sábado, 16 de mayo de 2015

Colección Cupido 2015: Microclimas. Begoña Fidalgo Domingo.

Otro nuevo relato perteneciente a Colección Cupido 2015 nos llega hoy de la mano de Begoña Fidalgo Domingo. Esta autora turolense afincada en Zaragoza debuta en sus colaboraciones en Zarracatalla Editorial y esperamos que sea la primera de muchas, ya que su estilo es impecable; narrando en primera persona, con los diálogos justos y una fantástica forma de describir lugares y sensaciones por las que pasan o experimenta su protagonista, en esta historia en la que el cambio de una vida rota y el volver a empezar sirven de trasfondo y motor de arranque. Así que aquí os dejamos su presentación en nuestro blog, deseando que paséis un buen rato. Permaneced atentos porque en muy poquitos días abrimos el plazo de reserva de ejemplares, en los que estará incluido este texto, y anunciaremos más novedades.

Besetes a tod@s. Nos leemos.


MICROCLIMAS

Mi marido me dejó con las primeras nieves. Se llevó una maleta llena de ropa de abrigo y luego mandó a una empresa de mudanzas a por el resto. El otoño había sido muy lluvioso, enmoheció hasta las baldosas del baño,  y cuando llegó el frío ya estábamos calados hasta la espina. Acabamos sin ni siquiera darnos cuenta si al otro le seguía latiendo el corazón. Después de marcharse estuvo nevando durante días hasta cubrir las repisas de las ventanas. En el trabajo pedí unos días de baja médica, por resfriado creo recordar, buena excusa para una meteoróloga.
Algunas mañanas la nieve caía lenta, zigzagueando, como si no se quisiese posar en el asfalto de la calle, y yo aprovechaba para hacer algún pequeño recado, pero casi nunca pasaba de la farmacia.
Otras mañanas la nieve caía con dureza, como queriendo clavar los copos en los cristales.
Las tardes eran cortas, oscurecía muy temprano, casi con crueldad. Yo encendía velas con olor a sándalo, siempre me desagradó enormemente el olor a sándalo, despedían un tufo que me atontaba. Cuando las velas se consumían y solo quedaban hilillos negros ascendiendo hacia el techo me fumaba las pavas de los cigarros.
Por las noches siempre había ventisca, hasta que empecé a tomar somníferos. Con las pastillas dormía sin profundidad, pero al menos descansaba varias horas seguidas.
Por la mañana me ponía de puntillas en la ventana para ver la calle, incapaz de limpiar los bloques  helados de nieve, y esperaba a que los plásticos de los tendederos empezaran a ceder por el peso de la nieve. Cuando, de golpe, caían en la cabeza de algún viandante sonreía con desgana. En una esquina de la calle, bajo una chapa que hacía de tejado y un harapo de cuadros que colgaba, dormía un indigente. Se le veían los pies envueltos en unas bolsas de unos grandes almacenes.

Enfrente vivía yo.

Una mañana la nieve se apilaba tanto en el alféizar de la ventana que tuve que subirme en una caja de madera de cava, todavía sin descorchar. Luego saqué una de las botellas y empecé a empujar la nieve con tanta fuerza que casi me venció el cuerpo hacia la calle. Dudando solté la botella hacia el vacío y yo me quedé dentro, sentada en la caja y abrazándome las rodillas como una niña.
Al rato miré a la calle. Estaba vacía, con los cristales esparcidos llenos de espuma. En la esquina, el tejado de chapa del indigente había desaparecido dejando un pequeño hato que le hacía de almohada. Todavía estaba la marca hundida de su cabeza. Un pequeño espacio, todavía seco, lo recordaba. A lo largo de la calle había huellas de haber arrastrado algo sobre la nieve.

Aquellas huellas me crujieron de tanto hielo.

La nieve siguió posándose en la repisa de la ventana que había limpiado, el frío se colaba dentro de la casa, como si los burletes estuviesen resecos. Entonces, una corriente de aire a ras de suelo me helaba los pies y escalaba por las cervicales hasta paralizarme la nuca. Pensé en la ventisca de la noche anterior, en el indigente que tantas veces se lo había llevado la policía a un refugio.
Me estremeció la idea de que un día, después de dejarme varios avisos para poder leer el consumo de electricidad, me encontrasen congelada con tanto somnífero. Si los bomberos llamaban a mi marido para identificarme no quería que me encontrase como un charco que dejó el deshielo.
Decidí volver al trabajo y solicitar un traslado hasta que llegase la primavera. Me dijeron que la plaza vacante más inmediata era en una estación meteorológica de monte. Antes de conocer a mi marido había trabajado en una estación de ese tipo y los métodos de medición y registro de datos seguían siendo los mismos. La estación estaba en medio de un inmenso pinar y carrascal, y el presupuesto sólo daba para un técnico. A mi predecesor le acababan de dar la baja indefinida por insomnio. No soportaba los bramidos de los corzos por las noches.

Nevaba en la ciudad el día que me marché. Fui muy temprano a correos y dejé recado al cartero para que me guardase el correo en la estafeta y las cartas que llegasen a nombre de mi marido, que hasta entonces habían ido a la basura,  se las enviase a su nueva dirección. El día que se marchó me la dejó anotada en un pósit pegado en mi paquete de tabaco. El mismo pósit se lo pegué al cartero en el mostrador, no quería que ni siquiera nuestras cartas ocupasen el mismo lugar.
Las plantas del salón que necesitaban más riego las saqué a la terraza. Eran plantas de interior y no resistirían el frío, pero sin agua no tenían ninguna posibilidad. Quizá así se harían más fuertes y aguantarían hasta la primavera, o quizá muriesen con el hielo de la primera noche.

No me importaba.

Nevaba y me puse en marcha. El coche que me dejó la empresa empezó a patinar por el hielo de la noche pasada, pero poco a poco se fue encajando en las carriladas que dejaban los otros coches y salí de la ciudad.
Antes de mediodía llegué a la gasolinera del pueblo más cercano a la estación meteorológica. Paré para llenar el depósito de gasoil, me equivoqué y cogí la manguera de gasolina sin plomo, y antes de que la locución del surtidor acabase de decir la gasolina que iba a echar, salió el gasolinero sosteniendo un bocadillo entre los dientes y poniéndose el anorak.
Pensé en mi marido, él no se equivocaba en estas cosas. Me cogió la manguera de las manos y la colocó en su sitio. Mientras se abrochaba hasta arriba la chaqueta me indicó con la mirada la boca del gasoil. Le entregué uno de los vales que me habían dado con el equipaje de supervivencia y, mientras mordía de nuevo el bocadillo, lo anotó en un cuaderno sin tapas que colgaba de un gancho. Le pregunté por el baño. Entré, me lavé la cara y miré al espejo.

Unas gotas brotaron de mis ojos, probablemente del frío.

Cuando salí el gasolinero estaba sentado junto a un pequeño calefactor, me miró de reojo, y al final arrancó un trozo de hoja y me anotó la frecuencia para utilizar la emisora en la zona.
—Sólo llame si la nieve le llega al cuello —me dijo.
—Descuide.
Empecé a colocar las cadenas en las ruedas del coche. Primero con guantes y luego sin ellos. Di tres vueltas alrededor del coche y otras tantas cambié las cadenas de rueda, en ninguna parecían encajar a la primera. Miré hacia el interior de la gasolinera y el gasolinero reponía los estantes de las patatas fritas.
Esa tarea le llevó su tiempo, exactamente el mismo que a mí colocar las cadenas en las ruedas.
Entré de nuevo al baño a lavarme las manos y, después de secármelas, tiré el papel al suelo. Esta vez no me miré en el espejo. Compré unos botes de mermelada casera y una barra de pan todavía caliente que sostuve unos instantes entre las manos.
—No muy lejos de la estación vive un forestal, le venderá leña si le hace falta —me dijo.
—Gracias.
Le entregué otro vale al gasolinero y él lo anotó en otro cuaderno que tenía al lado de la caja registradora. Salí y comprobé las cadenas, estaban bien fijas y continué el viaje. Al rato, miré la carretera por el retrovisor y varias curvas se perdían a lo lejos, al frente una larga recta. Con las manos limpié el cristal que se había empañado y se me quedaron heladas, las ahuequé tapándome la boca, primero una y luego otra, y un aliento tibio las reanimó.
Cerca de la estación, por el mapa que llevaba en la mochila, había una cabaña de piedra que era el alojamiento del meteorólogo. La que iba a ser mi casa. El coche todoterreno chafaba la nieve a su paso como si fuese un tanque y partía las ramas pequeñas de los pinos que se inclinaban al camino.
Al chocar con las ramas más gordas me agachaba asustada como si me fuesen a golpear.
El sendero se iba cerrando por el poco uso y el parabrisas del coche se llenó de hojas y de nieve. Paré el coche al pasar por una vaguada que bajaba hasta un arroyo y puse la marcha reductora. A lo lejos, donde más se encajonaba el riachuelo, asomó una hilera de humo que ascendía hasta las nubes. Pensé que era donde vivía el forestal. Y en ese momento, si hubiese visto un pequeño sendero, aunque hubiese sido caminando, abandonando el coche, llenándome de barro y arañándome con las ramas, lo hubiese seguido, pero las zarzas y trozos de pinos caídos lo cubrían todo.
Solo estaba, apenas marcado, el sendero que seguía recto hacia la estación.
Subí al coche y la pierna que sujetaba el embrague no dejaba de temblar. El resto del cuerpo también se sacudía y los dedos de las manos se marcaron en la goma del volante. Accioné el limpiaparabrisas y me sequé los ojos. 
La cabaña de piedra estaba en un pequeño claro que dejaba el pinar. Parecía un trozo de madera en medio de una sábana. Ese era el punto que indicaba el GPS y allí paré. Me acordé del indigente y de su tejado de chapa. Salí del coche y respiré profundamente, unos copos de nieve se me metieron por la nariz y me hicieron estornudar. Me quedé plantada en la nieve como si cada estornudo me hundiese un poco más, y me empapé los pantalones hasta la rodilla. Volví a respirar exageradamente, levantando los brazos y girando sobre mí misma.

Grité y unos picapinos se cambiaron de árbol.

Con las pisadas formé un círculo en la nieve, y pronto una corriente subterránea de agua embarrada los llenó. Saqué la llave de la guantera y tintineó el llavero con un pequeño bibelot colgando de una cadena. Mi marido en una ocasión me había regalado un bibelot, se lo embalé con la mudanza. Me puse las botas de agua que había en el maletero y el anorak que me iba bastante grande, pero llevaba borreguillo por dentro. Cogí la mochila y un maletón con instrumental de recambio para los termómetros y pluviómetros y anduve con zancadas grotescas hacia la casa.
Me costó meter la llave en la cerradura, hacía tiempo que no trabajaba con guantes. Dejé caer de golpe el maletón, ni siquiera me acordé que el instrumental era delicado. Me quité los guantes y los colgué en un clavito de la pared. Había dejado de nevar.
En la entrada de la casa había una alfombra de arpillera. Un tronco seco de higuera decoraba la fachada y las ventanas estaban casi tapadas por la nieve. Abrí todas las contraventanas de par en par, lanzando toda la nieve con fuerza. Esta vez no necesité ninguna botella. Emití un grito agudo, con entonación al final, como un aullido.

Un tenue eco respondió después de un breve silencio.

De repente, como si un  mecanismo me hubiese accionado los brazos y las piernas, salí corriendo afuera, y empecé a formar bolas y bolas de nieve, y a lanzarlas, a los pinos, a la fachada, a las piedras, al aire. Todo quedó espolvoreado, y en silencio, sólo se oía mi respiración. 
Dentro de la casa, nada más entrar, había una cocina-comedor con unos aparadores llenos de cazuelas y algunas latas de legumbres. Se había pasado la hora de comer sin darme cuenta. En un rincón estaba la chimenea vacía, estaba barrida la ceniza, y al lado estaba el fuelle y unos periódicos plegados. Busqué el baño, saqué de la mochila el neceser y empecé a colocar mis botes en los estantes, buscando su sitio a cada cosa.

Todo el estante para mí.

Quité las telarañas del espejo y puse una toalla limpia. Una escalera de madera en forma de caracol subía a una habitación abuhardillada. El hueco de la escalera hacía de leñero, y apenas quedaban unos restos de leña, cáscaras de tronco de encina y piñas secas. Suficiente para unos días, avivaría el fuego con trapos y aceite si hacía falta.

Me las arreglaría sin pedirle leña al forestal.

Arriba, en la habitación había dos literas con colchones de espuma y una pila de mantas. Puse el pijama de felpa en la litera de abajo, encima de una almohada amarillenta que cubrí con una funda de flores. A mis libros les tocó la litera de arriba. Soplé el polvo de una estantería y dejé el reloj. Me senté en el colchón, apoyando los codos en las rodillas, mirándome los pies.
Bajé a buscar las placas solares. Estaban descargadas. Más tarde buscaría el grupo electrógeno de emergencia para la noche. Al mirar la vaguada del arroyo, una ligera niebla lo cubría. Salí de la casa dejando la puerta abierta, para que se fuese el olor a cerrado.

A mi marido no le gustaba nada ventilar.

En un cerro cercano estaba una pequeña edificación. Era la estación meteorológica y parecía un faro guiando a los habitantes del pinar. Llevé algunos aparatos a la estación y comprobé los que estaban en buen uso. Cambié filtros y arandelas oxidadas y vacié el agua corrompida de un depósito. Al vaciar el agua, salió flotando un lagarto ocelado, en el otoño, buscando resguardo, se cuelan por las rejillas y luego no saben salir. El pobre animal se había mimetizado con el entorno, el agua y el tiempo lo habían dejado absolutamente blanco, ni restos de su precioso color verde.

Lo guardé en un bote con alcohol para disecarlo.

En la mesa de mediciones puse un frasco con agua limpia y una ramita de encina. Con unas piñas y hojas de pino formé un pequeño centro floral. Barrí el suelo de tarima y me sorprendí canturreando. Dejé la emisora radio-frecuencia en una estantería sin ni siquiera comprobar si funcionaba. Cerré las cristaleras, afuera empezaba a nevar. 
La tarde estaba cayendo y me fui de la estación hacia la casa. Al día siguiente pondría un foco en lo alto de la estación para guiarme por la noche, cuando las noches de luna llena saliese a pasear con las raquetas de nieve. También pondría unas piedras en la entrada, para no meter el barro dentro. Y arreglaría las jardineras para cuando se pudiese plantar. Me acordé de las macetas de mi terraza, hasta cuándo resistirían. De camino a la casa fui recogiendo algo de leña.
Seguía nevando y los copos caían como bailando, dejé la leña en el suelo y empecé a juguetear queriendo atrapar la nieve con las manos, pero irremediablemente se posaba en el suelo. Ya estaba anocheciendo y detrás de mí oí unas pisadas sigilosas, acompañadas de unos chasquidos de ramas. Eran una pareja de corzos, el macho más altivo, empezó a bramar, haciendo pequeñas embestidas, marcando su territorio. La hembra más sumisa olisqueaba el aire y me miraba y lamía unas hojas de encina.
Dejé el baile con la nieve y empecé a gritar y bracear, haciendo círculos alrededor del montón de leña, paraba, olisqueaba el aire, y volvía a gritar como un indio alrededor de la hoguera, implorando lluvia para las cosechas. Luego corrí hacia ellos tropezándome con las botas de goma.

Se marcharon y a cierta distancia siguieron observándome.

Los pájaros nocturnos empezaron a cantar, recogí la leña y continué hacia casa. Miré a la vaguada y un humo bajo inundaba el valle, trayendo un olor a monte, a leña de hogar. Apreté contra mí el fajillo de leña, al día siguiente saldría a por otro, y al siguiente otro. La noche iba a ser muy fría, la aureola rojiza de la luna no fallaba, el viento había empezado a soplar y probablemente habría ventisca por la noche.
Entré en casa y busqué en la mochila un jersey nuevo de lana con muchos colores. Intenté encender la chimenea con la leña recogida y se llenó toda la cabaña de humo, tenía que dejar secar la leña de un día para otro. Las ventanas seguían abiertas, pero el humo no se salía. Los ojos me empezaron a llorar con la humareda. Al principio lágrima a lágrima, con reparo, pero no conseguía sacar el humo y se agarró a las paredes y a mi garganta. Me dejé llevar, y lloré.
Entré en casa y busqué en la mochila un jersey nuevo de lana con muchos colores. Al pasar junto al hogar vi que de su interior colgaba una cadenita, tiré y se abrió una chapa que era la entrada del aire de la chimenea. Encendí una cerilla y la apreté bien a los periódicos arrugados, al instante prendieron formando una deslumbrante llamarada azul y roja. Me quité el jersey y me puse el pijama.

Quizás en primavera, cuando ya no necesitase la leña, iría a  saludar al forestal.

Me senté en un sillón frente al fuego y empecé a dibujar unas casitas que haría de madera y colgaría en el pinar para que los pájaros anidasen la próxima primavera. Los dibujos me salían muy desproporcionados y me reí. Fui a buscar el bote de mermelada y el pan y me senté de nuevo junto al fuego.
Tosté un par de rebanadas. Me toqué la cara, estaba tibia, y noté la comisura de la boca hacia arriba. Miré a mi alrededor, todo me era reconocible, los estantes, las cazuelas, el calendario del año anterior, como si todo hubiese estado allí desde hacía tiempo, como si alguien te esperase al volver a casa.

Afuera nevaba plácidamente. Los corzos bramaban.


Begoña Fidalgo Domingo

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