lunes, 28 de abril de 2014

Nuestra historia. Capítulo XVII. Miestras, en la otra habitación

Llega un nuevo capítulo de Nuestra historia. Tras el intenso capítulo de Yohana Borobia titulado "Destino diagnosticado" en el que encontramos a Rafa y Sandra en busqueda de Ana, hasta llegar a casa de Mario. Descubrimos como reacciona Ramón ante el problema de Ana: simplemente la lleva al hospital, se encarga de que sea atendida sin ser visto y sale huyendo reflexionando sobre como ha podido llegar a esos límites. Lo soluciona llamando a Patricia, como hacen casi todos del grupo cuando tienen un problema. Esta llama a Sandra para explicarle la situación de su cuñada y para que vaya al hospital. Una vez allí Ana le explica lo ocurrido y le pide que guarde silencio y mantenga a todos tranquilos con engaños. No quiere que se conozca la verdad. Además con las pruebas médicas Ana no tiene tan seguro que el embarazo sea de Pedro. Y para rematar la insostenible situación de la paciente otras pruebas podrían indicar que puede portar el vírus VIH.  ¿Qué pasará con Ana hoy de nuevo? ¿Sabremos algo más de su situación? ¿Como responderá Ramón? ¿Cual es la situación de Pedro? ¿Aparecerá Olga de nuevo? Os dejo con la lectura. 
Nos leemos. Besetes a tod@s.



XVII.   Mientras, en la otra habitación…


Ana no daba crédito a lo que sus oídos estaban escuchando… portadora del VIH se susurro así misma: ¿pero cómo puede ser eso?, ¿porque yo? En ese preciso instante rompió a llorar. Sandra estaba tan impactada como ella, no podía creerlo. Todo lo que estaba pasando parecía una pesadilla. Si la pasada Nochevieja hubiese sido como todas las demás, las cosas hubiesen sido más fáciles… También lloraba.
—Ana, tranquila —le decía a la vez que la abrazaba—. Todo esto no tiene por qué acabar en lo que estas imaginando, la doctora ha dicho que los análisis pueden ser erróneos. Tenemos que tranquilizarnos. Ana por favor, deja de llorar, estás embarazada y por suerte el bebe no ha sufrido daños importantes —Ana no paraba, Sandra no paraba. Aquella habitación era un mar de lágrimas…
Mientras, en la habitación de Pedro, se respiraba un ambiente totalmente diferente. A Pedro le acompañaba su madre. Una Irene calmada y relajada, leyendo una revista, disfrutando de “su niño” como siempre lo llamaba, sin abogados de por medio, sin problemas… Había mucha tranquilidad esa mañana, aunque pronto dejaría de haberla. Se abrió la puerta…
—Buenos días Pedro. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Hola doctor. Bien, bueno, ya sabe usted —sonrió—. Cada día me encuentro mucho mejor. Tengo algunos dolores, pero los calmantes me tranquilizan muchísimo.  ¿Tiene noticias nuevas?
—Pues si Pedro. Hoy tengo noticias, y son muy buenas.
De repente Irene pego un bote de la silla y se plantó en medio del doctor y Pedro.
                —¡Mama! ¡Que no me dejas ver al doctor! —Irene no paraba de moverse.
—Calla un poco Pedro. Lo siento doctor, siga  por favor…
—Tranquilícese Irene. Póngase aquí con él y así me verán los dos —dijo con una sonrisa.
La situación era muy divertida: los dos callados y con los ojos como platos. Irene le agarraba la mano a Pedro, le apretaba con mucha fuerza y Pedro con la boca entreabierta como si quisiese dar él las buenas noticias…
—Bueno Pedro, todos los controles y pruebas que te hemos estado haciendo han dando resultados muy positivos. Aunque no podemos concretar fechas todavía, dentro de poco empezarás la rehabilitación, y eso significa que pronto….
—¡¡¡¿De verdad?!!!¡Qué buena noticia! —exaltó Pedro. 
—Esta tarde o mañana vendrán unas enfermeras para explicarte la dinámica de la rehabilitación y situarte un poco con las fechas, ¿de acuerdo?
—Si doctor, muchas gracias.
—Bueno, pues ya está todo. Pronto nos veremos, adiós —se despidió el doctor.
Las caras de Irene y Pedro no podían expresar más alegría, por fin se veía el final del túnel. Por fin después de muchos largos días podían ver la luz, por fin...
Irene cogió el móvil de inmediato para dar la noticia a su marido, casi no le funcionaban los dedos en el teclado del teléfono. Los nervios estaban a flor de piel esa mañana. Pedro estaba como en una nube, tranquilo, relajado, quería llamar a Ana para darle la buena noticia: “¡Que contenta se va a poner Ana!”. Todo marchaba por fin.
—Ah, mamá, cuando hables con papá dile que no diga nada por favor. Quiero decírselo yo a Ana y a Sandra.
—Vale,  lo que tú quieras.
No habían pasado ni diez minutos y Pedro ya estaba pensando un plan para hoy. La noticia le había entrado al cuerpo como una ráfaga de adrenalina.
Por muy perezoso y un poco desastre que pareciese, Pedro era un chico al que no le falta intención a la hora de maquinar cualquier tipo de plan. Un plan como el que quería organizar para esa misma noche. Quería hablar con Ana, verla, besarla, sentirla, abrazarla, quería que hoy fuese especial. “¡Por fin buenas noticias!” se repetía una y otra vez sin parar. Pedro busco el móvil para llamarla. Un tono, dos tonos…
Mientras en la otra habitación…
—Sandra, es tu hermano. Querrá saber de mí y hablar conmigo. ¿Qué hago? ¿Se lo cojo? No, mejor, ¡cógeselo tú!
—Pero Ana, son las once de la mañana. Se supone que estás en tu casa descansado. ¿Cómo lo voy a coger yo? Ana, tranquilízate coge aire y contesta.
El ambiente estaba mucho más calmado. Había pasado un buen rato desde que la noticia de la doctora las había dejado sin respiración, pero aun así, los nervios de Ana podían salir a la luz y Pedro podría sospechar que algo pasaba. No quería que notase nada, no todavía... Todo se complicaba por momentos para ella. Cogió aire hasta los pulmones y….
—Hola guapo. ¿Qué tal estas?
—¡Ana!, que ganas tenia de escucharte… se me ha hecho eterno no saber de ti en un día. ¿Cómo están mis dos ángeles? —a Ana se le ilumino la cara. Le encantó escuchar eso, y por fin sonrió. Sandra que la estaba mirando expectante, se tranquilizo al ver después de todas las emociones de estas últimas horas, una sonrisa en su cara.
—Ana, ¿cuándo vendrás? Bueno, mejor te digo cuando vienes, ¿puedes venir sobre las ocho?
—Emmmm, a las ocho. Pues, no se Pedro, es que… pff tengo mucho lio en casa, y también había quedado con tu hermana para que me ayudase. No sé si voy a poder….
—Ana, a las ocho pásate por aquí, tengo muchas ganas de verte. Se que estas un poco cansada, ¡pero te prometo que merecerá la pena! ¿Vendrás verdad? ¿Verdad? ¿Verdad? ¿Verdad? ¡¡Valeeee!! ¡Te quiero! —y colgó.
Pedro estaba tan contento que no le importaba la reacción. Él sabía que Ana estaba bien, eso le habían dicho, así que estaba convencido de que no habría escusas para esa noche. Ana se quedo pasmada al ver como su novio le había colgado sin casi mediar palabra.
—Sandra, tu hermano me ha dicho que vaya esta noche a la habitación, que me tiene que dar buenas noticias, y no me ha dejado decirle nada. Estaba raro, como nervioso. ¿Va todo bien?
Sandra, todavía no sabía nada, así que decidió acercarse a la habitación de Pedro para averiguar que estaba pasando allí.
Al llegar, se encontró con toda su familia: Pedro, Antonio e Irene. Nada más entrar le dieron la tan esperada noticia.
—¡Eso es geniaaaaal! ¡No me lo esperaba! ¡Que contenta me acabas de dejar! —Sandra se puso a gritar de alegría. Las buenas noticias siempre son bien recibidas y más en esos días de nerviosismo, mentiras y discusiones entre amigos. Para ella la noticia fue como una bocanada de aire puro que te entra hasta el estomago y notas como cada centímetro de tu cuerpo se relaja y se olvida de todos los problemas que te rodean. Ahora entendía todo, Pedro le quería contar a Ana que todo iba fenomenal y que pronto empezaría la rehabilitación, pero… ¿porque no se lo dijo directamente por teléfono?  Mientras todos estos pensamientos le pasaban por la cabeza, su madre la interrumpió.
—Sandra, ahora que estas tu aquí, aprovechamos papá y yo para bajar a comer algo ¿vale? ¿Tú quieres algo? Te veo mal color, ¿estás bien?
—Si, si, mamá. Tranquila, yo me quedo con Pedro.
—Vale, pues en un ratín subimos, te quedas con él. Adiooós.
Antes de que Sandra volviese con sus pensamientos de por qué Pedro no le había dicho nada todavía a Ana,  él la interrumpió…
—Sandra, hermanita me tienes que hacer un favor.
—Claro Pedro, dime cual.
—Esta noche le he dicho a Ana que venga aquí sobre las ocho. Quiero tener una mini cita romántica  con ella, ya tengo todo pensado. Le voy a decir a las cocineras que me preparen algo fácil para los dos. Pondré una vela, o dos, o tres… no sé, bueno, eso lo tengo que pensar todavía, alguna flor y como toque final… ¿Tú podrías ir a por unos vaqueros y una camisa para ponérmelos y estar guapo? Me canso de este pijama verde feo.
—Pero Pedro, como vas a hacer todo eso… ¿solo para darle la noticia? Igual Ana a esas horas está cansada y quiere cenar tranquilamente en su casa… ¿no crees que es mejor llamarla y contárselo?
—No, prefiero verla y decírselo para ver la cara que pone. Además tengo muchas ganas de verla y abrazarla.
Pedro ya se estaba imaginando toda la cita: a Ana feliz y los dos riendo…
—Pero Pedro….
—¡Sandra, no me seas rancia! ¡Que es una sorpresa para Ana!
Sandra lo entendía. En realidad la idea le encantaba, pero las circunstancias no eran las idóneas. Sabía que Ana no iba a ir a esa cita, por lo que tenía que intentar hacerle cambiar de opinión a Pedro, pero… ¿cómo lo hacia? Estaba tan ilusionado que, precisamente hoy, no quería enfadarlo. Lo veía feliz, como hacía muchos días. El Pedro de siempre, bueno, en realidad un Pedro mucho mejor, con una sonrisa que le iluminaba toda la cara.  No quería darle malas noticias, así que no tuvo otra opción que seguir como si nada ocurriese.
—Bueno Pedro, algo te traeré. Pero no te hagas muchas ilusiones. Si te llama Ana para decirte que no puede porque está cansada, tendrás que cenar solo, y habrás movilizado a medio hospital para nada…
—Bueno, eso no pasará Sandra. Hazme caso que hoy va a ser un gran día, pero una ultima cosa antes de irte, necesito que me traigas unos vaqueros, y una camisa. La roja, la de cuadros, esa de manga larga —esa camisa era la preferida de Pedro. Era de las más viejas de su armario, pero era su camisa de la suerte. Siempre se la ponía para celebrar algo especial con Ana: aniversarios, San Valentines,… fue un regalo de Ana por su 25 cumpleaños. Era especial, y que mejor momento para volvérsela a poner que en una ocasión como la de esa noche: cena romántica a la luz de las velas con la mujer de su vida. Lo tenía claro, esa cena tenía que celebrarse, lo necesitaban los dos, un descanso al margen de todo lo que estaba sucediendo esos días con abogados, Ramón, el embarazo, los amigos, Olga….
—Está bien Pedro, te la traeré luego.
—Gracias Sandra. ¡Eres la mejor!
Los dos hermanos se pusieron a charlar de otros temas, dejando que el tiempo pasara, hablando de lo que harían nada mas salir del hospital: de viajes, de niños, de cunas y de que tenían que empezar a preparar cosas para el nuevo miembro de la familia. Así pasaron las horas hasta que regresaron sus padres y Sandra se marchó de nuevo a ver a Ana.
—Sandra, antes de que te vayas, no le digas ni una palabra, eh. Promételo.
—Vale Pedro, lo que quieras, luego te veo...


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