir lo que deseaba. Ramón era algo más pequeño, y su hermano había podido comprobar cómo se iba desarrollando un pequeño psicópata, que no necesitaba llegar a grandes extremos para conseguir lo que quería en el patio del recreo y en las discotecas light, y cuya sagacidad le llevó pronto a comprender que era peligroso comportarse siempre como si el mundo le perteneciera, y empezó a moderarse y a adoptar una apariencia normal, incluso cariñosa, pero algo distante.
Ahora esa apariencia se había ido por la cloaca. Patricia, Ana, Mary, Pedro... todos habían visto su verdadera cara. Tenía que hacer algo, ¿pero qué?
Un plan que le solucionara la vida tendría que ser grande, muy grande. Tenía que salir de la cárcel, claro. Su hermano no podría hacer nada mientras él estuviera dentro. Peligro de perder un valioso peón, ¡el último tras la pérdida de Patricia! Porque... Patricia estaba perdida, claro. O... quizá no...
La perturbada mente de Ramón mantenía un diálogo consigo misma.
«Sí. Nunca me podré fiar al cien por cien de ninguno de ellos. Patricia me traicionó en Pau, Pedro me quitó a Ana, y Ana me niega mis hijas. Sí, sí... todo empieza a encajar. No será demasiado difícil.»
Ramón empezó a reírse en voz alta, una auténtica risa siniestra. Entonces asió el teléfono, golpeó dos veces el cristal y, cuando su hermano se lo hubo puesto de nuevo en la oreja, empezó a hablar.

—Escucha exactamente lo que quiero que hagas, hermanito...

No hay comentarios:

Publicar un comentario