lunes, 6 de octubre de 2014

Nuestra historia. Capítulo XXXII. Ian.

XXXII.     Ian.


Desde esa noche, desde esa llamada a las doce de la noche, Olga no había podido dejar de pensar en Ian… “Dios mío… cuánto tiempo ha pasado, cuántas cosas…”
Durante todo el tiempo transcurrido, ocho largos años, había intentado imaginar cómo sería aquel reencuentro y si existiría alguna vez en su vida. De hecho, por alguna extraña razón nunca había sido capaz de borrar aquel número de teléfono.
Su cabeza no paraba de dar vueltas y sentía un nudo constante en la boca del estómago que le producía cierta ansiedad. Estaba nerviosa, no podía negarlo.
“Dios mío, Olga, ¿quieres tranquilizarte? Respira, ¡por favor respira!” —no paraba de gritar una voz en su cabeza.
No paraba de hablar en voz alta consigo misma, intentando controlar los nervios y recorría el pasillo de arriba abajo, una y otra vez, de forma constante e incansable. No podía controlarse. Estaba en plena ebullición.
—¿Quieres tranquilizarte de una vez, por favor? Sólo has quedado con él para hablar. ¡Serénate!
No se lo podía creer, estaba fuera de sí, ésa no era ella, la chica fuerte y segura de sí misma que proyectaba como imagen hacia los demás.
Se sentó en la cama, respiró hondo y dejó que su cabeza volara a Estocolmo.
Recordó aquella noche loca en la que todo pasó de forma fugaz y tras la que Ian desapareció de su vida. También el día en el que había descubierto su “sorpresa” y los días que pasó con Ana, su amiga del alma, con la que consiguió desahogarse y con la que había conseguido medio poner sus ideas en orden. Nunca podría olvidar esos días con Ana, pero cómo cambian las cosas, ahora ya casi ni se hablaban y habían perdido la confianza la una en la otra…
No quería esperar más, no podía esperar más. Era joven y estudiante y su familia nunca iba a entender su desliz pues venía de una familia más bien tradicional. Había tomado la decisión, aunque algo le provocaba dudas y le echaba para atrás.  Sin embargo no tenía escapatoria, los días pasaban y cada vez iba a ser más complicado.
Decidió entonces no contar nada a nadie, ni a su familia, ni mucho menos a sus compañeras de piso o a Ian, al que conocía sólo de una noche de borrachera y no había vuelto a ver.
Se puso en contacto con una clínica de interrupción de embarazos y decidió no esperar más. Al cabo de dos días salía de la clínica con el “asunto arreglado”.
Olga volvió a la rutina de la vida diaria. Eso le daba fuerzas para continuar y le evitaba tiempos muertos para pensar en aquello que había hecho. No tenía ni sentía remordimientos. Se había autoconvencido de que aquello era lo correcto. Era ante todo una chica práctica y decidida, y un bebé en ese momento iba a desbordar su vida, su futuro y no estaba dispuesta a hipotecarse desde ya. Quería vivir su vida paso a paso y un bebé en estos momentos no iba a hacer mas que interrumpir sus planes. Al fin y al cabo había sido un desliz de una noche sin más y la vida continuaba.
Su falta de remordimientos le hizo dudar si era buena persona, si tenía sentimientos, pero ganó su lado pragmático y no volvió a pensar más en ello. Pese a todo tenía la conciencia tranquila.
Sin embargo el azar es impredecible y quiso que a los pocos días, al volver de las clases de la universidad y girar una esquina camino de casa, Olga se cruzara con un chico que le resultaba familiar, demasiado familiar, pero no lograba identificar de qué lo conocía.
—“¿Quién era? ¿De qué conocía a ese chico?” —de repente lo supo— “¡Ian! ¡Era Ian!”
Comenzaron a hablar y entablaron una amistad, la amistad creció a pasos agigantados y se convirtió en algo más y Olga, la chica que era capaz de conquistar a cualquier hombre del planeta con su imponente físico, se enamoró locamente de Ian… ¿Quién lo iba a decir? Pero sí, Olga estaba coladita por aquel chico pelirrojo del barco.
Estaba feliz. Había roto su caparazón de chica superficial y rompecorazones. Ian había sabido mirar su interior y hacer de ella una mejor persona.
Olga se volcó en la relación. En experimentar por primera vez el amor de una pareja estable y feliz. Eran tal para cual y estaban hechos el uno para el otro. Compartían el mismo sentido del humor, hablaban de millones de cosas y estaban deseando pasar tiempo juntos. Se sentían tremendamente atraídos el uno por el otro y el sexo entre ambos era bestial. Se necesitaban continuamente y no había día que no se viesen, se besasen, se abrazasen… Estaban felices juntos. Olga se acostumbró a esa estabilidad que Ian le daba y deseaba que aquello durase mucho.
Pero nada es eterno y de repente un día… sin saber por qué Ian comenzó a estar distante, cada vez más distante. Olvidaba mandar los mensajes a los que había acostumbrado a Olga:
“Buenas noches princesa…”
 “Buenos días preciosa…”
Olga comenzó a ponerse nerviosa. Es ese sexto sentido que tienen las mujeres cuando algo va mal. Y llegó el día que Olga tanto temía. Ian desapareció.
“Necesito pensar qué es lo que siento por ti” —dijo.
Esas fueron sus palabras. Olga supo que no lo volvería a ver más, que no continuaría esa conversación pendiente y que recordaría siempre esas palabras.
Se fue. Se fue sin dar más explicaciones, sin decir nada más, sin echar la vista atrás y en ese mismo instante empezó el calvario de Olga.
Olga sólo tenía ganas de llorar, su sonrisa había desaparecido y en su lugar sólo existía un rictus de tristeza. La luz de sus ojos se apagó y aparecieron unas profundas ojeras que enmarcaban su mirada. El tiempo pasaba demasiado despacio y los minutos se hacían horas. No se reconocía en el espejo.
¿Dónde estaba la chica sonriente, fuerte, capaz de comerse el mundo con su desparpajo habitual?, ¿por qué no era capaz de sacar fuerzas y hacer como si nada hubiese pasado tal y como estaba acostumbrada en sus otras relaciones?
Dejó de ir a clase, de salir, de quedar con los amigos, y sólo lloraba ante la incomprensión del momento. Ésa no era ella.
“No se puede obligar a nadie a que te quiera” —pensaba.
Pero no podía dejar de preguntarse qué había pasado. Lloraba, lloraba desesperadamente por no poder dejar de llorar.
Le costó superarlo y cuando logró reponerse del batacazo estaba tremendamente enfadada consigo misma por permitirse quedarse en ese estado de letargo.
—“¡Hijo de puta!” —Se  repetía continuamente—. “¡Serás capullo!”
A partir de entonces se prometió que nunca nadie le volvería a hacer daño y se hizo fuerte. Los chicos serían para ella un juego, un capricho, pero no se permitiría volver a llorar por un hombre.
Fue en ese momento cuando comprendió que había hecho lo correcto con el embarazo. Sí, era lo correcto.
El curso escolar terminó y Olga volvió a España. Se reencontró con su pandilla y aparcó todos los sentimientos vividos en Estocolmo. No había podido olvidar a Ian, pero tampoco había podido recordarlo hasta entonces. Pese a todo seguía siendo demasiado doloroso. Era la única vez en la que Olga había sido completamente feliz.
Y ahora míralo, sentado en la mesa del bar  Rock and Blues. No había cambiado nada, estaba tal y como lo recordaba.
—¿Olga?
—Hola bombón, cuánto tiempo…
Tenía demasiados sentimientos, el corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.
—“¡Contrólate, Olga!” —era su voz interior la que hablaba…—, “¿pero por dónde empezar?”
Se le agolpaban las preguntas y las sensaciones. ¿Cómo debía actuar?
Muy a su pesar, Ian sigue resultando extremadamente atractivo y pese a que es consciente del daño que le hizo, no puede evitar sentir cosquilleo en el estómago.
—“¿Qué coño me está pasando?” —piensa para sus adentros a la vez que siente que se ruboriza.

En su casa Pedro estaba que trinaba.
“¡Puta Olga! ¡Será zorra! Esto ha llegado ya demasiado lejos. No voy a permitirle que rompa aquello que he conseguido con Ana. No va a ser ella la que rompa mi familia. Esto tiene que terminar ya de una vez. Tengo que poner fin a esta historia de una vez por todas.”
Presa del enfado decide volver a llamarla.

Olga nota que su teléfono vibra y lo mira.
—“¡Mierda, Pedro!”
¿Y ahora qué?
Pedro… Ian…




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