lunes, 22 de diciembre de 2014

Nuestra historia. XLII: El muro.

Tras el capítulo de la pasada semana (41. Planes), hoy la acción continúa...
El capítulo continúa con las gemelas presentadas a la familia en la sala de espera y es Ian el que aparece en escena. Pedro, que acababa de experimentar por primera vez la fantástica sensación de ser padre entregó a las gemelas a su hermana y madre y se interesó por las intenciones del pelirrojo. Este le comentó que tenían intención de retirar la denuncia y que había sospechado de la aparición de Olga desde un principio ya que tuvo acceso a "ciertos archivos" del móvil de Pedro a través de su abogado. Tras una breve conversación su relación se tornó amistosa y se despidieron.
Mientras Teresa permanecía junto a Ana y esta le informa tras el parto de que la primera muestra de sangre que le extrajeron sí que portaba el VIH, pero el resto ya no. Sin duda esto se debía a que alguien había contaminado necesariamente la primera muestra intencionadamente. Alguien con acceso total al hospital, no tardaron en concluir que sería Ramón.
Teresa se despide de Ana y el grupo pasa a ver a la reciente madre y disfrutar por fin de un ratito de felicidad.
Mientras en la prisión Thomas informa a su hermano del fallecimiento de Olga y de que Ana se ha puesto de parto. Ramón tras una maquiavélica divagación va a comunicar a su hermano lo que quiere que haga...
¿Qué querrá Ramón de su hermano? ¿Qué será lo próximo? ¿Cuales serán sus planes? ¿Caben más sorpresas? ¿Qué papel desempeñará Thomas guiado por la perversa mente de su hermano? No os perdáis el capítulo de hoy.
En cuanto a su creador, comentar brevemente su capacidad para engancharse al proyecto sobre la marcha, su reflexiva visión de la situación y su fascinante habilidad para hilar un capítulo en el que nos reconcilia a Ian con la familia de Pedro y Ana, resuelve el tema del juicio y zanja el misterioso problema del VIH, además de sumergirse en la mente perversa de Ramón y dejarnos expectantes  y ansiosos por leer el próximo capítulo. Esta es la obra del gran... Alfredo Lezaun Andréu, al que agradecemos su entrega total con el proyecto.



XLII. El muro.

El silencio envolvía la habitación, apenas se escuchaban los tímidos canturreos de los gorriones que anunciaban la llegada de un nuevo amanecer. Jamás hubiera creído que iba a disfrutar tanto de un momento así... en silencio. Lucía y Candela habían acaparado su tiempo, su alma, su vida... Era genial tener un momento para pensar, para darse cuenta de cuanto habían cambiado sus vidas... Para disfrutar de aquella maravillosa estampa: Candela tumbada sobre el torso de Pedro, dormidos ambos profundamente. Parecía que hasta sus respiraciones se habían acompasado al mismo ritmo. Y en sus brazos Lucía, tan bien dormida al fin.
Había sido una noche larga, tenía sueño pero hubiera vendido su alma por inmortalizar aquel momento en familia, tranquila, relajada, admirando a los tres seres que más quería. «Hoy va a ser un gran día», se dijo a si misma, y se incorporó para dejar a Lucía en su cunita.
Se metió en la ducha, dejo que el agua caliente resbalara por todo su cuerpo, se apoyó con sus estilizadas manos en las baldosas y dejó que el agua y el calor la transportaran a otro de los mejores momentos de este GRAN DÍA.

La calle estaba abarrotada, parecía mentira que fuera tan pronto. Se dirigió al hospital y al llegar a recepción saludó a sus compañeros y solicitó su sobre...
Tras recogerlo se dirigió a la Plaza Mozart, allí creía que pasaba el bus que la llevaría a su destino. Al llegar a la parada una señora de unos ochenta años aguardaba en un banco con una bolsa de cuadros escoceses gigante, abarrotada. Ana le preguntó:
—Disculpe, aquí se coge el autobús a la prisión Moss.
—Sí hija, sí —contestó la mujer, y se sentó a su vera a esperar.
Pasado unos minutos llegó el autobús. Ana no veía el momento de llegar, tenía ganas de ver su cara, tenía ganas de…
Se sobresaltó al escuchar el silbido de su móvil que anunciaba el mensaje entrante. Se apresuró a leer, era Pedro:
“Tardarás mucho? Candela y Lucía siguen durmiendo pero yo echo de menos tu beso de buenos días”
“No Pedrito, no. Te lo prometo…” (contestó Ana)
Guardó su móvil y se dispuso a “disfrutar” del paisaje, a mirar al infinito, a no pensar… y se quedó ensimismada pensando en NADA…
Pasada casi una hora llegó a su destino. Cómo imponía aquel edificio. Nunca había estado en una cárcel. Ayudó a la señora de la bolsa de cuadros a bajar del autobús y las dos se dirigieron hacia lo que parecía una puerta. No habían compartido ni una sola palabra pero aquella señora le caía bien, le resultaba agradable, buena gente. La mujer le agarró fuerte de la mano y le dijo:
—No te asustes hija. Se nota que es tu primera vez, pero no tengas miedo. Esto impone pero no deja de ser un edificio adornado con rejas.
Ana sonrió y respondió.
—Gracias.
Al entrar le solicitaron la documentación y les preguntaron a qué preso iban a visitar. A continuación pasaron a una pequeña sala acristalada, vieja y sucia donde dos mujeres con cara muy desagradable las cachearon y las acompañaron hasta el detector de metales. Tras este detector accedieron a otra sala alargada, un poco más limpia, donde aguardaban otras visitas. No podía creerlo, allí estaba… Parecía que se encontrara en frente de Ramón, era exactamente igual a él. Al verla abrió aún más esos enormes ojos y se echó para atrás, como queriendo escapar de aquella incómoda situación.
—Hola, soy Ana.
—Lo sé —contestó Thomas.
—Eres el hermano de Ramón, no hay duda… —dijo con cierto aire de chulería.
—Sí, soy yo. ¿Qué haces tú aquí?
—Vengo a ver a Ramón, como tú, supongo. Hay pocas cosas más que hacer en un sitio así, ¿no? —Ana no podía creer que sangre fría estaba teniendo para hablarle así, pero se sentía fuerte, valiente—. Vengo a ver a tu hermano, a preguntarle cómo está, a intentar recordarle lo que un día fue, mi amigo, y a decirle ADIOS para siempre.
—Umm… —murmuró Thomas cerrando los ojos, sonriendo y poniendo una cara de esas que dicen: “¡que te lo has creído!”.
—Sí, ya se que no me crees, por eso te voy a pedir que entremos juntos para que lo compruebes por ti mismo.
—De acuerdo —asintió—. Ningún problema.
Seguidamente un señor grande, gordo, sudoroso y mal oliente abrió la puerta de metal que había en la sala y les dejó adentrarse en la llamada “Sala de visitas”.
Ana siguió a Thomas, ambos se sentaron en una mesa al fondo de la sala. Segundos después aparecieron los presos por la puerta situada justo frente a sus ojos. No dejaban de entrar presos uno detrás de otro, pero Ramón no aparecía…
Se cerró la puerta tras el último reo y Ramón no había comparecido. Su hermano se dirigía hacia el funcionario para preguntarle cuando se abrió la puerta. Allí estaba, bastante desmejorado y más delgado, y con alguna marca en la cara que no reconocía Ana.
Vio a su hermano, y este ladeando la cabeza le dijo:
—Mira quién ha venido.
No podía creerlo. Se restregó los ojos incluso. Ana entonces se incorporó y dijo en voz alta:
—Sí Ramón, soy yo.
Él se acercó lentamente hasta la mesa donde se encontraba admirándola como nunca había hecho y se sentó frente a ella.
—Ana, yo... Quería...
—No Ramón. La que he venido a verte soy yo, y la que quiere hablar soy yo. Así que agradecería que te callaras y me escucharas atentamente.
Asintió con la cabeza y se le escapó una sonrisa un poco maligna...
—Primero, ¿qué tal estás? —prosiguió Ana—. No debería preguntarte, solo reprocharte, pero para poder recibir hay que dar primero, ¿no? Pues yo acabo de poner la primera piedra para construir el muro.
—¿Qué muro? —rió Ramón.
—El que va a aparecer en breves momentos entre tú y yo...
—Venga Ana —Ramón rió a carcajadas.
—¿Cómo estás Ramón? —repitió Ana.
Estaba perplejo. No sabía si era una broma, si venía a reprocharle, a preguntarle... Estaba totalmente desconcertado pero como si no entraba en el juego, al parecer no iba a averiguar de qué se trataba, contestó a Ana cortésmente.
—Bien, estoy bien.
—Me alegro —sonrió Ana vagamente—. Sólo he venido a decirte que jamás te hubiera creído capaz de hacer todo lo que has hecho. Te has transformado en una persona que yo no conozco y a la que no quiero conocer. No quiero entrar en un montón de reproches sin fin, lo pasado, pasado está. Sólo quería decirte que le digas al Ramón al que yo conocí, que le quiero y le echaré de menos... A este nuevo Ramón sólo me queda darle esto.
Ana sacó de su bolso el sobre que había recogido en el hospital.
—¿Qué es esto? —preguntó alucinado.
—Es un regalo para TI, de MÍ, por ser TÚ.
—Gracias Anita.
Parecía que el tiempo se había detenido. Los segundos se hacían eternos mientras Ramón abría el sobre y se disponía ingenuamente e ilusionado a leer.
Acto seguido se quedó perplejo al comprobar lo que tenía delante. No podía creer lo que estaba leyendo ni quién se lo había traído. De repente su sonrisa maligna comenzó a borrarse de su cara.
—Sí Ramón —dijo Ana satisfecha—. Es un análisis genético que Pedro se hizo. Así es, ¡Pedro es el padre! —sonrió finalmente.
La cara de Ramón se desencajaba por momentos.
—Este es el muro del que te hablaba al principio —prosiguió Ana—. Este es nuestro muro. Ahora nada nos une, nada nos ata. No hay nada que recuperar, nada que intentar. Sólo decirte hasta siempre y que le des un enorme beso a mi Ramón, a mi amigo...

Ana se levantó, caminó lenta pero intensamente, segura y orgullosa de si misma. Ramón y su hermano, perplejos, observaban detenidamente cómo Ana se alejaba para de ellos para SIEMPRE.

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