lunes, 23 de junio de 2014

Nuestra historia. Capítulo XXV. Soy Papá.

Tras el capítulo de Vanesa Gimenez en el que la acción vuelve al hospital: Ana es dada de alta en vista de su buena evolución y emplazada a una ecografía para el día siguiente que intentará averiguar el sexo del bebé. Patricia rompe su silencio y se cita con Ana para contarle que la dichosa carta se la había entregado Ramón antes de partir. Ana decide entonces arreglar las cosas con su novio, tras una tensa conversación Pedro perdona a su chica y se emplazan para mañana para ir juntos a la cuarta planta para la ecografía. Ana llega a su piso y la señora María, su vecina, pasa para interesarse por su estado.
Al día siguiente le lleva el desayuno a Pedro y juntos se dirigen a la ecografía, donde tras una breve espera comienza la exploración, en la que al parecer se escuchan dos latidos. ¿Serán gemelos? ¿Cómo continuará la relación de Ramón con Mary y su hijo? ¿Olga, alguien sabe donde está?. Os dejamos con el siguiente capítulo que trae muchas novedades...


XXV.    Soy papá


—Dime que esto no es un sueño…
—No, por suerte no es un sueño, ¡felicidades papás!
Teresa observó cómo había cambiado el semblante de los dos. Ana sintió un ardor en el pecho, seguidamente… —¡Ah!—¿eso había sido una patadita? Pedro se dio cuenta de que estaba llorando cuando sintió el sabor salado en su boca. Había ocurrido todo tan deprisa, tantas traiciones, malentendidos y tenían tantas preguntas por resolver… En ese momento todo aquello desapareció, dando paso a aquella sensación tan ansiada, tan buscada… Felicidad.

Habían pasado ya cuatro meses desde que tomó la decisión de marcharse. Cada noche se preguntaba si había dejado España por cobarde, también pensaba en Ana y en lo que habría ocurrido si las cosas hubiesen sido de otra manera. Su amigo Juanjo le había dado trabajo y le había dado tiempo de conocer a su hijo Jack, un niño maravilloso, alegre, con su pelo rubio cenizo y sus grandes ojos grises… Por suerte, se parecía a su madre. Pero se estaba hartando, se había ganado la amistad de su hijo y quería verlo más veces a la semana, poder ir a visitarlo a casa. Se lo había dicho muchas veces a Mary pero ella insistía que eso no era correcto. Cuando discutían de aquel tema y Mary le respondía con una negativa volvían esas ganas de pegarle, de insultarle, y cuando eso ocurría se marchaba sin decir palabra. No, esta vez no podía ser un cobarde.

Olga estaba en casa cuando recibió un Whatsapp de Patricia:
Tenemos que hablar.
¿Qué ocurre Patri?
En cuanto termine mi turno voy a tu casa, es urgente.

No obtuvo respuesta y no le quedó más remedio que esperar. Se sintió un poco nerviosa, empezó a dar vueltas por casa, le sudaban las manos y miles de pensamientos rondaban por la cabeza. ¿Lo sabrá? ¿Se lo habrá contado Ramón? No, eso es un secreto de los dos. Decidió fumar hasta que Patricia llegase.

Tras varios minutos de felicitaciones y emociones Teresa siguió con la ecografía, esta vez Ana y Pedro estaban cogidos de la mano esperando saber más noticias.
—En teoría, estando de 20 semanas se podría ver el sexo del bebé, digo de los bebés… —se corrigió Teresa con aire divertido—.  Sin embargo estos pequeños no se dejan ver todavía, habrá que esperar un poco más, por lo demás todo es correcto y están sanos. Os llamaré para la siguiente eco.
—Gracias Teresa, vaya sí que nos has liado la mañana con esta noticia… No esperábamos tener un bebé y ahora… ¡vamos a tener dos! —dijo Ana con felicidad.
—Cariño, se lo tendremos que decir a mis padres y ya sabes cómo se pondrá mi madre, a mi hermana, a Mario, también habrá que decírselo a nuestros amig… —en ese instante Pedro volvió a la realidad, y se dio cuenta de que con la única con la que se hablaban era Patricia. A Ana se le cambió la cara, endureció las facciones de su cara recordando todo, se despidieron de Teresa y salieron de aquella vieja habitación en silencio y con paso firme.

Estaba disfrutando de la última calada de su cigarrillo cuando sonó el timbre, dejó la colilla en el cenicero y se levantó a abrir la puerta.
—Hola Patricia, pasa, pasa.
—Hola Olga —su expresión denotaba preocupación, angustia. Pasó al salón y se dejó caer en uno de los sillones.
—¿Cómo ha ido el día? Pareces exhausta.
—El día ha sido movido Olga, pero no he venido a hablar de mi trabajo, he venido a decirte que he cometido un error.
—Pero hombre no me tengas así, suéltalo ya, ¡qué has hecho!
—Verás… Antes de irse, Ramón me dejó una carta para ti. No es propio de mí pero pensé que sería mejor que lo leyese antes Ana y…
—¡¿Que Ramón se ha ido?! ¡¿A dónde?! —reclamó Olga ante su sorpresa. Habían hecho planes y ahora estaba sola en esto.
—No lo sé Olga, sólo sé que me dejó una carta y me dijo que te la diera pero…
—¡Y la ha leído Ana! ¡Pero cómo se te ocurre hacer eso! —Olga se sorprendió gritando a Patricia y empezó a pensar la que se le venía encima, todo se había fastidiado. Más.
—Lo que pasa es que al dársela se me cayó en la habitación de Ana y ella pensó que la había escrito Pedro, entonces la rompió... —se explicó nerviosa, mientras jugaba con sus dedos. El semblante de Olga cambió y parecía estar más tranquila.
Aclararon las cosas y se despidió rápidamente de Patricia. Sabía exactamente a dónde había ido Ramón, después de todo, Olga también sabía guardar secretos.

Después de un largo día de trabajo, se echó en la cama a ver la tele. Ramón había alquilado una coqueta casa en Aubrey Walk, como no tenía muchos gastos, se lo podía permitir. Mary había accedido a que Ramón pudiera llamar a casa y hablar con Jack. Un poco más descansado decidió llamarlo antes de que fuera a dormir.
—Hello ? —una dulce e inocente voz respondió.
—Hola hombrecillo, como ha ido el día.
—¡Hola Ramón! ¡Mañana es miércoles! —a Jack se le iluminaron los ojos en cuanto supo quién era. Que amigo tan genial tenía mamá.
— Lo sé pequeño, te he comprado un regalo.
—¡¿Qué es?! Dímelo —se moría de ganas por saberlo.
—Es una sorpresa, tranquilo, mañana lo sabrás.
—¿Una pista? Porfaaaa…
—Hasta mañana pequeño, dulces sueños.
Una vez hubo colgado, Ramón cogió el albornoz para ir a la ducha, pero una llamada telefónica lo interrumpió. ¿Qué querrá Mary ahora?
—Hola Mary…
—No soy Mary, soy Olga —respondió con indiferencia.
—¿Cómo coño has encontrado mi número?
—Buscando. ¿Por qué narices has tenido que irte? Teníamos planes, tú tenías que secuestrar a Ana y conquistarla, así yo podría volver con Pedro. Eres un imbécil, lo has arruinado todo.
—Olga, se me fue de las manos. Ana empezó a sangrar y tuve que…
—¡Ana casi lee la carta que me dejaste!
—¿Qué? Pero si se la dejé a Patricia.
—Se le cayó de la bata en la habitación donde estaba Ana, menos mal que ésta la rompió y la tiró…
—Confiaba en que Patricia te la diera directamente a ti.
—Ana ha mentido —dijo Olga en tono lúgubre.
—¿Cómo que ha mentido? ¿Sobre qué?
—Encontraron una pequeña cantidad de cloroformo en su sangre y Teresa le pidió una explicación. Ana dijo que lo había robado del hospital y está metida en un buen lío por violar las reglas.
—Esto no puede estar pasando… —a Ramón le invadió el sentimiento de culpa por todo el cuerpo: “Ana estaba cubriéndome, eso significa que sigue sintiendo algo por mi”, pensó.
—Por cierto, ¿qué ponía en la carta, Ramón?
Ramón escuchó que Olga seguía hablando pero colgó el teléfono.
En cuanto Ana abandonó el hospital salió de su cúpula de felicidad, había dejado a Pedro en rehabilitación y le había prometido que se pasaría mañana a verlo. —Te quiero cariño —le había dicho Pedro.
Una vez en casa, la sensación de cansancio le recorrió por todo el cuerpo, los pies estaban hinchados y puso dos almohadas en el sofá para tener las piernas en alto. Comenzó a pensar en cómo sería su vida a partir del nacimiento de los bebés: tendrían que vivir juntos, preparar muchos biberones, comprar mucha ropa, pañales, el carrito de bebé doble… Un ruido le sacó de sus cavilaciones.
—¿Diga?
—¿Con la señorita Ana Retuerto?
—Sí, con la misma.
—Le llamamos para comunicarle que tiene una citación en el juzgado la próxima semana debido a la falta que tuvo en el hospital, por robar material médico. Deberá ir con un abogado, buenas tardes.
Mierda, el cloroformo. Había encubierto al gilipollas de Ramón y ahora iba a pagar ella las consecuencias. Joder, joder, joder qué hago… Cogió el móvil, lo tuvo claro, y marcó ese número.
—¿Si?
—Necesito tu ayuda…

Desapareció su cordura. Pasaron por su mente muchos pensamientos oscuros. Tenía que volver, pero antes tenía que hacer lo que llevaba un tiempo esperando. Si, mañana lo haría.

Mary se levantó como cada mañana a hacerle el desayuno a los dos hombres de su vida: James y Jack. Era feliz, desde luego que lo era. No podía tener la familia más perfecta. Una vez se despidió de James con un delicado beso en los labios, se fue a la cocina a limpiar hasta que Jack estuviera listo para ir a la escuela.
—Mummy, estoy listo, iré a por mi mochila.
Mary esperó, ya eran las siete. ¿Dónde habrá dejado este niño la mochila? Seguro que se ha entretenido con algún juguete. Siguió esperando mientras terminaba de darle brillo a la encimera.
—Cariño ya son las siete y cuarto, date prisa.
Al ver que no respondía fue corriendo a la oficina, ¿se habría caído?
—Mi amor, vamos a llegar tard…
Se le cortó la voz, se le heló la sangre y se quedó paralizada al ver aquella escena. Ramón lo estaba metiendo en el coche y en cuanto la vio arrancó rápidamente. Tan sólo tuvo fuerza para gritar.
—¡¡JAAACK!!
Ramón había estado esperando al niño sigilosamente detrás de la ventana y observó cómo se dirigía a la oficina. Fue entonces cuando lo animó a que saliera por la ventana para verlo. Una vez estaban en el coche cerró todas las puertas y Jack se puso nervioso. Con el rabillo del ojo pudo observar que Mary lo había visto y arrancó rápidamente. Lo único que le dijo a Jack fue:
—No tengas miedo cariño, soy papá.

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