lunes, 14 de abril de 2014

Capítulo XV. Cuerpos atados.

Vuelta al lunes de nuevo. ¡Que rápido pasan las semanas! Hoy un nuevo capítulo de Nuestra historia. Tras el genial capítulo de Francisco Angel Ferrer titulado "Viking Line" en el que nos resuelve el encuentro entre Ana y Ramón en el Rock & Blues con Olga como invitada sorpresa, y en el que se introduce un nuevo elemento en el relato: el flashback. Nos narró las vivencias de Olga y la visita de su mejor amiga en su periodo de Erasmus, ocho años atras, en el norte de Europa y sus escarceos en el "Love-boat". Para rematar el capítulo con otro final antológico que nos deja muchas expectativas para hoy. ¿Qué pasará con Ana? ¿Quién será su acosador? Os dejo con la lectura. Nos leemos. Besetes a tod@s.



XV.  Cuerpos atados.


Pedro se quedó dormido. Al poco rato los dolores le despertaron, como cada noche. Se había terminado el gotero del calmante y tocó el timbre para avisar a enfermería. Casi al instante entró en la habitación Chema con su desparpajo habitual, encendiendo todas las luces a su paso y con un tono bastante elevado de voz - Buenas noches rey… ¿qué necesita mi paciente preferido?- Pedro esbozó una sonrisa. Le divertía ver como caminaba, moviendo con arte sus grandes zuecos. Le hacía gracia también, su forma afeminada de hablar y mover las manos. Sin duda era el mejor enfermero. Siempre con una sonrisa, muy profesional y pendiente de cada detalle, aportaba  la nota de color en la monotonía del hospital.
 – Buenas noches Chema, tengo sed desearía tomar un gin tonic. – El enfermero puso cara de pícaro y desplegó toda su teatralidad  para continuar con la broma.
-  Aquí está tu genio para concederte todo deseo… Y cómo lo quieres… ¿te pongo pepino solo o doble de pepino?
 – Jajaja, desde luego no tienes compasión de un pobre enfermo, siempre estas alerta jajaja. -Pedro sintió de nuevo el intenso dolor con el esfuerzo de la carcajada. – Creo que todavía  no estoy preparado.  Tengo mucho dolor, ponme un calmante por favor… pero ese sí que sea doble.
 – Que lástima Pedrito, pero no te apures, se esperar. Ahora mismo traigo el gotero y verás que bien descansas.- Chema salió y volvió en un abrir y cerrar de ojos, cambió el gotero, acomodó la almohada de Pedro, le hizo tomar un zumo de melocotón fresquito y con un guiño le deseo dulces sueños. Tras la breve distracción con el enfermero, Pedro volvió a su realidad. Aquel potro de tortura que tenía por cama, le estaba dejando el cuerpo hecho una zarandaja. Intentaba buscar una postura en la que estar más a gusto, pero se encontraba todavía muy dolorido. Además la oscuridad en aquella solitaria habitación, empezaba a afectar a su estado de ánimo. Se sentía atado a su cuerpo, atrapado entre esas cuatro paredes. El tiempo parecía que no pasaba. Es más, cada momento se convertía en una eternidad.  Qué ganas tenía de volver a casa y sobre todo, que ganas tenía de estar con Ana. Recordó entonces que Ana había prometido volver después. Cogió el teléfono para consultar la hora y se sorprendió de lo tarde que era, nuevamente había perdido la noción del tiempo. Le pareció raro que Ana no hubiera vuelto, ya que lo había prometido y ella siempre cumplía con sus promesas. Pedro se sentía desorientado; - Menuda forma de comenzar el año. No puedo creer  lo que puede cambiar todo en tan poco tiempo. Ana… ¿dónde estás? Después de los días que ha pasado… necesita descansar. Seguramente se le ha hecho tarde y no habrá querido despertarme. Son demasiadas emociones… demasiada tensión ¡pobre Ana!  Hoy no tenía muy buena cara, creo que no se encuentra bien… mejor que descanse sí… Le mandaré un mensaje; te echo de menos, descansa bien. Te quiero. La cabeza de Pedro continúo siendo invadida por una zarracatalla de pensamientos, hasta que poco a poco el gotero fue haciendo su efecto y se quedó dormido de nuevo.
Eran casi las siete de la mañana cuando el cuerpo de Ana comenzó a moverse. Consiguió entreabrir los ojos, todo estaba oscuro, borroso. Sintió la respiración y el calor de unos labios que se acercaban a los suyos dándole un dulce beso, mientras en la lejanía escuchó decir; descansa tranquila mi niña yo cuidaré de ti. Acto seguido su nariz experimentó el fuerte olor del cloroformo y cayó en un profundo sueño.
Por la mañana temprano, los padres de Pedro acudieron al hospital acompañados de un abogado.  Al entrar en la habitación, encontraron a Pedro conversando con Olga. Irene enseguida se dio cuenta del estado de tensión en el que su hijo se encontraba y un descontrolado instinto de protección se apoderó de ella.
- Buenos días mi niño ¿cómo te encuentras? Disculpa cariño, he de comentarle algo a Olga.- Irene agarró por el brazo a Olga y se dirigieron hacia la puerta. Una vez fuera, Irene clavó sus ojos en los de Olga y de forma tan amenazadora como rotunda comenzó la advertencia, - Escucha Olga, más vale que no aparezcas por aquí. Pedro ha de recuperarse y a la vista está que tu presencia no le hace ningún bien. Y tampoco eres bien recibida por parte de Ana. Así que haznos un favor a todos y sal de nuestras vidas.
Olga no podía creer lo que estaba escuchando, ni reconocía a esa mujer de ojos ensangrentados que tenía enfrente. Le dolieron sus palabras en lo más profundo, era ella quien había salvado a Pedro y de eso ya nadie se acordaba. Sólo ella recibía los reproches por parte de todos. Se sentía duramente acusada y despreciada. Aquello, lejos de lo que todos pretendían, no hacía más que alimentar su enfado y su determinación por seguir con su plan hasta el último detalle. Ahora iba a ser ella quien empezara a dejarles a todos con la palabra en la boca. Así que sin mediar palabra, soltó su brazo bruscamente de la mano de Irene y regalándole la más cínica de sus sonrisas se alejó tranquilamente.
Irene regresó a la habitación disimulando su malestar. Allí Pedro, Antonio y el abogado discutían sobre las posibles alternativas ante un juicio. Pedro cada vez se sentía más confuso y preocupado, no era capaz de pensar con claridad. La conversación con Olga le había dejado atormentado y ahora todo este rollo con el abogado. Para colmo seguía sin tener noticias de Ana, hubiera preferido que ella estuviera allí. Pero el  mensaje de anoche seguía marcando como no leído y llamada tras llamada saltaba el buzón de voz. Hizo un esfuerzo por seguir la conversación, tenía ganas de terminar con todo aquello. Escuchó las recomendaciones del abogado y con la ayuda de sus padres fueron perfilando la posible solución para aquella pesadilla. Al rato Rafa y Sandra entraron en la habitación. Pedro se alegró mucho de ver a su hermana, el aire fresco que desprendía siempre  le aliviaba. Hicieron las presentaciones oportunas y cuando iban a explicar lo hablado con el abogado, una nueva visita llegó a la habitación. Patricia había arrastrado a Ramón casi literalmente, hasta la habitación de Pedro. La buena de Patricia pensaba poder mediar entre ellos. Se negaba a asumir, que el grupo cada día estaba más distanciado. Además en el fondo de su ser, anhelaba poder ganar algún punto con Ramón si conseguía que Pedro y él solucionaran sus problemas.
- ¡Lo que faltaba! El hombre pone, Dios dispone, llega el diablo y todo descompone. –dijo Pedro con amargura viendo a Ramón aparecer por la puerta.
- Te lo advertí Patricia, ni manjar recalentado ni enemigo reconciliado. –susurró Ramón a su amiga con los dientes apretados. Se miraban todos entre sí, unos con cara de sorpresa, otros con cara de preocupación, alguno con enfado y otros pensando rápidamente algo con lo que poder romper aquella tensión que tan al instante se había apoderado del espacio. El primero en hablar fue el abogado. Lógicamente allí ya sobraba. Acordó con sus clientes volver en un par de días y recomendó que sopesaran bien todo lo hablado. Mientras, él intentaría ganar más tiempo con la parte contraria. Despidiéndose de todos, los dejó allí en un silencio aún más incómodo.
- Bueno ya que estáis todos aquí, ¿alguien ha visto a Ana? No sé nada de ella desde anoche. Me dijo que iba a volver y no lo hizo. Le mando mensajes, la llamo pero no hay forma de localizarla. Supongo que estará descansando, pero estoy un poco intranquilo. –Disparó Pedro para no dar oportunidad a otro tipo de conversaciones y porque realmente, era lo único que le interesaba en aquellos momentos.
- Yo no la he visto desde anoche. Quedamos a hablar ella, Olga y yo… pero salió pitando… fui detrás de ella pero no me dio tiempo a alcanzarla… la vi coger el autobús y…  no sé nada más. –Ramón tenía una expresión extraña en la cara.
- Sí, me lo ha contado Olga. Ha estado por aquí esta mañana. –Dijo Pedro mientras dirigía a Ramón una mirada inquisidora. A pesar de eso, el rostro de Ramón se relajó un poco.
- No te preocupes Pedro, seguro que está bien y está descansando. Si quieres me acerco por su casa y nos aseguramos que todo va bien. –Dijo Sandra intentado apaciguar los ánimos de su hermano.
- Te acompaño Sandra, será una buena forma de aprovechar mi día libre. –Se ofreció rápidamente Rafa, loco por desaparecer cuanto antes de escena.
- Sí Sandra, es buena idea. Gracias hermanita. Dile por favor que me llame. Y si alguno de vosotros la veis, decirle lo mismo. –Pedro estaba pensativo y cada vez más desanimado. Pidió a todos que le dejaran un rato a solas con la excusa de descansar. Todos se marcharon al instante aliviados por poder salir de aquella situación.
En torno al mediodía, Ana comenzó a despertar. Poco a poco fue tomando consciencia de su cuerpo. Estaba aturdida, como mareada. Al cabo de un rato consiguió entreabrir los ojos sintiendo un fuerte pinchazo en la cabeza. El resto de su cuerpo no se encontraba mejor, se sentía dolorida y a duras penas conseguía moverse. Lo que sí consiguió percibir con claridad era el perfume que invadía todo el espacio. Como en un sueño se vio en la puerta de su casa, vio los cuatro brazos de su sombra acompañados de un fuerte olor a perfume que le resultaba familiar. Y entonces recordó que a partir de ahí, no tenía más recuerdos. Era el mismo perfume, el perfume de Ramón.  Se sintió confusa y a la vez atrapada por el miedo. Reconoció la habitación dónde se encontraba. Ella había estado allí unos años atrás. Era la habitación de Ramón. Se dio cuenta que tenía las manos atadas y los pies sujetos a la cama.  ¿Qué significaba todo eso? ¿Cómo había llegado hasta allí? Su miedo iba creciendo con cada pregunta dejándola paralizada. ¿Es posible que se haya atrevido? ¿Pero qué piensa hacer? ¿Se ha vuelto loco? Escuchó el ruido de unos pasos que se acercaban a la puerta. Al instante Ramón entraba con una bandeja en las manos.
- Hola mi niña, buenos días. ¿Qué tal te encuentras? –Ana no podía ni pensar, continuaba paralizada. –Déjame que te suelte los pies, ahora que estoy aquí no hay problema de que te vayas. –Ramón colocó la bandeja en la mesita de noche  y se dispuso a desatar los pies de Ana. La miraba con atención sopesando la expresión de su rostro e intentando adivinar que recorría  su cabeza. Quitó la cuerda y despacio comenzó a darle un masaje en los tobillos. Sin retirar sus ojos de los de ella, se dio cuenta que estaba muy asustada. –Tranquila Ana, no voy a hacerte daño, sabes que sería incapaz. Ahora sólo quiero que tomes el desayuno y recuperes fuerzas. Ya tendremos tiempo para hablar. Voy a soltarte las manos también para que puedas comer,  te ayudaré a incorporarte un poco. –Ella seguía sin poder articular palabra pero escucharle le había serenado lo justo para que su cabeza comenzara a funcionar. Ramón tomó sus manos despacio, sin dejar de mirarle a los ojos intentando transmitirle tranquilidad pero alerta en todo momento. En cuanto Ana vio sus manos libres, intentó darle una bocetada a Ramón que éste paró sujetándole con fuerza las muñecas. –Shuuuu, así no llegamos a ninguna parte querida. Ya te he dicho que no voy a hacerte daño pero no me obligues a atarte de nuevo. ¿Dónde crees que puedes ir? No llegarías ni a la puerta Ana. Sólo quiero que desayunes, dejaré la puerta abierta por si necesitas algo –Cuando Ramón salió de la habitación, Ana rompió a llorar. Estaba muy asustada y sólo deseaba no estar allí. Se encontraba fatigada y sin fuerzas, atada a su cuerpo. Se quedó un rato más allí tumbada, inmóvil, llorando hasta que consiguió serenarse. Fuera de la habitación Ramón iba y venía por todo el piso, disimulando hacer cosas pero sin quitar ojo a los movimientos que se producían dentro. Se sintió aliviado cuando al cabo de mucho rato, Ana empezó a moverse. Y más aliviado todavía, cuando otro tanto después observó que estaba tomándose el zumo. Se acercó a la puerta para sopesar más de cerca el estado de Ana. ¿Qué tenía aquella mujer? Se sentía fascinado por ella. Su pelo alborotado y la expresión de su cara tras haber dormido tanto tiempo, le hacían aún más atractiva. Le hacía recordar la última vez que la vio en ese mismo lugar, en esa cama, aquella noche que le marcó de una manera especial. El dulce recuerdo hizo que su corazón se acelerara, su rostro se relajó dibujando una sonrisa y se acercó a la cama. Quizá aún no era momento, quizá debería esperar a que ella estuviera más tranquila, pero un fuerte deseo se apoderó de su razón y no pudo esperar más. Ana lo vio acercarse y su cuerpo se tensó de nuevo. Se sentó a su lado y la rodeo con sus brazos. Su corazón se aceleraba cada vez mas por la pasión, y el de ella se aceleraba nuevamente por el miedo. Ramón se separó un poco para poder besarla pero lo que vio en los ojos de Ana le hizo cambiar de idea. Tras una profunda respiración, comenzó a hablarle con voz suave y seductora;
- Ana, no quería haber llegado hasta este punto. Pero no me has dejado más alternativa. He intentado tener paciencia, esperar el momento adecuado un día tras otro, respetar tu momento, pero ha sido imposible. No me has dado oportunidad de hablar contigo, y las pocas veces que hemos quedado ni siquiera me has escuchado o me has dejado con la palabra en la boca. Y no puedo más Ana, voy a volverme loco. Estoy confuso, estoy perdido, necesito saber y que me digas sinceramente lo que sientes por mí. –Mientras le escuchaba, Ana iba pasando del estado de miedo al estado de perplejidad.
- ¿Y piensas que de esta forma puedes aclarar algo? ¿Secuestrándome y reteniéndome aquí? Eres tú quien no escucha, ya te lo dije el otro día. Puedes atar mi cuerpo pero no mis sentimientos, estoy enamorada de Pedro y quiero estar con él. Y eso es lo único que he de hablar contigo y la única realidad. –Ahora el estado de Ana iba pasando de la perplejidad al enfado. Su cuerpo se tensó un poco más y su estómago daba botes como en una montaña rusa.
- ¿La única realidad? ¿Estás totalmente segura de eso? ¿Cuál es tu realidad? Porque yo veo otra cosa. ¿Dónde quedó tu amor aquel año que celebramos mi cumpleaños juntos en esta misma cama? Esa vez fue tan especial para tí como lo fue para mí, admítelo.
- Aquello no fue más que un polvo, así lo entendimos los dos y por eso acordamos que nunca nadie se enteraría. –Ana cada vez se sentía peor. Todavía no se le había pasado el dolor de cabeza que estaba a punto de estallar, el corazón le latía muy deprisa y comenzó a sentir dolores en el vientre –Tu siempre te has tirado a toda clase de palo con falda a poco que meneara su culo delante de ti, sin importarte en absoluto sus sentimientos y dejándolas después tiradas en cualquier rincón. Porqué habría de ser distinto lo tuyo conmigo ¿de qué me hablas? eres incapaz de llevar una relación estable después del tercer polvo.   
- Sí Ana, pero tú eres especial, contigo es distinto. Sé que tienes miedo porque nunca he tenido una relación estable y por eso no quieres admitir que estas enamorada de mí. Después de aquella primera vez contigo, ya sabes que he estado con muchas mujeres pero  siempre volvías a mi cabeza. Ya nadie me seduce Ana, ya no deseo a ninguna mujer como te deseo a ti. –El rostro de Ana palidecía por momentos mientras Ramón seguía hablando- Ana sé que estás enamorada de mí pero te da miedo admitirlo. Sino explícame por qué siempre acudes a mí. Acudiste a mí, en cuanto te enteraste de la infidelidad de Pedro. Yo fui la primera persona a quién se lo contaste. –Ana cada vez estaba más enfadada y a cada afirmación de Ramón la tensión crecía en su cuerpo. Ramón continuaba sin piedad con su ataque- Y acudiste a mí de nuevo cuando  Pedro estaba en el hospital e hicimos el amor mientras él todavía se debatía entre la vida y la muerte.
- ¿Cómo te atreves a decirme algo así? No tienes derecho a tratarme así. Por qué me haces esto Ram… -Ana no pudo continuar hablando, sintió un fuerte pinchazo en su vientre a la vez que una bocanada subía con fuerza desde su estómago. Sólo le dio tiempo a ponerse de rodillas en el suelo a un lado de la cama. A la vez que vomitaba sintió una extraña humedad entre sus piernas que con un acto reflejo tapó con su mano.
Cuando Ramón acudió a su lado, Ana levantó la vista hacia él y con los ojos llenos de horror  le mostró su mano ensangrentada…



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