lunes, 7 de abril de 2014

Capitulo XIV. Viking Line.

Lunes de nuevo. Llega un nuevo capítulo de Nuestra historia. Tras el enorme capítulo de Merche Comín titulado "Yo puedo" y en el cual nos resuelve el encuentro entre Ana y Olga en la puerta del hospital, la proposición del abogado de la familia de la mujer contra la que colisionó Pedro para evitar el juicio, la buena nueva de Ana a Pedro y el final con la reunión entre Ramón y Ana en la que apareció Olga para seguir con esta tensa situación. ¿Qué le dirá Ramón a Ana...? Todo esto y mucho, muchísimo más, en un tremendo capítulo que seguro os va a encantar y en el que se introduce un nuevo elemento en el relato: el flashback.



XIV.     Viking Line



Ramón le dijo:
- Lo sé todo Ana. No trates de engañarme ni una vez más porque es inútil. Lo sé todo y no voy a quedarme de brazos cruzados.
- Tú no sabes nada Ramón-Ana saltó como gato panza arriba frente a su amigo. ¡Dos polvos no te convierten en mi dueño! No hacen que vayas a ser capaz de controlarme. Si de verdad me quieres tanto como dices, deberías de saberlo y deberías de respetar mis decisiones. Quiero a Pedro y quiero estar con él. Siento si eso te duele porque sabes que eres muy importante para mí pero no te quiero de la forma que tú esperas que lo haga.
-Sé lo de tu embarazo-Ramón se presentaba más sereno que de costumbre, rudo, áspero, con una sangre fría digna de una película de los años cincuenta. Esta actitud confundía a Ana, más acostumbrada a un Ramón impetuoso, para lo bueno y para lo malo. Sé que ese niño es mío y no voy a consentir que crezca pensando que un gañán como Pedro es su padre.
Ana trató de contener la ira que sentía en ese momento y que brotaba de lo más hondo de su corazón, limitándose a decir:
-Pedro es el padre del niño.
-Podrás decir lo que quieras, llegaré donde sea necesario para demostrar que yo soy el padre legítimo. Olga me ha contado y...
-Como bien sabes, Olga y yo dejamos de compartir secretos hace algún tiempo, ¿verdad Olga? -una nueva Ana, decidida y segura de sí misma miraba de forma inquisidora a su amiga, que había acudido a una cita a la que no había sido invitada.
Olga se limitó a asentir, añadiendo en voz casi inaudible:
-Ahora en vez de hablar de novios, preferimos compartirlos.
No había terminado de hablar, cuando el café de Ana, cayó por todo su cuerpo. Ana, enfervorizada, abandonó el local, dejando atrás a sus dos amigos.
El enfado se hacía cada vez más grande, mientras caminaba a toda velocidad hacia la parada de autobús. No entendía cómo dos de sus mejores amigos habían podido llegar a tratarla de forma tan ruin.
Poco a poco, el enfado se fue transformando en tristeza, y ésta en desasosiego. Se sentía sola, se sentía vacía…
El autobús se acercaba, hacía frío. Ana fue la única persona que subió en la parada y sólo encontró dos personas. A esas horas, la línea que conectaba el hospital con su barrio no solía llevar muchos pasajeros. A pesar de lo que pudiera parecer, Ana disfrutaba mucho de este trayecto. En realidad era su único momento de relajación y soledad en todo el día. Suponía un breve paréntesis entre el ir y venir del hospital y su vida prácticamente de pareja con Pedro. Cada uno mantenía su apartamento, pero en realidad, su vida diaria era la misma que la de una pareja cualquiera que compartía piso. Siempre se sentaba en el mismo lugar, encendía su iPod a todo volumen y cerraba los ojos para transportarse imaginariamente acompañando la canción que sonara en cada momento.
Pero hoy no había música en la que encontrar paz. Ana rompió a llorar, el día había sido una verdadera montaña rusa de emociones y simplemente explotó. Podía aceptar que Ramón no respetara su decisión y que el amor que decía sentir por ella le cegara pero Olga…. ¿Olga? Era su mejor amiga, era la persona que mejor la conocía, era su mitad. Habían compartido tanto juntas, sabían tanto una de la otra.
Entre lágrimas, su mente retrocedió unos años, ocho en concreto. Fue el único año en el que Ana y Olga estuvieron separadas. Era el último año de carrera y ambas consiguieron una beca Erasmus. Sin embargo, no pudieron ir juntas a la misma ciudad. Olga pasó un año en Estocolmo mientras que Ana optó por Lille en Francia, siempre se había sentido muy atraída por la cultura de ese país. A pesar de la distancia, todas las noches tenían conversaciones a través del Messenger. De hecho Ana pasaba más tiempo hablando con Olga que con Pedro
Una vez superado el largo y frío invierno, Ana aprovechó la semana de vacaciones de mitad de cuatrimestre para tomar un vuelo destino Estocolmo. A pesar de su miedo a volar y su obsesión por el orden y la seguridad, los ínfimos precios de una aerolínea low-cost la llevaron al aeropuerto de Skavsta y de ahí un autobús a la capital Sueca donde le esperaba su mejor amiga. Tenían planeado hasta el último minuto de los siete días en los que iban a estar juntas, ponerse al día, bailar, excursiones...
Nada más bajar del autobús, Ana intuyó que algo no iba bien. La impulsiva, alegre y efusiva Olga no corrió como solía a abrazarla, no saltó ni gritó ni hizo la típica broma de ir a recibirla con un cartel identificativo. Olga estaba triste, demacrada. Caminó hacia Ana, buscando el refugio de su amiga. ¿Qué le ocurriría?
Ana soltó su maleta y se limitó a rodear con los brazos a Olga que había roto a llorar.
-Estoy embarazada-susurró Olga en los oídos de su amiga.
-¿Qué?-Ana estaba demasiado sorprendida como para creer entender lo que creía haber oído.
-Estoy embarazada Ana.
-Pero, ¿por qué no me habías dicho nada? Hubiera venido mucho antes. ¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha sido? ¿Quién es el padre? ¿Lo saben tus padres? Ana no dejaba de hacer preguntas que no eran otra cosa sino un modo de aflorar todo el nerviosismo y confusión que llevaba dentro.
-Ven, vamos a tomar un café. Hablaremos entonces. Tengo que darte todos los detalles. ¿Qué tal Pedro? La verdad es que cuando me dijiste que no venía me alegré. Prefiero tratar estas cosas sólo contigo.
-Ya sabes, a Pedro no lo sacas de España ni con agua caliente. No te puedes imaginar la cantidad de tópicos que tuve que escuchar mientras me explicaba su excusa para no venir. Yo creo que a Lille ha venido para controlar, como los Erasmus llevan esa fama de fiesta y desenfreno…
Dado que no hacía demasiado frío, decidieron ir caminando desde la estación hasta el barrio de Gamla Stan donde habían reservado una habitación en un albergue para las dos. Olga compartía piso pero había insistido mucho en alquilar algo sólo para las dos. Ana entendía ahora por qué.
Durante el paseo, las dos amigas trataron de ponerse al día de temas mundanos, evitando siempre el tema principal que las dos se morían por abordar. Un ligero viento acariciaba sus mejillas al cruzar el puente de Vasabron. Ambas amigas iban abrazadas, sin soltar una el brazo de la otra.
Ya en la plaza del museo Nobel, se sentaron en una de las terrazas y pidieron un café y un pedazo de tarta para compartir. Era un bar pequeño, con una bandera gay en una de las esquinas del toldo. A esa hora estaba repleto de estudiantes.
Ana agarró su taza con las dos manos se recostó en su asiento y se dirigió a su amiga:
-¿Qué ha pasado Olga?
Ana y Olga eran almas gemelas, pero mientras que ella sólo había salido con Pedro, Olga nunca había tenido una relación de más de dos meses. Eso entendiendo como relación, enrollarse con la misma persona más de dos días seguidos.
Olga suspiró, bebió un sorbo de su café y apartó a un lado el plato con la porción de tarta de chocolate.
-¿Te acuerdas que hace unas semanas estuvimos con el grupo en Helsinki?
-¡Cómo no iba a acordarme! Recuerdo que me contaste con pelos y señales tu  viaje en el ferry, las carreras para intentar comprar cerveza barata en el supermercado del barco y las peleas con el resto de gente antes de cerrar. Vamos que hacía días que no te pegabas una noche de juerga así.
-Pobres señoras, la verdad es que es increíble ver a esas señoras con el carro de la compra lleno de cajas de cerveza saliendo del barco.
-Pues que sepas que he mirado cómo comprar billetes para el Viking Line ¿así se llama no?
-Sí, ese es el nombre oficial, el familiar, es “love-boat”.
Las dos amigas rieron mientras se aferraban a las tazas de café.
-Olga…
-Dime.
-Cuéntamelo.
Y Olga, por fin comenzó su historia:
El barco sale de Estocolmo a final de la tarde y llega a Helsinki a primera hora de la mañana. Dado que en Suecia la compra de bebidas alcohólicas está muy regulada, por no mencionar su precio desorbitado, estos viajes en ferry son una buena vía de obtener acceso a bebida más barata y por tanto a una noche de fiesta en toda la regla.
Olga no era una persona que dejara indiferente al sexo opuesto, tenía una personalidad arrolladora, unida a un físico increíble que además sabía explotar eligiendo muy bien cómo vestirse en cada ocasión. Y ahí, en medio de un barco repleto de estudiantes en pleno botellón, Olga comenzó a besar a un irlandés que decía llamarse Ian, o algo parecido. Los besos llevaron a la pareja a una fila de butacas de proa. Olga rodeaba con sus brazos al chico mientras él, con la torpeza que provocan cuatro tequilas de más trataba de desabrochar el vaquero de la sexy española que tenía tumbada ante él. No hubo tiempo, ni cordura suficiente para pensar en usar un preservativo. No hubo tiempo para conversación que no fueran besos, caricias y miradas de desafío del uno para el otro.
Cuando el sonido de la megafonía informaba en cinco idiomas distintos que el ferry había por fin llegado a su destino Olga abrió ligeramente los ojos, y consiguió divisar la terminal de ferries del puerto de Helsinki. Ni rastro de… ¿cómo se llamaba el pelirrojo con el que había estado bebiendo chupitos la noche de antes? ¿Jan? ¿Juan?
Se levantó y se dejó llevar hasta la consigna del barco. En estos viajes no necesitas más equipaje que el bolso y sobre todo, dinero y preservativos.
-¿Preservativos? ¡Ups! Esperemos no llevarnos un disgusto-. Sonreía Olga.
El disgusto vino un mes después en forma de retraso, molestias, sabor amargo en toda la comida y una visita al médico de la universidad.
-¿Y qué vas a hacer?-una intrigada Ana preguntó expectante.
Sabía la respuesta. Habían hablado antes sobre qué harían si esta situación se daba. En ese momento a Ana le vino a la mente una conversación hasta altas horas de la mañana tras salir de ver en los cines Renoir “4 meses, 3 semanas, 2 días”. Una de esas películas que no te deja indiferente, de las que tanto les gustaban a ambas.


Y por fin su parada, Ana bajó del autobús aún con la zozobra del recuerdo y dirigió sus pasos hacia su portal. A esas horas no se molestaba en subir a la acera, caminaba directamente sobre la calzada. Se quitó los cascos, los metió en el bolso y aprovechó para sacar las llaves de casa. Observó su sombra en la calzada, ¿por qué parecía tener cuatro brazos? ¿Por qué huele tanto a perfume? ¿Por qué…?

Un pañuelo impregnado de cloroformo cubrió su cara mientras unos brazos familiares recogían el peso de su cuerpo desvaneciéndose.

No hay comentarios:

Publicar un comentario